Leyendas y misterios de Chueca y Malasaña

25 de febrero de 2018

Domingo, … frío, pero soleadito. Hace tiempo descubrí una página web especializada en Madrid -MADRID, así, con mayúsculas- : sus edificios, sus costumbres, sus leyendas, sus oficios, sus negocios, sus parques,  sus gentes,… pero no el Madrid que vemos ahora, sino el de tiempos pretéritos, el Madrid de nuestros abuelos.  El creador de la página, Carlos Osorio, lidera unas entretenidas visitas guiadas de lo más variopintas. El plan dominguero estaba montado: visita guiada y comidita por el barrio.

La visita en cuestión era “Leyendas y misterios de Chueca y Malasaña”.




Lo primero que Carlos deja claro es que las historias que nos esperan, unas veces son leyendas que han pasado de generación en generación y otras son auténticos sucesos documentados, y lo segundo, es situarnos por dónde vamos a movernos –aunque había quedado suficientemente claro por el título de la visita.

Itinerario visita - 1ª parte

Habíamos sido convocados en la esquina de Alcalá con la calle Barquillo (Edificio del Instituto Cervantes) y a las 12 comenzó el itinerario. Por Barquillo, empezamos a subir apenas hasta su primera esquina por la izquierda. Una recoleta plaza, la del Rey y una señorial casa, las de las Siete Chimeneas, eran nuestro primer punto con contenido.

Estamos frente a una de las pocas casas que quedan en Madrid, del siglo XVI; muy restaurada desde entonces, pero sigue conservando las siete chimeneas que le dan nombre y aledaña a ella, la Plaza del Rey, por Felipe II, otrora los jardines de la casa en cuestión. Mandada a construir en 1572 por un montero del rey a Juan de Herrera y Antonio Sillero. Como toda casa renacentista que se precie, disponía de torreón que servía de defensa y estar informados de lo que pasaba en la ciudad y las siete chimeneas que demostraban el poderío de la familia propietaria.

El cargo de montero del rey era ocupado por una persona de total confianza del monarca y la casa fue mandada construir como vivienda de su hija Elena, que será la protagonista de esta primera historia. La gran mayoría de publicaciones referentes a este hecho, aseveran que la casa fue en realidad construida para que la hija del montero y el propio rey pudieran tener sus secretos encuentros en un sitio discreto; pero Carlos, al parecer más prudente, nos habla de un extraño personaje que todos los fines de semana visitaba a la joven Elena, llegaba en una carroza, totalmente embozado y volvía a salir pasadas un par de horas.

No olvidemos que en el siglo XVI las relaciones fuera del matrimonio, no sólo estaban muy mal vistas sino penadas por la ley. Pronto los rumores corrieron por todo Madrid y se hablaba de que se trataba de un personaje muy poderoso.

El montero, para acallar las malas lenguas que tenían el nombre de su hija en entredicho, organiza una boda ficticia entre la jovencita y el capitán Zapata a cambio de una suculenta gratificación. Pero este plan, urdido y financiado por el misterioso caballero que la visitaba se torció poco después, pues los contrayentes se enamoraron de verdad y Elena perdió interés por su importante visitante.
Había que poner solución al desaguisado y rápidamente se le busca al capitán Zapata un destino en la guerra de Flandes. De nada sirvieron los lloros de Elena a su padre, ni sus ruegos a su marido para que desertara.  A las pocas semanas de su partida recibe una carta participandole la muerte de su marido en combate.

Elena, envuelta en su dolor, se encierra en casa sin salir durante días. La vecindad, pasado un tiempo más que prudencial, decide intervenir. Llaman insistentemente a la puerta y ante el silencio, se decide tirar la puerta abajo. Suben a la primera planta, comienzan a buscar habitación por habitación, hasta que encuentran a Elena, encima de la cama, muerta. Es una muerte extraña y hay que dar cuenta a la justicia. Al día siguiente el juez se persona en la Casa de la Siete Chimeneas, pero allí no aparece la chica, ni viva ni muerta. No hay cadáver, luego no se puede levantar acta. Se cierra la casa por orden judicial y durante bastante tiempo es el tema de toda comidilla del barrio.

Una noche, un vecino ve en el tejado de la casa una figura vestida de blanco totalmente y con una antorcha en la mano que deambula por la cubierta y se arrodilla mirando hacia el Oeste (¿Palacio Real?). Este hecho no sería aislado, sino que pronto es un vecino y otro y otro, los que aseguran ver la misma aparición. El miedo cunde por el barrio y la gente prefiere dar un rodeo, evitando pasar por las inmediaciones de la casa.

La historia queda como una leyenda más de Madrid y la casa vuelve a estar habitada. En 1881, el Banco de Castilla compra el edificio y comienza a hacer obras para adecuarla a sus oficinas; al tirar uno de los gruesos muros del edificio apareció el esqueleto con ropas y medallas del siglo XVI, con lo que la leyenda de Elena cobra nuevos bríos.

Desde que Elena “desapareció” y antes de que fuera comprada por el Banco de Castilla, en el siglo XVII, vivió una ancianita, aparentemente bondadosa, a la que todo el mundo conocía por Margaritona. La buena viejecilla regentaba una agencia de contactos; un gran volumen de retratos de señoritas y una buena agenda con direcciones de caballeros dispuestos a pagar por la compañía de dichas damiselas era todo lo que Margaritona necesitaba para hacer de lo más lucrativo el negocio que tenía montado.  En una ocasión, alguno de sus clientes que no quedaría muy conforme o quizá algún puritano que reprobaba los quehaceres de Margaritona la denunció por alcahueta. Fue a juicio, pero casualmente, la agenda –principal prueba de cargo- desapareció misteriosamente de encima de la mesa del juez –contaban las malas lenguas que el nombre del propio juez aparecía en la agenda-. La pena que le impusieron fueron 200 azotes que a sus 88 años, le hubieran causado la muerte, por lo que le fue conmutada por una fuerte suma de dinero y la entrega de sus pertenencias que fueron repartidos entre los pobres,

Hoy, la Casa de las Siete Chimeneas es sede de la Secretaría de Estado de Cultura.

Seguimos subiendo por la calle Barquillo, pero antes de llegar a nuestra siguiente parada, Carlos hace que nos fijemos en un pequeño callejón, desde donde se ve parte del Palacio de Buenavista, hoy sede del Cuartel General del Ejército de Tierra, al que se accede por la Plaza de Cibeles. El palacio fue adquirido por los Duques de Alba en 1770 y siete años más tarde, Maria del Pilar Teresa Cayetana Silva y Álvarez de Toledo, mandó derribar las edificaciones primitivas para construir el suntuoso palacio neoclásico que podemos contemplar hoy en día.  Y a propósito de la Duquesa, la misma del famoso cuadro de Goya que pintara a la duquesa con su perrito, trae a colación el amor que existió entre pintor y modelo, y la leyenda de que en algún lugar del palacio estén enterrados el cráneo del artista y el pié de la duquesa, pues ambos miembros faltan en las sepulturas correspondientes.

 Seguimos la marcha por Barquillo y dos calles más arriba llegamos a la calle Almirante, que toma su nombre del que fuera el décimo Almirante de Castilla, Juan Gaspar Enriquez de Cabrera, duque de Medina de Río Seco, durante el reinado de Carlos II. En esa esquina estaban las tapias del que fuera la mansión del Almirante y allí nos contó Carlos la siguiente leyenda.

Contaba ya con 70 años el Almirante, pero la edad no le impedía asistir a todo sarao o fiesta , ya fuera en el alcázar real o cualquier celebración de la nobleza madrileña, En una de estas fiestas conoció a una dama de la corte que no hacía mucho había cumplido la veintena, de la cual quedó prendado y pronto le propuso matrimonio. Sin transcurrir mucho tiempo de casada,  la dama se dio cuenta de lo aburrida que resultaba la vida con un hombre casi cincuenta años mayor que ella y comenzó a realizar salidas de palacio con rumbo desconocido. El almirante, corroído por los celos, ordena a sus criados seguirla con cautela y éstos comienzan a perseguirla disfrazados de ancianitas.

En cuanto sale de palacio se destapa y luce profundos escotes, dejando hombros, pechos y espalda al descubierto y se cita con dos condes, el de Monterrey y el de Montes Claros y los tres ríen, beben y se divierten, le cuentan al Almirante sus lacayos.  El marido ordena que les den a los condes un escarmiento, del que salieron bastante mal parados.

A las dos semanas de este hecho, es el cumpleaños del almirante y en la casa se celebra una gran fiesta a la que está invitado lo más granado de Madrid. A media noche, el duque se encuentra mal y sube a sus habitaciones; cuando la fiesta termina, ya rayando el día, ella sube y se encuentra al marido muerto. El luto riguroso de obligado cumplimiento, fuerza a la viuda a vestir de negro y no salir de casa; aunque se aburre tanto, que una noche, decide ponerse de nuevo los escotados vestidos y salir a los saraos de Madrid. Un día, ya acostada tras una noche de gran jolgorio, nota cómo de una sigilosa forma se va abriendo poco a poco la puerta del armario y una figura que no es otra que la del almirante, con un puñal en la mano, va derecho hasta la cama y con la punta del arma dibuja dos aspas en el pecho de su amada y desaparece. Las heridas fueron tan profundas que no volvió a poder usar ropajes descotados.

Sacando una carcajada a cada uno de nosotros, Carlos comenta que fue la primera persona que “salió del armario” en el barrio.

La calle Almirante cambia su nombre al cruzar Barquillo para llamarse Gravina y por ella nos dirigimos, una manzana más hasta la calle Válgame Dios; en estos parajes es donde hace muchos años ocurrió la siguiente historia, que dio nombre a la calle. No olvidemos que el callejero es un libro de historia e historias.

En el libro de Las calles de Madrid  de Pedro de Répide se constata que la expresión "Válgame Dios", en tiempos medievales, equivalía a ¡socorro! Y esa petición de ayuda es el corazón de esta historia.

La actual iglesia de San Francisco el Grande era antiguamente un monasterio al que llegaron un par de hombres muy mal encarados solicitando los servicios de un sacerdote o monje para administrar el sacramento de la extremaunción a unas personas que iba a morir . El sacerdote que les abre la puerta., no tiene más remedio que atender su petición, pero las trazas de los solicitantes no le inspiran tranquilidad y decide pedirle a un hermano lego del convento que le acompañe y éste, sagazmente, esconde entre sus ropajes una espada.

Caminan y caminan los cuatro, hasta que salen de lo que en aquella época era el casco urbano de Madrid, hasta que llegan, al lugar donde nos encontramos ahora; entonces una zona de huertos y plantaciones de olivares. Era ya noche completamente cerrada. Al llegar atan al  hermano lego a un árbol y conducen al sacerdote hasta una cabaña algo más alejada. En ella una mujer con un niño en los brazos llora amargamente; "son las personas a las que hay que administrar el sacramento" advierten al fraile. Este comienza con los rituales de la extremaunción alargando la ceremonia convencido de que el hermano lego llegará a deshacer la situación.

Efectivamente, el seglar consigue deshacerse de sus ligaduras y orientado por los gritos de una mujer que clama “válgame Dios”, llega hasta donde se encuentra el religioso y los dos maleantes al ver la amenaza de la espada salen huyendo. La mujer explica que los dos hombres eran amantes suyos, pero el hijo recién nacido era de un tercero y querían matarla a ella y al fruto de aquel amor.

La leyenda corrió como la pólvora y la zona, que más tarde seria una calle de la ciudad, se nominó Válgame Dios.

Válgame Dios es muy cortita y termina en Augusto Figueroa, por donde recorreremos dos manzanas hasta llegar a la calle Barbieri; en la esquina, con el mercado de San Antón a nuestras espaldas, Carlos hace una pequeña reseña al nombre actual de la calle, dedicada al compositor de zarzuelas, Francisco Asenjo Barbieri, que entre otras composiciones, creó la famosa de El barberillo de Lavapiés, pero durante dos siglos se llamó la Calle del Soldado, debido a un hecho real que sucedió en ella.

En esta calle vivía un soldado de los tercios y en la casa de enfrente a la suya una atractiva joven huérfana, que esperaba cumplir los 18 años para ingresar  como novicia en el Convento de las Esclavas del Santísimo Sacramento de la Caridad sito en la Gran Vía. Todas las mañanas cuando la jovencita iba a misa, el soldado –que le duplicaba la edad-, la increpaba pidiéndola en matrimonio, pero ella le rechazaba una y otra vez; llegó incluso a encargar un gran retrato suyo que colocó en su puerta para que la zagala no tuviera más remedio que verle cada vez que salía a la calle.

Un día las solicitudes del militar subieron de tono y provocaron que la niña le respondiera; el hombre pierde los estribos, y al grito “si no eres mía serás del sepulcro” y en el fragor de la discusión le corta la cabeza, que lleva y abandona en el torno del Convento donde aspiraba a ingresar la futura novicia.

Muchos vecinos fueron testigos del crimen; el soldado fue detenido y condenado al patíbulo. La horca se llevó a cabo en la Plaza Mayor y, al estilo de la época, le cortaron la mano y la colocaron en un poste de madera en la puerta de su casa, costumbre con función ejemplarizante. Posteriormente, los días de viernes santo, una cofradía de monjes que recorría las calles recogiendo las manos para darlas cristiana sepultura.

Muchos años después a la calle se le dio un nombre de alguien que lo merecía más.

La calle Barbieri cruza con la calle San marcos y por ella nos dirigimos hasta la Plaza de Pedro Zerolo.

Originariamente, no existía la plaza, sino que eran terrenos del Convento de los Capuchinos de la Paciencia  del Santo Cristo y como recordatorio ha quedado un pequeño callejón cercano con el nombre de Capuchinos. Con la desamortización de Mendizábal, el convento se derribó y se diseño una plaza, plaza que ha cambiado de nombre en varias ocasiones a lo largo de los años: Plaza de Bilbao fue su primer nombre, Ruiz Zorrilla –dirigente republicano del siglo XIX- en época de la República y hasta el final de la Guerra Civil, Vázquez de Mella –pensador carlista-, hasta fechas tan recientes como 2016 en que el pleno del Ayuntamiento de Madrid acordó llamarla Pedo Zerolo – concejal PSOE y activista LGBT-.

Al solecito invernal que se dejaba sentir en la plaza, Carlos nos fue poniendo en antecedentes de las gentes que vivían en estos lares. Remontémonos a tiempos posteriores a la expulsión de los judíos de la península; en este lugar habían construidos sus casas judíos conversos de origen portugués, que en general se dedicaban al negocio de la mercería. Estos, como la gran mayoría de judíos conversos que permanecieron en España, seguían practicando sus ritos religiosos en secreto.

El hijo de una de las familias faltó al colegio un día y a la pregunta de su profesor de por qué no había asistido a clases el día anterior, el niño disparó que porque habían celebrado en familia la “Fiesta de los azotes”. El maestro, interesado, tiró de la lengua al niño hasta que relato de qué se trataba la celebración: la fiesta consistía en dar azotes con látigos a un Cristo crucificado de gran tamaño.  El maestro no tarda nada en dar parte a la Santa Inquisición, que detiene a seis de los judíos de los diez que vivían en la casa; el resto, huye. Son juzgados en un acto de fe en la Plaza Mayor y condenados a morir en la hoguera los seis apresados y “en cartón” las figuras de los huidos –de aquellos que no podían capturar-. Las casas fueron demolidas.

A instancias de Felipe IV, se construye un convento en los terrenos de las casas demolidas, en cuya fundación intervienen todos los conventos de Madrid y se dedica al mismo Cristo que era azotado y que comienzan a llamar el Cristo de la Paciencia, por razones obvias. El día de la inauguración (1639) se celebra una procesión que recorre toda la ciudad, terminando aquí y se han dispuesto sendas tribunas, para la Reina y para las Infantas, que dieron nombre a un par de calles de las inmediaciones: Calle Reina y Calle Infantas.

El convento es ocupado por monjes capuchinos y para la iglesia del cenobio, Francisco Rizi pinta el cuadro El expolio de Cristo, convirtiéndose en el cuadro más grande de todas las iglesias de Madrid. (Hoy en día en la Catedral de La Almudena).

Por la calle Infantas llegamos a la calle Fuencarral, calle que hace de frontera entre los barrios de Chueca y Malasaña. La casa ya no existe, pero en 1723, vivió aquí la Condesa viuda de Arcos y aseguraba que todas las noches entorno a la una de la madrugada, se escuchan unos ruidos extraños que hacen retumbar todo el edificio. De estos hechos da debida cuenta el literato Diego de Torres Villarroel, amigo de la Condesa, que se ofrece a inspeccionar de dónde proceden los ruidos, con resultado infructuoso, en las dos o tres veces que lo intenta. Torres Villarroel dejó constancia de estos hechos en uno de sus libros. Villarroel no volvió a pisar la casa y la condesa terminó mudándose a la calle de La Puebla.

Enfrente nos muestra Carlos el convento y colegio de las Hermanas Mercedarias de Juan de Alarcón, construido en el silo XVII. En su iglesia está enterrada la Beata María de Jesús, cuyo cuerpo incorrupto es mostrado al público cada 18 de abril. Es una muestra más de ese siglo XVII tan lleno de misterios y leyendas, tan estremecedor y macabro, donde proliferaban las reliquias y los cuerpos incorruptos. De hecho, en Madrid se reconocen 45 cuerpos y 122 cabezas teóricamente sin descomponer.

En los años 30 del siglo XX, se construyó la Iglesia de Nuestra Señora de Valverde que desapareció en la guerra civil. La calle en sus inicios se llamó “de las Victorias” y no precisamente por tratarse de triunfos militares. He aquí su historia.

Corre el siglo XVI y en la zona existían unas quintas llamadas  pueblas (de hecho la calle de la Puebla hace mención a ella) y aquí vivía don Juan de la Victoria Bracamonte; hombre ya mayor que a la muerte de su hijo hubo de hacerse cargo de sus dos nietas. Sus últimos años de vida los dedicó a enseñar a las guapas señoritas que eran sus nietas a defenderse y estar preparadas para afrontar los peligros en este conflictivo siglo. Les enseño a montar a caballo y a manejar la espada, ambas habilidades prohibidas al sexo femenino de aquella época, motivo por el cual mucha gente de la nobleza les retiró el saludo. Al morir el abuelo, las guapas damiselas comenzaron a ser seducidas por  Jacobo de Grattis, más conocido como el Caballeo de Gracia, italiano, que se trasladó a Madrid como secretario del nuncio apostólico de Gregorio XIII, gran seductor y mejor espadachín y que pasaría a la historia por sus fundaciones de conventos y hospitales..

Desde que murió el abuelo, el Caballero se presentaba en casa de las Victorias con flores o bombones, a pesar de que las damiselas procuraban pararle los pies; como no conseguían disuadirle de sus intenciones, deciden darle un escarmiento. Se visten de hombre y se esconden tras árboles esperando la llegada del seductor. Totalmente disfrazadas y embozadas asaltan espada en mano y Leonor, una de las hermanas, reduce a Jacobo con la espada en el cuello. En ese momento, se quita el sombrero y su pelo rizado cae hasta los hombros. “Ya podéis decir que os han vencido las Victorias”, dejando marchar al caballero. Esta es una historia rigurosamente cierta y desde entonces la calle pasó a llamarse de Victorias y más tarde, Valverde.

Por Valverde caminamos hasta la calle Desengaño y en la esquina, el lugar en donde se desarrollaron los hechos de una leyenda, bastante fantasiosa, por cierto. Vuelve a aparecer de nuevo, nuestro ya conocido Caballero de Gracia. Un día paseando por aquí, ve en un balcón, una mujer tan guapa que se jura a sí mismo, que esa no se le escapaba; marcha a casa, se pone sus mejores galas, compra un ramo de flores y vuelve bajo el balcón de nuevo. Esta vez había otro caballero conocido, el Príncipe Vespasiano de Gonzaga, también equipado con otro ramo de flores; se juntan dos conquistadores de pura raza. Comienzan a discutir sobre quién había visto primero a la dama y finalmente se baten en duelo, cuando aparece en la puerta una mujer con la cabeza tapada que echa a correr calle abajo, seguida de un zorro. Los contendientes en  el duelo se preguntan con la vista si será la mujer a la que pretendían; corren tras ella y le dan alcance; cuando le descubren la cara, lo que hay bajo los ropajes es un esqueleto. ¡Qué desengaño! El hecho se propagó por los mentideros de la villa y la calle, posteriormente, no podría llamarse de otra manera que Desengaño.

Itinerario de la visita - 2ª parte

Siguiendo por la calle Desengaño, llegamos a Mesonero Romanos y la primera bocacalle a la derecha es la pequeña travesía del Horno de la Mata, llamada así porque aquí hubo una panadería de bastante fama en la villa. En un momento del siglo XVIII la calle llegó a adquirir aún más notoriedad pues apareció en los sumario de la Inquisición a raíz de unos casos de brujería acaecidos en ella. La época de la Ilustración se asienta ya en la Corte y las brujas ya no tenían el tirón de hace años y, para ganarse la vida, han de hacer pluriempleo: atender los problemas de amor y proporcionarlo ellas mismas. En esta calle había cuatro brujas especializadas en clientela masculina. Una de ellas se llamaba Teresa Espadas y se decía que llamaba la atención de sus clientes bailando semidesnuda en los balcones de su casa. Su estrategia para con los clientes era invitarlos a un vaso de vino o una taza de chocolate, en la que previamente había diluído polvos secos de su propia menstruación, a fin de fidelizarlos y que nunca pudieran prescindir de ella.

En la casa justo de al lado, vivía María Monedero, alias la Pendona, que era la mayor de las brujas del lugar. Un día, recibe la visita de una joven –Rosa Carretas- a la que su novio Isidro ha echado de casa porque se ha cansado de ella. Acude angustiada a casa de la Pendona para pedirle que le enseñe a ser bruja, quiere que le enseñe el oficio. ¡Esto no es un oficio, o se nace bruja o no se es! Le contesta la vieja hechicera. Ahora bien, un demonio si que es capaz de pasarte poderes y yo te voy a gestionar una entrevista con uno. Vente el sábado por la noche y vendrá a verte un diablo, lo único que tienes que hacer es dejarte hacer todo lo que él quiera. –continúa engañando la bruja a la inocente Rosa. Todos sus ahorros entrega a la Pendona la jovencita, más la tarifa del cliente que acudirá el sábado; unas pingües ganancias de una tacada.

Todo esto viene narrado en los sumarios de la Inquisición que eran muy minuciosos y divertidos.

En la calle había una cuarta bruja, la Pimentela, dedicada a quemar romero en la puerta de su casa y “echar las habas” a los clientes que deseaban conocer su porvenir en asuntos de amor, trabajo y salud.

Apenas cuatro pasos y la travesía del Horno de la Mata acaba en la calle Concepción Arenal, giramos a la derecha y continuamos por ella, aunque pasa a llamarse la calle de la Luna; primer cruce a la izquierda y nos encontramos en la calle Tudescos; la calle no es lo que era en el siglo XVII, pues cedió gran parte de ella para la construcción de la Gran Vía. En esta calle vivían otras tres brujas que aparecen en los papeles de la Santa Inquisición: Isabel Cornejo y sus dos ayudantes, María de Mendoza y Montalbán; su especialidad, fabricar polvos de amor. Carlos nos comenta que no pensemos que son cosas de otro tiempo; hoy en día se sigue vendiendo esta especie de brebaje mágico, sobre todo en Sudamérica, incluso a través  de internet. A petición del cliente, en un brasero disponían un puñado de alumbre, otro de sal gorda y un exvoto con un puñal atravesado, las cenizas resultantes se guardaban en un saquito y el necesitado de estas brujerías debía vacarlos en la puerta de la casa de la persona que quisiera conquistar. En un alarde de agudeza, Carlos se pregunta en voz alta si procederá de ahí la expresión de “echar un……..”.

Las tres brujas fueron condenadas a pagar una multa de 6 ducados y dos años de destierro; era la sentencia más habitual. La leyenda negra habla de la quema de brujas, pero la realidad es que en España, salvo un caso aislado en Zurragamurdi, no era muy corriente pasar a las brujas por la hoguera, al contrario de lo que ocurría en Francia, Inglaterra o Alemania. En España la brujería no era un problema.

Volvemos sobre nuestros pasos hasta la calle de la Luna, por ella a su esquina con la calle San Roque y allí encontramos el Monasterio de San Plácido, ubicación de la siguiente crónica, porque durante el siglo XVII también aparecen casos de brujería en los sumarios de la Santa Inquisición-

Todos los terrenos que circundan el convento eran propiedad de Jerónimo de Villanueva, protonotario de la Corona de Aragón y consejero del Conde-Duque de Olivares, entre otros cargos; fue un poderoso señor en tiempos de Felipe IV. Él vivía en la calle de la Madera (actualmente un edificio posterior sede del IDAE).

El poderoso caballero salía con una dama de la nobleza madrileña, doña Teresa del Valle y la Cerda, pero tras un periodo de relaciones, la joven se arrepiente y decide tomar hábitos en un convento, tras una súbita vocación religiosa. Jerónimo, lejos de armar un escándalo tras la noticia, como caballero que se preciaba le construye un convento para la que iba a ser su esposa y cuando está finalizado, ingresa Teresa como abadesa, junto con veintiséis monjas que son trasladadas desde otro cenobio. El capellán elegido, Francisco García Calderón, resultó ser miembro de la secta de los Alumbrados, facción muy perseguida por ser  herética y relacionada con el protestantismo.

Con engaños y subterfugios hacía creer a las monjitas que para lograr el estado de éxtasis místicos, había que hacer sacrificios tales como pasar toda la noche sin dormir; la comunión debía de ser continua, así como el ayuno; las confesiones con cada una duraban horas y al parecer se le “iban las manos”. Cuando alguna monja protestaba, argumentaba que era parte del ritual.

Un día, una de las monjas, Sor María Anastasia, comienza a revolcarse por el suelo, dando alaridos y echando espumarajos por la boca; se interpreta que está endemoniada y comienzan a aplicarle los exorcismos oportunos. Como si fuera contagioso, empiezan a tener los mismos síntomas, una monja y otra y otra; estaba claro que había un demonio en el convento, al que llaman “peregrino raro”. Las voces son tales que se oyen desde la calle y  alguien decide dar cuenta a la Inquisición.

La sede de la institución por aquellos tiempos estaba todavía en Toledo y con este caso, se traslada a Madrid. Personado el propio Inquisidor General en el Convento, decide encarcelar en Toledo al confesor y a las monjas. El sumario termina siendo larguísimo; cientos de miles de folios. Finalmente, el sacerdote reconoce haber abusado de las monjas, pues el castigo era menor que la muerte que le esperaba de haber sido inculpado de pertenecer a la secta de los Iluminados. Las monjitas son indultadas y se las deja volver al convento sin cargos.

Hasta aquí, historia pura y dura y a continuación, la leyenda que se creó alrededor.

Una tarde, se encuentran jugando a las cartas el rey Felipe IV, el Conde-Duque de Olivares y Jerónimo de Villanueva, en casa de este último, y salió el tema de conversación de moda entre grupos de varones, que era la belleza de la última monja que había tomado los hábitos en el Convento. El rey no la conocía pero decide no perdérsela.

El monarca asiste al día siguiente a misa en el Convento de San Plácido y se queda prendado de la monja. Presumía de tener una vena de poeta y manda a diario poemas a la monjita. Un día pide a la  Abadesa que le conceda una entrevista con Sor Margarita de la Cruz, a lo que no se podía negar por su condición de rey. En la entrevista la hermana le ruega que deje de mandarle poesías y, con educación, zanja la entrevista. El rey no ceja en su empeño y una noche logra introducirse en el convento y subir hasta la planta de las habitaciones, cuando ve un resplandor de velas de una de ella y pasmado ve que sor Margarita se halla en un féretro muerta y el resto de monjas rezan a su alrededor.  Arrepentido vuelve a palacio y encarga a Velázquez un gran Cristo que regala al convento.

La muerte de sor Margarita había sido una maniobra urdida por todas las monjitas para dar un escarmiento al monarca. Quizás lo único que fue verdad de toda esta historia es el encargo del cuadro del Cristo por Felipe IV a Velázquez.

Caminamos hasta alcanzar la esquina con la calle de la Estrella que está construida sobre un cerro. Durante el siglo XV apareció un cometa por el cielo de Madrid y a lo alto de este cerro, por su buena visibilidad, venía todo aquel que tenía interés en astronomía. Poco después del paso del astro una terrible epidemia de peste asoló la ciudad y lo achacaron al paso del cometa, que solía traer mala suerte.  En alusión a aquel cometa, la calle comenzó a llamarse “de la Estrella”.

Estamos esquina a la calle de los Libreros, antiguamente llamada calle de la Justa y he aquí su historia: “la Justa” era una señora que vivía en una casa en esta esquina que tenía un pozo tapado con una piedra. Las gentes del vecindario aseguraban que dentro del pozo habitaba un basilisco (especie de dragón), que no dudaría en acabar con cualquier persona que osara asomarse al pozo. En una ocasión un par de jovencitas se aventuraron a quitar la piedra y el dragón las convirtió a las dos en cenizas. 

Su segundo nombre, algo más creíble, se debe a Pío Baroja que ante el buen número de libreros que comenzaron a instalar sus negocios en la calle, propuso al Ayuntamiento el cambio de nombre a “Los libreros”.

Paralela a la calle de la Estrella, se encuentra una pequeña calle entre Los libreros y San Bernardo llamada el Marqués de Leganés y hace alusión a que en este manzana de casas estuvo el palacio del Conde de Altamira proyectado por Ventura Rodríguez con unas dimensiones y una pompa fuera de lo normal, pero que bien por falta de presupuesto o bien por trabas que Felipe IV ponía a su construcción monumental que amenazaba eclipsar al propio palacio real.

Antiguamente la calle se llamaba “de la Cueva” y la historia procede de una finca llamada “la Puebla de Peralta”, donde vivían Gonzalo Pico, caballero de la orden de Calatrava y propietario de la finca, su mujer –Nuria Jiménez-,  su pequeña hija y dos hermanos de la mujer. Un aciago día, la niña desaparece y por más batidas de búsqueda que se llevan a cabo, no aparece. Pasado un tiempo, los criados comienzan a decir que se oyen lamentos de la niña por los jardines de la casa; por el barrio se asegura que es el fantasma de la niña; los cuñados dicen que están muy asustados y se marchan a vivir lejos de la casa.

Gonzalo Pico no ceja en su empeño de seguir investigando qué ha podido pasar para que su hija desapareciera y un día comenta que está casi seguro de saber qué es lo que le ha sucedido a su pequeña y quién está implicado; esa misma noche cuando vuelve a su casa, al salir por el Portillo de Santo Domingo, dos individuos le clavan una espada en el corazón, con resultado de su muerte. Es enterrado en la cripta que tenían en propiedad en el Monasterio de monjes bernardos –monasterio que da nombre a la calle de San Bernardo-.

Al poco tiempo, el prior del Monasterio asegura que el espíritu de Gonzalo Pico se le aparece cada noche maldiciendo a su mujer y a sus cuñados. Las apariciones se siguen sucediendo hasta un par de años después, que Nuria Jiménez muere y es enterrada también en el panteón familiar del monasterio.

De manera casual, pasado un tiempo, se descubre una cueva de gran profundidad y se desentraña el misterio. En la parte más estrecha de la gruta, la familia solía guardar su dinero y sus alhajas en un cofre; cuando los hermanos de la mujer se enteran, al no poder acceder a esa estrecha zona de la caverna, piden a la niña que entre, cuando se produce  un desmoronamiento de tierra que mata a la pequeña.

Los cuñados de Pico fueron detenidos y condenados a morir en la horca.

Llegamos al número 21 de la calle de San Bernardo en donde se encuentra un palacete que pertenece al ministerio de Justicia. En este edificio estuvo en principio, en el siglo XVI, el Hospital de Convalecientes que estuvo en funcionamiento treinta años y posteriormente pasó a ser convento de monjes bernardos, especializados en un curioso arte: sanar a niños que nacían raquíticos o “encanijados”, en el convencimiento de que alguien con poderes de brujería les había echado el “mal de ojo”. Con la desamortización de Mendizábal, el convento desapareció y en 1845 comenzó a construirse el palacio del Conde de Ágreda.

La primera bocacalle a la izquierda es Antonio Grilo y frente al número 3, Carlos nos cuenta la escabrosa  historia, que incluso en ocasiones obvia esta parada pues le da una especie de mal royo. La historia del edificio cuenta con nueve asesinatos desde 1945.

Aquel año, unos ladrones mataron a un camisero que vivía en la primera planta y que apareció muerto con fuertes golpes en la cabeza; diecisiete años después, en el tercer piso, un sastre de origen granadino, en estado de enajenación mental, mata a su mujer y sus cinco hijos; cuando llega la policía insta al asesino a entregarse, pero este termina suicidándose;  en el mismo piso, en 1964, una mujer de veinte años, tras un embarazo no deseado, estrangula a su propio bebé, que es encontrado metido en un cajón.

Anteriormente, en el año 1909 un hombre vivía con su mujer sorda e impedida en una silla de ruedas, confiado traía a su amante en la confianza de que la mujer no se enteraba; al parecer, la esposa terminó descubriendo la desfachatez de su marido y se las ingenió para rociarle la cara con ácido. En 1915, un degollado sobrevivió gracias a alguien que le encontró a tiempo.

Desde mediados de los años 60, afortunadamente ya no ha vuelto a pasar nada.

La esquina de esta “casa de los horrores” es la Travesía Beatas, que en el siglo XVI comenzaron a llamar “Aunque os pese”, por una curiosa historia que dejó su huella en el nombre. Barrionuevo de Peralta era el propietario de buena parte de las tierras que se asentaban estas inmediaciones y en un determinado momento decide venderlas a tres distintos compradores, pero no se especificó a quién correspondería un molino que existía en ellas. Dos de los propietarios se pusieron de acuerdo y acordaron un horario de uso, pero llegaron a las manos con el tercero que no aceptaba el acuerdo. Un día, Guzmán que así se apellidaba el disidente, arremete a hachazos con el molino, gritando a la par “demoleré el molino aunque os pese”; los otros dos respondieron a estacazos con Guzmán. Asi quedo la frase para conocer la travesía durante varios años.

La paralela de Antonio Grilo es la Travesía de la Parada; Carlos nos pregunta que nos sugiere lo de parada, a lo que cada uno da una respuesta que no se corresponde con la relación que tiene con el nombre que nos es otro que embalse; estanque que servía para aprovisionar al molino de agua que existía debajo del barranco, y que motivó el litigio de la historia anterior.  Este gran desnivel que aún hoy es tan evidente, a pesar de las nuevas construcciones, no se ha podido disimular y es uno de los puntos de Madrid, donde se ve su geografía.

Esta travesía, en tiempos remotos se llamaba Horamala, en alusión al Hospital de Convalecientes de la calle San Bernardo, haciendo referencia a que el que allí iba no volvía.

La impresionante caída nos permite ver desde las alturas la plaza de los Mostenses y varios edificios de la Gran Vía. Carlos hace que nos fijemos en uno a mano izquierda, de ladrillo rojo; la llamada “casa del pecado mortal”, construida en 1800 y derruida en 1928, fue una institución para recoger a mujeres que habían quedado embarazadas y tenían que dar a luz en secreto, dirigida por la Santa y Real Hermandad de María Santísima de la Esperanza y Santo Celo de la salvación de las Almas, creada por Felipe V en 1774, situada en principio en la calle Hortaleza, luego en la calle Pizarro y en 1800 se mudan aquí. Esa hermandad tenía otro cometido que era la “ronda del pecado mortal”: caballeros con grandes capas salían de ronda de noche por las calles con grandes cencerros, que hacían sonar frente a las casas de citas de las calles de la Ballesta y de la Mata; y cantaban coplas para disuadir a los pecadores  de sus actos. Los vecinos tiraban monedas a su paso para ayudar a sufragar sus vigilancias.

Aquí termina la visita de hoy.

Una buena comida en cualquiera de los buenos restaurantes que hay en ambos barrios será la culminación perfecta a una mañana de sábado. En esta ocasión comimos en el restaurante La Pescadería en la calle de la Ballesta 32, que recomiendo sin género de duda, por calidad, precio, atención y decoración.