Un paseo por el Madrid medieval



2.5.2018

El puente de la Comunidad de Madrid, en Madrid, pesaba como una losa y, ávida de buscar algo que hacer, recurrí  a mi página web de referencia  “Caminando por Madrid”, Carlos Osorio me ofrecería, seguro, alguna alternativa que mitigase el sopor madrileño. ¡Bingo! El Madrid Medieval, ya visitado en varias ocasiones, pero siempre hay algo nuevo que aprender y descubrir en la capital.



El punto de encuentro era la estatua ecuestre de Felipe IV en la Plaza de Oriente.

Carlos, con sus bastos conocimientos históricos y geográficos de Madrid, nos pone en situación del significado sociológico que la zona que nos disponemos a visitar tuvo en tiempos remotos y lo que representa como poso de los actuales.

Es difícil imaginárselo, debido a los acondicionamientos realizados para la creación de la ciudad hasta nuestro días, pero estamos en un cerro, desde el que se puede ver el barranco que baja abruptamente hacia el rio Manzanares; y que además, no es el único, la Cuesta de San Vicente era el antiguo arroyo de Leganitos, el de la calle Segovia, el de San Pedro; y una profunda hondonada formaba el arroyo de El Arenal, lo que hoy es la Plaza de Opera.

Nos trasladamos al siglo IX. Estamos en un punto sumamente estratégico para las dos fuerzas que luchaban en la península en aquel momento: musulmanes y cristianos. La reconquista cristiana ha llegado hasta el valle del Duero y los musulmanes temen que  el enemigo llegue más pronto que tarde hasta la ciudad de Tulaytulah (“la graciosa” –hoy Toledo-) conquistándola. Para intentar evitarlo, el emir de Córdoba, Mohammed I, considera que este cerro reúne buenas características para fundar una fortaleza o almudaima (población pequeña), con una finalidad defensiva. Esta pequeña población abarcaba poco más de lo que hoy ocupa el Palacio Real y la Catedral de La Almudena y bautizaron este espacio con el nombre de Mayrit.

Desde el castillo construido en lo alto del cerro se tenía una vista de toda la sierra de  Madrid y del valle del Manzanares, por el que discurre el camino de Castilla, y cualquier avance del ejército por aquellos caminos de tierra, levantaría tal polvareda que sería fácil detectar desde aquí y actuar en consecuencia.

Lo cierto es que en los primeros tiempos, en esta almudaima llegarían a convivir muy establemente árabes, judíos y cristianos.

Probablemente, en estas tierras, hubo una pequeña aldea visigoda primitiva, pero no se han encontrado nada más que algunos enterramientos que no son materia suficiente para demostrar la existencia de una población, aunque sí se tienen indicios en el terreno lingüístico. Parece que la mayoría de los lingüistas coinciden en que el vocablo Madrid procede de Maŷriţ o Maǧrīţ , y ésta deriva de maǧra (cauce o lecho de un río), al que se romanizó añadiéndole el sufijo –it (latin –etum), que significa abundancia, otros aseguran que procede de Matrice, con el significado de matriz o fuente, es probable que ambas acepciones convivieran en  el tiempo y fueran utilizadas por cristianos y árabes.

Maydrit aparece por vez primera en un documento escrito en el año 1126; en 1176 aparece como Madrit y no es hasta 1202 que en el Fuero de la ciudad adopta ya el nombre de Madrid.

Alfonso VI conquista Toledo y Madrid en 1085, al parecer sin apenas resistencia. La fortaleza musulmana se transforma en un alcázar de los reyes cristianos, con más forma de castillo que de palacio, aunque en época de Carlos V y Felipe II se aplicarían reformas que lo fueron convirtiendo en palacio renacentista. Felipe IV ordena a Juan Gómez de Mora una definitiva remodelación al estilo barroco, en consonancia con la fachada del Ayuntamiento de la Plaza de la Villa, con una gran fachada con capiteles.

Este palacio arde en llamas en 1734 y los nuevos reyes de la dinastía de los Borbones proyectan el actual Palacio Real, cimentado sobre el viejo alcázar árabe.

Caminamos una distancia pequeña, hasta la Plaza de Ramales, en sus orígenes Plazuela de San Juan. Carlos nos explica que estamos pisando el lugar exacto en que se levantaba la Iglesia de San Juan Bautista, templo románico-mudéjar, del siglo XII, primera iglesia construida en Madrid y templo  de referencia de toda la corte del alcázar, dónde además, fueron enterrados muchos de sus nobles personajes.

En épocas recientes, con motivo de la construcción de aparcamientos subterráneos, se aprovechó para buscar restos arqueológicos. Se peatonalizó la plaza; se colocaron bancos de piedra delimitando la base de la iglesia y se dibujó el perímetro de la misma en el nuevo solado (estábamos en ese momento situados en el ábside de una planta rectangular, con el presbiterio orientado hacia el Este –Jerusalén-). Completaría esta iglesia una torre campanario, parecida a la de San Nicolás o de San Pedro, mudéjar, realizada en el siglo XII en ladrillo. Aquella parroquia fue derribada cuando José Bonaparte, el rey francés impuesto a los españoles por Napoleón Bonaparte, lleva a cabo una serie de derribos de iglesias y conventos para crear plazas en el interior de la ciudad –la propia plaza de Oriente fue el resultado del derribo, en 1810, de una serie de casas enclavadas junto al palacio-. Posteriormente, en el siglo XIX se vuelve a construir una nueva Iglesia de San Juan.

Perímetro Iglesia de San Juan
La iglesia primitiva tuvo una vinculación especial con los reyes; aquí se bautizó a la Infanta Margarita, hija de Felipe IV y, posteriormente, en 1660, se enterró al gran pintor de Corte Diego Velázquez, que tenía su estudio en el propio alcázar. Ha habido varios intentos de dar con los restos del pintor, pero todos infructuosos. También fue enterrado el autor del primer proyecto del palacio real, en 1786, Filippo Juvarra.


El nombre de la plaza –Ramales- es debido a una batalla de la primera guerra carlista entre Espartero y el pretendiente Carlos V de Borbón. No queda nada de su pasado medieval, debido a la vorágine constructiva de la ciudad. Pero permanecen algunos edificios con solera; por ejemplo, el Palacio de Domingo Trespalacios del siglo XVIII. En este lugar estuvo situado también el Palacio de los Guzmanes, que fue residencia del Conde-Duque de Olivares, y que ostentaba bastas caballerizas como símbolo de poder.
Palacio Regionalista Plaza de Ramales

Suele llamar la atención la casa regionalista de Ricardo Angustias del siglo XIX y reformada ya en el siglo XX por el arquitecto Cayo Redón, que reconstruye la fachada, manteniendo el interior, en lenguaje neobarroco; con un torreón y airosos balcones rodeando la casa. La original era una gemela de la que existe a la derecha.

Con las excavaciones que se llevaron a cabo para la realización de aparcamientos,  se descubrió toda la planta de la Iglesia de San Juan. El Ayuntamiento colocó una “ventana arqueológica”, pero que en palabras de Carlos, “sirve para no ver lo que hay debajo”, y con toda la razón; la condensación del agua en su interior hacen que la visibilidad sea imposible, a lo que hay que añadir el crecimiento incontrolable de hierbas que lo recubren todo. Teóricamente tras esta placa de metacrilato se podría contemplar la fachada lateral de la iglesia y sus cimientos.

Asimismo, de la época islámica (siglos IX a XI) aparecieron dieciocho silos de almacenamiento de grano y diez pozos de captación de agua. En aquella época, Madrid estaba construida sobre arena y se habían creado muchas galerías subterráneas y almacenes –siempre resultaba más barato construirlos bajo tierra que en la superficie-. Se excavaban especie de pozos, se tapizaban las paredes con arcilla para impermeabilizarlas y se tapaban. Allí guardaban los cereales, sobre todo la cebada. No olvidemos que Madrid es una ciudad eminentemente agrícola, donde se cultiva especialmente cereales, viñedos y olivares.

Con el tiempo aquellos pozos dejaron de utilizarse como almacenes y quedaron de basureros. Nos encontramos en el arrabal de la ciudadela árabe y en la zona vivían alfareros que tenían aquí mismo sus talleres y aprovechaban los pozos para deshacerse de piezas con taras o restos de cerámica. Aquella tradición puede que fuera la primera industria que tuvo Madrid: la alfarería; de hecho existe una referencia escrita donde se asegura que “en Madrid se hacen muy buenos cacharros para cocinar; son tan buenos que duran más de veinte años”. Posteriormente esta alfarería se trasladó a Alcorcón, donde estuvo hasta el siglo XX

Calle del Biombo
Por la calle San Nicolás y la calle Biombo, llegamos a la calle Factor (llamábase factor al ministro de Hacienda en la época de Felipe II). Estamos en la parte más alta del Madrid musulmán; por aquí, pasaba la muralla de cerramiento del alcázar y la Almudaina. Lo que hoy es la Plaza de la Armería, era un espacio libre, lugar de entrenamiento de las tropas.
Palacio Domingo Trespalacios

En el sitio en que nos encontramos en esos momentos es donde se construyen su aljama los judíos; sorprende que hayan elegido un lugar tan céntrico de la ciudadela, pero hay que tener en cuenta que en aquella época , ese primer Madrid árabe de los siglos IX al XI la convivencia entre judíos y árabes –incluso entre cristianos- era totalmente normal. A los cristianos que vivían dentro de comunidades árabes se les llamaban mozárabes –de hecho la familia del patrón de Madrid, San Isidro, era una familia mozárabe, que trabajaba para los árabes-; a los judíos se les conocía como “dhimmis” –gente del libro-.

Mozárabes y dhimmis tenían sus derechos: su propio culto, su propio sistema jurídico, aunque tenían terminantemente prohibido casarse con musulmanes, que estaba penado con penas muy graves. La convivencia en el medievo no siempre fue tan buena; en el siglo XII, la llegada de los Almohades pusieron a la comunidad judía en la tesitura de elegir entre la conversión al Islam o la muerte; en el año 1391 –ya en época cristiana- surge el pogromo- (persecución exacerbada de judíos en toda la España cristiana), decretando su expulsión en 1492. En Madrid, la mayor parte de judíos tuvieron que escapar y sus casas fueron arrasadas; los que decidieron permanecer, llamados sefardíes,  simularon su conversión al cristianismo, pero seguían practicando sus ritos.

Catedral de La Almudena
Museo Colecciones Reales
Desde este privilegiado punto de la calle Factor se tiene una privilegiada vista del Palacio Real y la Catedral de La Almudena. A continuación de la seo madrileña se han hecho obras para construir lo que está casi a punto de inaugurarse que es el Museo de Colecciones Reales. Con motivo de dichas obras, en 2011, apareció lo que parece el primer madrileño conocido: un pastor visigodo, de 25 años, al que bautizaron Valentín, por haberlo encontrado un 14 de febrero.

Virgen de La Almudena
En el lugar que ocupa La Almudena derribaron una barriada, en 1883, para la construcción de la que sería la nueva catedral de Madrid. El nombre de Almudena viene de al-mudayna –fortaleza en árabe-. Según cuenta la leyenda, en el año 712 –antes de la toma de Madrid por los árabes-, los habitantes de la villa tapian una imagen de la Virgen en los muros de la muralla con dos velas encendidas; tres siglos más tarde, cuando Alfonso VI conquista Madrid a los musulmanes, no ceja hasta encontrar la imagen de la Virgen que quedó al descubierto con el derrumbe de un fragmento de la muralla durante una procesión,… se asegura que hasta las dos velas encendidas aparecieron alumbrando a la Señora,… Parece que se pretende con ello asegurar que en el sitio existían cristianos antes de instalarse en él el árabe invasor.
Losa utilizada iglesia San Nicolás

Torre Iglesia San Nicolás
Iglesia de San Nicolás
Atravesando la cortita calle del Biombo, llegamos a la de San Nicolás, donde yergue una de las iglesias más antiguas de Madrid, -como no puede ser de otra manera, la Iglesia de San Nicolás-  Como elementos visibles, tenemos la torre del siglo XII y el ábside gótico del siglo XV, construido en piedra caliza blanca de Torrelaguna. Carlos nos indica que nos fijemos en una piedra en el ángulo inferior izquierdo de la ventana, con unas inscripciones en latín; es el resto de una lápida perteneciente a alguna tumba perteneciente al antiguo cementerio de San Nicolás, anejo a la iglesia. En algún momento caería una piedra de la iglesia y , sin más, la sustituyeron por un trozo de lápida. No olvidemos que cada iglesia tenía su propio cementerio hasta la llegada de José Bonaparte que lo prohíbe y ordena la construcción de éstos a las afueras de la ciudad.
Iglesia San Nicolás de los Servitas

Destaca la torre campanario de estilo mudéjar., aunque sorprende el chapitel forrado de pizarra que es un añadido del siglo XVII.

Recordemos conceptos:
·               Moriscos: son los musulmanes que permanecieron en España una vez finalizada la reconquista cristiana. En 1609, Felipe III ordena la expulsión de todos los moriscos en territorio español.
·               Mozárabes: Cristianos que vivían en territorios dominados por musulmanes tras la conquista de la península en el año 711, que siempre fueron tratados con gran respeto, y podían conservar sus bienes.
·               Mudéjares: nombre dado a los musulmanes que permanecieron en territorio ocupados por los cristiano durante el tiempo de la reconquista.
·               Muladíes: se trataba de los cristianos que se convirtieron al islam después de la conquista musulmana del 711.

Sorprende un poco que las iglesias cristianas conserven detalles netamente mudéjares como esta torre de la Iglesia de San Nicolás;  pero la explicación está en que, durante la reconquista, son muchos los árabes que se quedan  a trabajar para cristianos; albañiles y arquitectos eran muy necesarios porque los recién llegados eran en su mayoría soldados solamente y paradójicamente, el refinamiento del arte árabe es muy del gusto de los cristianos. Las iglesias cristianas se construyen con arte mudéjar eliminando simbología musulmana; pero fácilmente reconocible por los arquillos de herradura, polilovulados típicos del mudéjar. Además, la morfología de Madrid y su terreno con muy poca piedra, en el que apenas hay  unas pocas canteras de sílex, es necesario ir a buscar este material a la sierra, lo que encarece muchísimo la materia prima; ello obliga a construir en ladrillo y el arte mudéjar se adapta perfectamente a este material, que permite crear formas, dibujos y embellecer edificaciones.

Escudo Palacio de los Duques de Uceda
Capitanía General en la calle Mayor / Palacio de los Duques de Uceda
La iglesia de San Nicolás propiamente dicha se va reformando entre los siglos XV y XVIII y en su interior, ya hablamos de una iglesia barroca, con algún que otro componente de otras épocas.

En el Madrid medieval hubo nueve iglesias románico-mudéjares, de las que sólo han quedado dos torres: la de San Nicolás y la de San Pedo, al otro lado de la calle Segovia.

Hacemos una pequeña parada en la calle Mayor antes de llegar a la calle Bailén.

Miniatura de la antigua Iglesia Santa María de la Almudena
En el lateral del Palacio de Abrantes, pueden observase los restos arqueológicos de la Iglesia de Nuestra Señora de la Almudena, demolida en 1868. Carlos nos hace que reparemos en los árboles de la acera, que como no podía ser de otra manera, se trata de madroños, homenaje al árbol elegido como símbolo de Madrid, perpetuado en su escudo. Esto tiene su historia también. Reproduzco fragmento




de
la historia de los escudos que ha tenido Madrid, de mi propio blog y anexo el link por si alguien está interesado en conocer más a fondo.
Escudo Madrid medieval
Inicios de Madrid

·                El fuero de 1202 que recogía los usos y costumbres y estructuraba la vida de los madrileños, estipulaba, entre otras muchísimas cosas, el derecho a disfrutar de las tierras y montes de Madrid hasta parte de la Sierra. Esto dio lugar a múltiples pleitos entre el Municipio y el Cabildo por la posesión de pastos, tierras y caza en los montes, que fue dirimida de manera salomónica, en 1222, con el otorgamiento de los pastos (producto de las tierras que circundaban el castillo de Madrid) a la Iglesia y los pies de árboles y caza al Municipio. 

Madroños en la calle Mayor de Madrid
El triunfo del Ayuntamiento frente a la Iglesia fue muy celebrado y se plasmó en el nuevo escudo madrileño. Ello representaba sacar provecho de los pastos y hierbas para alimento de los ganados, la fruta de los árboles, la leña para cocinar, para calentares, etc., etc. Culminaba el diseño, la osa –heredada del escudo anterior-, que pasaba de posición pasante a rampante sobre un madroño. La verdad es que nunca se demostró que fuera un madroño, pero sus bolitas rojas y lo extendido de ese árbol, lo volvió en el candidato perfecto. Y se añadían siete estrellas de playa en una orla, correspondientes al carro celeste, que ha conservado hasta la actualidad.

Cruzamos Bailén, pero antes de ir a nuestro siguiente punto, realizamos una parada en la calle Mayor 81, en un edificio que pertenece a la Embajada de la República de Armenia, para homenajear a un antiguo “Señor” de Madrid. Nos costaba anticiparnos a lo que Carlos se refería.

No se trata nada más que de la historia de uno de los personajes más peculiares de la historia de Madrid, León V de Armenia. Destronado en 1375, por los mamelucos egipcios y hecho prisionero en El Cairo , comienza a contactar  con todos los príncipes cristianos. A través de la influencia de Juan I de Castilla consigue la libertad y se dedica a recorrer Europa en busca de ayudas y apoyos que le hagan recuperar su corona.  No eran tiempos de bonanzas, pero el Rey castellano le otorga una curiosa compensación: concederle el Señorío sobre la Villa de Madrid, que incluía las localidades de Andújar y Villarreal (actual Ciudad Real), con sus respectivas rentas (150.000 maravedíes. ¡Una fortuna! -1383 a 1391-). Más adelante viajaría a París, donde el monarca francés le regala un castillo y unas tierras. Infructuosos fueron todos sus intentos de convencer a ingleses y franceses de llevar a cabo una cruzada; con buenas palabras el monarca francés le pide paciencia, pues están inmersos en otra guerra (nada menos que la de los “Cien años”). León V muere en París y está enterrado en el Cementerio de la Basílica de Saint Denís.

Lo cierto es que salvo este lapsus de tiempo, Madrid no pertenece a ningún señor feudal, ni conde, ni duque y esta sería una de las razones de convertirla en capital del país. Cuando Felipe II nombra capital a Madrid, muchos nobles quieren trasladarse a la Corte para vivir cerca del rey. La zona se llena de palacios; entre otros el de los Duques de Osuna, debajo del cual se descubren restos de la muralla árabe. En los años 50, Oliver Asir, primer investigador del pasado árabe de Madrid, da cuenta de la importancia del descubrimiento y se protege el lugar. Se trata de las paredes de unas casas del siglo XVIII que estaban construidas contra la muralla, antes de hacer el palacio en cuestión; no tienen excesivo valor, pero dan testimonio de cómo era la zona donde luego se construyó la Almudena. Se especula mucho que en los terrenos de La Almudena, anterior a la mezquita hubo una iglesia visigótica; que pudo ser posible.

La construcción de la Catedral de Madrid, La Almudena, se dilató tanto en el tiempo, que cada vez que se retomaba, los gustos y las circunstancias habían cambiado tanto, que se imponían nuevos estilos.

Inicialmente proyectada como panteón para los restos de la reina María de las Mercedes, en 1879 por Francisco de Cubas, seis años después se concedió la bula para crear el Obispado de Madrid y el proyecto se volvió más ambicioso para albergar una catedral. Por lo que pasó de un neorrománico creado con piedra blanca de Portugal para la cripta, a neogótica con piedra caliza de  Nobelda (Alicante), debido al contraste que se producía con el entorno y una cúpula neobarroca. Su construcción se paralizaba por falta de recursos, la guerra  civil,.. hasta que en 1944 Fernando Chueca gana el concurso; en 1950 se reinician las obras y en 1993 se da por terminada, siendo consagrada por el papa Juan Pablo II.

Detrás de La Almudena y a punto de ser inaugurado, un “precioso” edificio que albergará las colecciones reales –relojes, armaduras,…-. Cuando lo abran se podrá ver el tramo de muralla, continuación de la que tenemos ahora a la vista y que al parecer demuestran que la muralla no estaba unida al alcázar.

La muralla que circundaba Madrid tenía varias puertas; una de ellas la de la Vega, de la que no quedan nada más que tres grandes piedras que son la base de los torreones que formaban la puerta, compuesta de un arco de herradura y un matacán, desde donde era costumbre echar aceite hirviendo a las visitas no deseadas.

Justo en ese lugar, es donde la tradición cuenta que apareció la Virgen de La Almudena tras un derrumbe de piedras, relatado párrafos arriba.

Llegamos a la Cuesta de la Vega, que en origen era un camino de cabras de tierra; posteriormente, cuando el transito rodado creció se hizo más ancho y se derrumbó la Puerta de la Vega, para proporcionar más espacio. La puerta árabe fue sustituida en el siglo XVII por una barroca, parecida a la Puerta Bisagra de Toledo y, finalmente, desapareció en el siglo XIX.

Fuera de la muralla, se encontraba el hospital de San Lázaro, hospital de infecciosos, principalmente leprosos y en lo que hoy es el Parque de Atenas se situaba la Almusara o Campo de la Tela, lugar donde se celebraban las justas y torneos entre caballeros de la nobleza; era una ocasión para reunirse y se prolongó hasta bien entrado el barroco. Toda esta zona lindando con el río Manzanares eran huertos; con buena razón era conocido como la despensa de Madrid; allí era donde bajaba San Isidro con los bueyes para arar los terrenos de la familia Vargas, una de las más poderosas de la ciudad (sus propiedades incluían la propia Casa de Campo, que posteriormente les compraría Felipe II).
Catedral de La Almudena desde el Parque del emir Mohammed I

Frente a la Catedral, una zona acotada con verja, el parque del emir Mohammad I, en homenaje al emir que mandó fundar Madrid. En un costado se ven los restos de las murallas, construidas en piedra de silex, también llamada pedernal, que abundaba en la zona; piedra que tenía la característica de hacer fácilmente fuego frotando unas con otras. Contrasta la parte baja de pedernal y la alta que se complementó con piedra caliza blanca traída de Torrelaguana con bueyes (a 25 kms. de Madrid).

De la muralla árabe, cuya fecha de construcción se puede situar en el siglo IX, ha quedado poca cosa, apenas unos restos que han permanecido gracias a las casas apoyadas en ella, necesitando menos cimiento y menos estructura, abaratando costes y así han llegado a hoy. Lo que vemos de la altura de la muralla es la mitad (6 m.), pues medía 12 m. Para hacernos una idea de cómo sería la muralla de Madrid, podemos pensar en las murallas de Ávila, con sus almenas , pero con una gran diferencia, las torres eran cuadradas, pues son árabes y las de Ávila redondas, construidas por cristianos. Otra peculiaridad era la zarpa (parte en la anchura de un cimiento que excede a la del muro que se levanta sobre él), para favorecer la estabilidad sobre un terreno que es cuesta abajo. Esta primera muralla medía 2 kms. y tenía una torre cada 20 metros  que incluía el perímetro del Palacio Real y la almudaina –hoy la Catedral de La Almudena-; seguía hacia arriba hasta la Puerta de Santa María al lado de la antigua iglesia; la Puerta de Xagra, la lado de la Plaza de Oriente, en el lienzo norte y la Puerta de la Vega, junto a la Cuesta homónima.

Cuando los cristianos conquistan Madrid, mantienen esta muralla y la amplían adentrándose hacia la Cava Baja y Cuchilleros ya en época medieval; aunque se sospecha que entremedias hubo otra ampliación hacia la calle Factor, que incluiría la Medina hasta la calle Luzón, forzada por el crecimiento de Madrid. Esta sospecha está basada en que han aparecido algunos restos de muros en la zona próxima a la Plaza de la Villa.

La muralla cristiana del siglo XII, mandada a construir por Alfonso VII era el triple de extensa que la árabe; partía de la muralla árabe y bajaría por lo que hoy es el viaducto. Al llegar a las Vistillas se adentraría en la calle de los Mancebos, la Plaza de los Carros, para bajar por la Cava Baja, Puerta Cerrada, Cava de San Miguel; cruzaría la calle Mayor, por la Puerta de Guadalajara y bajaría por la calle del Espejo hacia la calle de Ópera hasta el Palacio Real. Esta muralla también era de piedra blanca, pero con torres redondas y tenía cuatro puertas: Puerta de Valnadú, Puerta de Guadalajara, Puerta Cerrada y Puerta de Moros; ninguna ha llegado a nuestros días.

Cuando Felipe II llega a Madrid y la hace capital  ya no interesan las murallas, porque ha llegado la artillería. Se comienzan a construir cercas o vallas, bastante más bajas que los lienzos de las murallas, ya sin motivo defensivo, sino fiscales y sanitarios. La cerca de Felipe II llegaría hasta la Puerta del Sol y tenía ocho puertas. No habían encontrado ningún resto de ella, hasta que unas obras de ampliación del Senado, saco a la luz algunos restos en la calle Bailén.

La última cerca que tuvo Madrid fue la mandada a construir por Felipe IV,  en 1625, ya que la anterior de Felipe II se había quedado pequeña con el aumento de la población. Construida de ladrillo y argamasa, bordeaba la zona centro, las rondas de Toledo, de Atocha, el Retiro, los bulevares de Génova, Carranza y Alberto Aguilera hasta el Palacio Real nuevamente. Esta cerca se mantuvo en pié hace 1869 en que fue derribada, pero hasta finales del XIX las puertas quedaron para cobrar portazgos o impuestos de paso de mercancías que entraban en Madrid y había que pagar a los señores de la nobleza a los que pertenecían los terrenos.
Jardín Mohammed I / Muralla árabe

Estamos dentro del recinto donde se ha creado el jardín de Mohammed I, fundador de Madrid. En 2010, una iniciativa municipal mandó arreglar el lugar y se encargó el diseñó de un jardín al arquitecto Ricardo Bofill, cuyo resultado fue un parque egipcio, con predominio de obeliscos. Cuando se dieron cuenta de la poca idoneidad del proyecto se cambió por lo que ahora vemos, de estilo andalusí; con especies arbóreas lo más antiguas posibles y una fuente en forma de estrella de seis puntas.  Desde su interior se pueden ver el tramo de más de 120 metros de muralla, con una altura máxima de 11,50 metros y un espesor de 2,60 metros.
Maqueta de Muralla
muralla árabe

En los años 90 del siglo pasado, se acondicionó el recinto para hacer representaciones de los Veranos de la Villa, con actuaciones de danza, teatro, música y zarzuela, a la par que se cenaba, se bailaba, incluso existía la posibilidad de disfrazarse, lo que permitía a los madrileños respirar de noche un poco de aire fresco durante los meses de julio y agosto mitigando la canícula madrileña.

En 1085 Madrid es conquistada por los cristianos en una batalla que no sería la última, porque aproximadamente en 1110, los almorávides (especie de monjes-soldados provenientes del Sahara) vuelven a “dar guerra”; llegan a Madrid y acampan en lo que hoy se conoce como Campo del Moro y desde ahí planean la mejor forma de tomar la ciudad. Asustados, una buena parte de los habitantes de la ciudad escapan porque dan por seguro que vienen en gran número –entre ellos San Isidro que huye a Torrelaguna-.  Cuando Alí ibn Yúsuf, el emir almorávide considera que llega el momento de atacar, llegan noticias de que la peste se ha instalado en la ciudad; se arrepienten y dan la media vuelta. A partir de ese momento Madrid pasó a ser terreno cristiano sin interrupción. Los habitantes que habían huido fueron volviendo cuando se convencieron de que ya no había peligro.

Restos muralla
Nos encontramos en el número 12 de la calle Bailén y todos miramos con estupefacción los restos de lienzo de muralla incrustados en la infraestructura del garaje de la casa construida a mediados de los años 50.

Este es el valle del arroyo de San Pedro, formado por un barranco desde la calle Segovia, que se va abriendo hasta llegar al Manzanares; todo él cubierto de casitas bajas y huertos, con la forma típica de cultivo árabe, aterrazada, dada la brusquedad de la bajada. En relación con la cuestecita en que nos encontramos llamada de Ramón, Carlos nos cuenta la historia del nombre que parece está basada en hechos reales. Ya en época cristiana, la llegada de la época de lluvias era un serio problema para los agricultores, que veían como el agua que corría arroyo abajo iba arrasando sus cultivos por el camino; en su desesperación una y otra vez pedían ayuda a Ramón –el propietario de la mayor parte de los terrenos en esta margen de la calle Segovia / Arroyo de San Pedro- para acometer las obras necesarias; a lo que una y otra vez, Ramón se negaba. Un año las lluvias sobrepasaron todos los límites soportables y la comunidad de agricultores, todos a una, acudieron a casa de Ramón, lo apresaron y lo llevaron hasta un charco y hundieron su cabeza en él hasta que se ahogó.

Ya en el siglo V el manantial se canalizó y se introdujo una alcantarilla para hacer la calle practicable a vehículos. Esta fue una zona de mucha actividad en aquellos tiempos. Aquí también, Enrique IV fundó la Casa de la Moneda, donde se fabricaba el dinero que circulaba y permaneció hasta el siglo XIX. En esa misma casa nació el escritor Mariano José de Larra, pues su abuelo era el administrador de la fábrica.

A continuación de la Casa de la Moneda se encontraba la Casa de los Maragatos, donde se distribuía el pescado y productos agrícolas que llegaban a Madrid, desde el siglo XVI.

La vista se va inevitablemente hacia el viaducto.  Esta obra faraónica para la época, tuvo tres versiones construidas en un corto periodo de tiempo.

En época de Felipe II, el Alcázar se encontraba en lo alto de la colina y un tremendo valle (la calle Segovia), hacían que el gran desnivel producido fuera un complicado trayecto para los viandantes que tenían que cruzar de uno a otro extremo; la construcción de “la puente segoviana”, diseñado por Juan de Herrera, convirtió la calle Segovia en un importante punto de acceso a la ciudad.

Viaducto
La primera construcción databa de 1874 fabricado en hierro y fue un alarde ingenieril, con una altura de 23 metros y una longitud de 120 metros, pero que muy pronto se quedaría obsoleto, por su mal estado de conservación. En 1932 fue demolido y en 1933, durante la Segunda República, fue sustituido por uno de hormigón. Construido por el arquitecto Francisco Javier Ferrero Llusía, autor entre otras obras en Madrid, del Mercado de Pescado

Los deterioros acaecidos durante la guerra por la cercanía de uno de los frentes requirieron de restauraciones a fondo en 1942 y en los años 70 la aparición de grietas preocupó mucho a los responsables que interrumpen de pleno el tráfico rodado por él. Posteriormente, una restauración a fondo en 1978 lo hicieron operativo y lo sigue siendo hasta la fecha.

Desde la perspectiva que teníamos, nos podíamos imaginar sin dificultad la incómoda cuesta que durante siglos tuvieron que subir y bajar los madrileños para trasladarse de uno al otro lado, que quedó resuelto con el viaducto.  Por lo visto, en principio se pensó instalar un ascensor, pero nunca lo permitió el presupuesto.

Casa del Pastor primer escudo de Madrid)
Carlos nos hace que nos fijemos, al otro lado de la cuesta, a la izquierda de donde empieza la otra escalinata de viaducto, en una casa roja de piedra y ladrillo, que hace esquina, con un viejo escudo en la pared; se trata del más antiguo de Madrid, siglo XVI, con el oso y el madroño, que se diseñó para decorar la Fuente de los Caños Viejos, que pasó a mejor vida. Se trata de la Casa del Pastor; en ella vivía José, quien dejó un testamento escrito de lo más peculiar; la primera persona que cruzara la Puerta de la Vega y pasara por la puerta de su casa, el día siguiente al de su muerte, heredaría su casa. El agraciado fue un pastor a quien entregaron el título de propiedad

La escalinata más cercana a nuestra parada está dedicada al fotógrafo Alfonso Sánchez García, conocido como Alfonso, fue un reputado fotógrafo que nos dejó un sinfín de imágenes del Madrid de los años 70.

Cuesta un poco imaginarnos el valle que entonces era la calle Segovia, diseminada de casitas bajas de pueblo. Aquí viene otra de las divertidas leyendas de la mañana: una de esas casitas figura en varias crónicas de Madrid; en ella vivía una señora llamada Catalina González, pero en todo el vecindario era conocida como la Panderetona; al parecer, se dedicaba a “recibir clientela masculina en su casa” y se anunciaba tras la ventana, con un pronunciado escote y además, tocaba un pandero (costumbre antigua de anunciar algo). Un buen día, alguna  ofendida dama quiso quemarle la casa y sus clientes habituales salieron en su defensa. Con el tiempo se mantuvo la mala fama de la casa y cuando murió la Panderetona nadie quería comprar la finca, pues empezó a correrse la voz de que el que entraba en aquella casa no salía. Son historias del anecdotario madrileño.
Palacio de los Consejos

Realizamos una parada en la parte trasera del edificio de la Capitanía General o Palacio de los Consejos, cuyo frontal habíamos visto ya por la calle Mayor, en su número 79, y que comparte edificio con el Consejo de Estado que se reúne todos los jueves.

Iglesia del Sacramento
El tamaño del edificio y la elegancia de su hechura hace que estemos ante uno de los palacios más grandioso del siglo XVI, que compitió con el propio Alcázar. Lo primero que llama nuestra atención es la diferencia de altura; mientras que por la cara de Mayor vemos tres plantas y quizá más señoriales, por la trasera son cinco las plantas, con puertas que quizás correspondieran al servicio. Mandado a construir por Cristóbal Gómez de Sandoval, primer duque de Uceda, hijo del duque de Lerma, el que fuera valido de Felipe III. En su día, al palacio lo complementaba un convento de monjas bernardas, del que solo queda la Iglesia del Sacramento (actualmente catedral castrense).

En tiempos anteriores a la construcción del edificio, en esta zona existían unas casas pertenecientes a judíos, venidos de la aljaima de la Plaza de la Armería y que se desperdigaron por Madrid, durante las persecuciones del año 1391, teóricamente ya convertidos al cristianismo. Los judíos de la época ejercían las profesiones más diversas: físicos, médicos –a pesar de que la ley prohibía que un cristiano acudiera a los servicios de un médico judío, el propio Fernando el Católico tuvo un galeno preocupado de su salud-, recaudadores de alcabalas –función ingrata aunque necesaria y que producía mucha animadversión hacia ellos-, también había escribanos y profesiones más humildes como latoneros, curtidores o traperos.

Calle de la Villa
A un paso, en la calle de la Villa 2, una placa conmemora la existencia en ese edificio del estudio de Gramática; una especie de academia y centro de enseñanza, donde se impartían las principales materias, inspirada en las academias renacentistas italianas. En el siglo XVI, se situaba aquí la Academia, en una casita bastante más baja que la actual, regentada por el párroco de San Andrés, Juan López de Hoyos, erudito renacentista; a su estudio atendió a clases el propio Miguel de Cervantes. Los inicios de esta Academia fueron los fundacionales del rey Alfonso XI en la calle de los Mancebos, al otro lado de la calle Segovia, que posteriormente se trasladan para acá.
Placa Estudio Público de Humanidades

La Plaza de la Cruz Verde es una placita recoleta y agradable, que en el siglo XV había sido el establecimiento de talleres de tintoreros y curtidores judíos, que anteriormente se encontraban en la calle Escalinata, junto a la Plaza de Ópera, pero debido a los malos olores, Isabel la Católica les pide que se muden y parte de ellos se sitúa en la Ribera de Curtidores y parte aquí. El curioso nombre deviene, sin lugar a dudas de que en el lugar hubo en algún momento un acto público de ejecución ordenado por la Inquisición. No hay nada documentado, pero era costumbre de la época colocar una cruz verde de madera, cuando se llevaba a cabo una ejecución.  La fuente que la preside es de mediados del siglo XIX, aunque la estatua de Diana que la corona procede de la fuente de Puerta Cerrada que abastecía en el siglo XVIII la parte superior de la calle Segovia.
Fuente Plaza de la Cruz Verde

Nos encontramos en la parte más de pueblo de Madrid; el barrio de la Morería. Obviamente no se trata de la zona que los musulmanes ocuparon cuando llegaron en el siglo IX, sino de los que se concentraron, ya en época cristiana, formando una comunidad mudéjar de unos 250 vecinos. En él, construyeron su mezquita, su sala de bodas, su carnicería halal y su casa de baños. De aquellas construcciones no queda nada, salvo el trazado de las calles.

Trabajaban para la población cristiana y se les permitía seguir con sus cultos hasta 1502, fecha en que llega la obligatoriedad de convertirse al cristianismo o emigrar; a diferencia de los judíos, los árabes se convirtieron o fingieron hacerlo.

Calle Alfonso VI
Llegamos a la calle Alfonso VI, rey de León y Castilla, que conquista Madrid en 1085, con tropas de distintos reinos, a las que se sumaron hasta franceses.  Previamente Ramiro II de León, a mediados del 932 hace un amago de conquista, en el que desmanteló las fortificaciones, pero se vió obligado a huir cuando Abderramán  hizo su entrada triunfal en Toledo.

No hubo apenas resistencia en la villa de Madrid a la entrada de los cristianos y aquellos momentos previos a la conquista tornan en una divertida leyenda. Se cuenta que esperando a las afueras a que se reunieran todas las tropas convocadas (navarros, leoneses, franceses, segovianos,…) para dar todos a una un ataque certero, los segovianos –cuyo trayecto era el más corto- llegaron ya bien entrada la noche y  preguntaron al Rey que dónde pernoctarían y Alfonso VI, envuelto en cólera les señala Madrid desde abajo en el Campo del Moro, queriendo decir que previamente tienen que conquistar la ciudad y luego instalarse. Lo tomaron al pie de la letra y comienzan a escalar la muralla cual gatos, mote que adoptarían los primeros pobladores cristianos de Madrid y que conservan hasta la fecha.

La mayor parte de la población cristiana que se instala en Madrid viene de la mitad norte de España. Madrid llega a tener unos 20.000 habitantes, cuando  Felipe II decide instalar la capital aquí. A los reyes les gusta visitar Madrid, sobre todo porque es pródiga en caza, deporte a la que la monarquía se dedicaba con entusiasmo –ciervos, jabalíes, osos,…-

Plaza del Alamillo / calle del Toro
Una callejuela pequeñita entre la plaza del Alamillo y la plaza de la Paja, llamada calle del Toro, es donde tuvo lugar la siguiente leyenda que nos relató Carlos.  Las fiestas de toros no son de fechas modernas, la tradición viene desde épocas medievales. En una ocasión un toro escapa y cunde el pánico en los alrededores y se cuenta que fue el propio Cid Campeador, de paso por Madrid, quien se ocupo de dar muerte al morlaco. Se diseca la testa y se cuelga en la pared de una vivienda; pronto se empieza a correr la voz de que el toro muge todas las noches y la gente acude de todas partes por oír los bramidos, hasta que se descubre a un niño con un cuerno imitando el bramido del toro y se deshizo el entuerto. La aventura dio nombre a la calle.

La Plaza de la Morería hoy respeta el reducido tamaño de su época medieval y su forma cuadrada.. El nombre obviamente le vino dado en época cristiana, por ser el lugar donde se asentaban los musulmanes.  Aquí los agricultores venia a vender sus productos en lo que se dio por llamar “el mercado de la morería”. Este pequeño comercio estaba regulado y vigilado por el zabazogue, como forma de controlar los abusos; de él dependían el resto de funcionarios, como el almotacén (ambas figuras importadas de los zocos árabes a los reinos cristianos). Las mercancías estaban gravadas con un 10% fiscal.

Plaza del Humilladero
En época medieval las casitas eran bajas con tejados a dos agua de pizarra. Por aquí es seguro viviría y pasearía y fundó su academia uno de nuestros madrileños más ilustres: Maslama al-Maÿrit (Maslama el madrileño), nacido en Madrid a mediados del siglo X y fallecido en Córdoba en 1007.

En época muy temprana emigró a Córdoba, capital del califato de Al-Ándalus. Padre del álgebra, maestro de filosofía pura, de la ciencia exacta, de la medición astral; perfeccionó el astrolabio y tradujo el Planisferio de Ptolomeo al árabe. Fue el astrónomo de cabecera del Califa Almanzor y finalmente, murió en aquella ciudad.

Poco queda de aquellas casitas y vemos en el portón de un garaje una reproducción de una fotografía antigua que muestra cómo era esta calle hasta el siglo XIX; incluso en los años 30, cuando empieza el cine español, se filman en el barrio muchas películas en las que aparecen aquellas casitas.

Aspecto que tendría el barrio hasta el siglo XIX
Calle de Los Mancebos, que según las crónicas de Pedro de Répide harían alusión a dos muchachos que fueron acusados de matar al rey niño Enrique I de Castilla,  en Palencia, en 1217, cuando contaba con 13 años, con una teja que le abrió la cabeza, cuya procedencia nunca se supo con certeza de dónde procedía, pero los chicos, amigos de Enrique I fueron acusados y condenados a degüello en la torre del palacio de Pedro Lasso y sepultados en la iglesia de San Andrés.  Mucho se duda de que fueran juzgados con equidad e imparcialidad en una época convulsa, que por alcanzar el trono se recurría a artimañas de lo más rebuscadas.
"Casa de la malicia"

Llegamos a la calle del Conde y nos sorprende una casa roja, construida en 1700, de la que no somos capaces de decir con certeza el número de pisos que tiene: tres, dos,…; estamos ante una de las pocas “casas de la malicia” que quedan en Madrid (en épocas pretéritas eran muchas las que se contabilizaban) y que demuestran la picaresca de los madrileños. El objetivo era evitar la regalía de aposento, una ley del siglo XVI, que se mantuvo hasta el XIX, promovida por el rey y que obligaba a todo aquel que tuviera una casa con más de una planta quedaba obligado a ceder la planta superior al séquito o gente de la Corte, en un momento en que Madrid no daba abasto para alojar a toda la nobleza y su camarilla que se acomodaron en la ciudad con la recién nombrada capitalidad de Madrid.

Había varias formas de burlar la regalía: mediante el caos de ventanas, añadir buhardillas muy disimuladas, construcción de adosados en patios interiores que originariamente estaban destinados a huertos, tejados que salían de la vivienda tapando una buena parte de ella,… También se evitaba esta obligación si demostrabas tener una casa de incómoda partición (una sola fila de balcones, por ejemplo); pero aquel que pagaba una cuantiosa tasa, se podía librar de la regalía.

A finales del siglo XX, una noticia conmociona el mundo de la arqueología, se hallan tres esqueletos de la Edad de Bronce, de hace unos 4.000 años en pleno centro de Madrid; sobre estos restos, capas de estratos de edificaciones desde el siglo IX al XIX. Bajo un palacio que se derriba se encontraba toda la historia de Madrid. La ubicación exacta: calle de los Mancebos 3. En dicho punto se encuentra uno de los lienzos conservados de la muralla medieval, gracias a la utilización, por casas de uno y otro lado del baluarte.

A nuestro paso descubrimos el Colegio de San Ildefonso en la calle Alfonso VI, institución dedicada a la infancia de niños huérfanos con más e 400 años de existencia. Inaugurado en 1543 por Carlos V, ubicado antiguamente en la carrera de San Francisco, son los niños que durante años cantan los números de la lotería de Navidad.

Llegamos a la Plaza de la Paja, una de las más grandes y más importantes del Madrid medieval. En este lugar se estableció el mercado de cereales, donde se vendía la cebada, el trigo y la paja para alimentar a las caballerías, tan importante en una época en que el transporte se hacía todo con caballos o burros.

Plaza de la Paja
La plaza, estaba y está rodeada de palacios; el actual Colegio de Santa Bárbara era el palacio de una de las familias más importantes del Madrid medieval –la familia Vargas- y a la derecha, la Capilla del Obispo, propiedad de Gutiérrez de Vargas, hijo de la misma familia, y que fue Obispo de Plasencia. Se hizo construir un panteón familiar, con la esperanza de que le cedieran los restos del cuerpo de San Isidro; no lo consiguió; al santo madrileño después de ser enterrado en la Iglesia de San Andrés, al ser muy pequeña, lo trasladaron a la Colegiata de la calle Toledo.

Toda la actividad comercial se llevaba a cabo en la calle y un mercado en una plaza era el paisaje más típico del Madrid medieval. En el siglo XIX, llego la fiebre constructiva, se derribaron varios palacios y se edificaron las viviendas que mayoritariamente son  las que podemos ver en la plaza.

Como si de pura magia se tratara, llegamos a un remanso de paz, en pleno centro de Madrid. Una joya del XVIII llegada hasta nuestros días.  Un jardín que toma su nombre del palacio del Príncipe de Anglona, contiguo a él, que perteneció al hijo pequeño de la Duquesa de Osuna, actualmente el palacio son apartamentos de lujo. El jardín quedó en el olvido, hasta que lo hicieron público en 2002.

Jardín Palacio Anglona
Hablar de jardín ya indica hablar de señorío y casas de alta alcurnia, pues en la casas humildes sustituyen el jardín por el huerto, que bordeaban las viviendas. Obsérvese el nombre de una buena parte de las calles de alrededor: Almendro, Redondilla, Granado,…, todas ellas con referencia a árboles.
El jardín con una estructura típica andaluza, trazado neoclásico, con suelo de ladrillo, fuentecilla, pérgola,... Con una serie de plantas y arbustos típicos mediterráneos como la rosa de pitiminí o de enredadera, las lilas, los castaños de sombra, las acacias,… El empedrado con ser muy común en la época, era más usual el de guijarros, con el que se riega por la mañana y el agua queda en el empedrado, refrescando continuamente el ambiente. Destaca sobre todo su estructura colgante, pues fue creado salvando el desnivel de la calle Segovia. Sus altas tapias y el encontrarse situado en la parte baja de la Plaza de la Paja hace que el lugar sea bastante desconocido por el público.

Palacio de Anglona
El palacio de Anglona (en venta en 2016, 776 metros cuadrados; un 10% de la superficie total, por la módica cifra de 6.200.000 euros) ha tenido como propietarios una pléyade de aristócratas: de Francisco de Vargas –Consejero de los Reyes Católicos en el siglo XV-; Pedro Alcántara Téllez-Girón y Pimentel, hijo del IX duque de Osuna –también príncipe de Anglona y marqués de Jabalquinto-; los Duques de Benavente.

No fueron los anteriores los únicos habitantes de este edificio, aunque poco tuviera que ver con lo que ha llegado a nuestros días: Ruy González de Clavijo, embajador de Enrique III, en el siglo XIV habitó en la casa previa a la venta a los poderosos Vargas y murió en ella. González de Clavijo ejerció delicados asuntos diplomáticos para el rey, como el viaje que llevó a cabo a Samarcanda, en 1404, ante la Corte de Tamerlán, con el objetivo de buscar una alianza entre Enrique III y el Gran Tamerlán para estrangular a los turcos, por Oriente y Occidente. El viaje duró tres años y de él dejó una especie de diario, joya de la literatura medieval castellana, que se compara con los relatos de Marco Polo. González de Clavijo murió en Madrid y está enterrado en la Iglesia de San Francisco el Grande. Su mujer destacó también en las letras castellanas, Mayor Arias, pionera poeta de versos medievales.

Iglesia San Pedro el Viejo / Jesús el Pobre
Prácticamente girar y se ve la singular torre de la Iglesia de San Pedro el Viejo, que aparece mencionada ya en el fuero de Madrid de 1202. La iglesia es una de las más antiguas de Madrid, ocupó el lugar de la antigua mezquita de la morería y fue mandada a construir por el rey Alfonso XI, y se reconstruyó totalmente en el siglo XVII, conservando la torre de ladrillo mudéjar del siglo XIV, de planta cuadrada con dos ventanillos arábigo-bizantinos, únicos.

Las anécdotas del templo son innumerables. Nos cuenta Carlos que se podía decir que la iglesia de San Pedro era la agencia estatal de meteorología del Madrid de la época, porque el campanero  tenía dos misiones con las campanas: atraer a la lluvia o espantar las nubes, según conviniera a la comunidad. Una enorme campana, que llegaba a romper los cristales de las casas de alrededor, era portadora de poderes, según creían los vecinos y los agricultores daban propinas al campanero para que tocara bien tan lento tan lento, que aseguraban que atraía la lluvia en tiempos de sequía o tan arrebatadamente, que las nubes que amenazaban con una lluvia asegurada, emprendían retirada.

Como en la mayoría de las poblaciones, la campana servía también de medio de información: nacimientos –un toque niño, dos toques niña-; si tocaban por fallecimiento, distinguían si se trataba de un hombre o de una mujer; ante una emergencia, se tocaba a arrebato. La gente era conocedora de estos códigos y actuaban en consecuencia.

Otra leyenda asegura que, en una ocasión, encargaron una enorme campana, con tan mala suerte que no cabía por las escaleras para instalarla; la dejaron en plena calle hasta decidir qué se hacía con ella, pero a la mañana siguiente, la campana estaba milagrosamente colocada en el campanario.

Se cuenta también y esto parece que fue verdad, que en el siglo XVI, la campana se rajó y se oyó un gran aplauso en todo el barrio, porque los vecinos ya no tendrían que despertarse a horas intempestivas.

Estamos al final de la calle del Nuncio –el número 14 es la iglesia de San Pedro- y vamos bajando la calle, que siendo corta, encierra una gran parte de la historia de Madrid, desde su pasado musulmán, en que la zona fuera un arrabal de la medina, para pasar a las casas construidas al lado de la muralla cristiana y su inicio en Puerta Cerrada, una de las puertas de la muralla del siglo XII.
Cortesía de Creative Commons
Sede Federación Española de Municipios y Provincias
En el número 8, se encuentra el edificio que hoy es propiedad de la Federación Española de Municipios y Provincia, antigua casa palacio del siglo XVI, rehabilitada en 1989, se procuró mantener su estructura original, siendo uno de los edificios palaciegos más antiguos de Madrid, y que ya aparece en el plano de Pedro Texeira de 1656.

Poca noticia certera se tiene de sus primeros moradores, pero llego al siglo XX en un estado ruinoso, hasta su adquisición por la FEMP y posterior restauración, tanto de la fachada, patio central, escalera y acceso principal. Sobresale el edificio de tres plantas y la torre renacentista de cuatro. En relación con la torre, apunta Carlos lo que representaba en el medievo poseer una casa con torreón, que tenía una función defensiva e informativa, pues desde ella se ve una gran parte de la ciudad
Antiguo palacio Nunciatura Apostólica
Enfrente, en el número 13, el Palacio de la Nunciatura Apostólica, que da nombre a la calle, restaurado y reformado en el siglo XIX. Entre otros perteneció a la marquesa del Valle y el marqués de Sieteiglesias. En el siglo XVII parte de estas casas fueron adquiridas por la Santa Sede para situar la sede del Tribunal de la Nunciatura y en 1735 se realizaron unas reformas que dieron al edificio el aspecto actual; treinta años más tarde también fue sede del Tribunal de la Rota, creado por el papa Clemente XIV ese mismo año. En 1958 fue adquirido por el Ministerio del Ejército, donde instaló la Vicaría General Castrense.
Puerta Cerrada

La visita va llegando a su fin cuando alcanzamos la calle Cuchilleros, donde se sitúa la antigua Morería Nueva, donde vinieron a instalarse aquellos moriscos, teóricamente cristianizados, cuando se decretó la expulsión de los que no renunciaron a su religión. De la muralla no se ha conservado nada, salvo algunos pocos restos en el interior de algunas casas.

Aquí termina esta interesante visita de los pocos restos medievales de los que gozamos en Madrid.


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