Palacio de Boadilla del Monte

25 de septiembre de 2017

Aquella mañana de domingo, de finales del mes pasado,  me era muy difícil disimular el nerviosismo que la aristocrática visita al Palacio de Boadilla del Monte me provocaba. No todos los días te recibe en su propio palacio un Infante de España.







Llegamos con tiempo suficiente para no hacer esperar a tan insigne anfitrión y pudimos echar un vistazo al exterior de palacio a nuestro antojo y con detalle. Un elegante y sobrio edificio, aparentemente dividido en tres bloques, por ligero retranqueamiento de su parte central;  aparentemente también, repito,  de tres plantas –tras la visita, nos daríamos cuenta de que muchas cosas de este monumental edificio no son lo que parecen-, con sendas torres centradas en los bloques laterales coronadas con cúpula y dos pequeñas edificaciones de una sola planta, adosadas a cada uno de los laterales, con el visible objetivo de servir de terraza a habitaciones nobles del primer piso. Tres puertas guardan el palacio que, aunque regidas por la sencillez del neoclásico, si se permiten ciertas concesiones ornamentales en la central, sustentada por dos parejas de columnas toscanas y un frontón semicircular; sobre ella, un balcón con columnas dóricas y frontón triangular.

Enfrascados en una discusión sobre las diferencias entre una columna toscana y otra dórica, nos sorprendió la puerta que se abría y una cabecita con cofia se asomaba y en un perfecto acento gaditano nos preguntaba si éramos la visita que el Infante estaba esperando. Le contestamos que suponíamos que sí y le dimos nuestros nombres. Sí, al parecer se trataba de nosotros. Nos pidió que la siguiéramos y tras subir los pocos peldaños de una recia escalera que daba acceso a aquella puerta de columnas toscanas, objeto de nuestra previa discusión, nos introdujo en un gran vestíbulo de entrada y cerró la puerta tras ella.

Pepa  nos comentó que el Infante nos recibiría en unos minutos y con una verborrea que dejaba bien patente su procedencia de la “tacita de plata”, comenzó a contarnos historias de sus amos –confesables y no-, mientras la escuchábamos con la boca abierta. Confieso que el nombre de "Pepa" se lo acabo de imponer pues no recuerdo el suyo verdadero y haciendo honor a la Constitución promulgada en su tierra, en este relato la llamaremos simplemente Pepa.

Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio –según reza en su partida de nacimiento- es el sexto hijo de Felipe V (instaurador de la dinastía Borbón en la corona española) y de Isabel de Farnesio, duquesa de Parma; esto significaba que sería harto difícil que el niño tuviera alguna posibilidad de ceñir la corona real algún día; por ello, los magnos padres decidieron orientar su “carrera” hacia el mundo eclesiástico. Las influencias de su padre ante la Santa Sede fueron clave en la concesión del nombramiento del Infante como arzobispo de Toledo (con ocho años) y arzobispo de Sevilla (con catorce años), ambos nombramientos en calidad de administrador, pues era todavía “mu niño”, según nos comentaba Pepa, con ese gracejo característico de su tierra.

Pero nuestro infante no era feliz; sus inclinaciones de todo tipo –y Pepa ponía los ojitos en blanco y una sonrisa más que picarona- estaban muy lejos de ceñirse a la ortodoxia eclesiástica. A don Luis le volvía loco la música, la danza, la caza, la esgrima y,…  llegados a este punto, Pepa se llevaba la mano a la boca, sabedora de que se estaba pasando de la raya. En fin, prosigue a más velocidad si cabe su cháchara,… que cuando el Infante alcanza los 27 decide escribir una carta a su hermano  (el anterior rey. Fernando VI), aduciendo que “aspiraba a una mayor tranquilidad de su espíritu y seguridad de su conciencia”. ¡Y lo consiguió!

 Nos cuenta Pepa que el embrión de este bonito edificio fue un antiguo y abandonado palacio llamado de las Dos Torres, propiedad de la Marquesa de Mirabal, construido en el siglo pasado, hacia 1650 dentro del Señorío de Boadilla, propiedad de la Marquesa de Mirabal. Don Luis convencido de que aquí conseguiría el remanso de paz que su espíritu necesitaba, compró el Señorío a la Marquesa por 1.200.000 reales  y para su reconstrucción del palacio llamó al mismísimo Ventura Rodríguez.  No conforme con estas propiedades, compró a los Concejos de Boadilla y de Pozuelo de Alarcón buena parte de sus territorios y a los frailes premostratenses de San Joaquín de Madrid y las monjas de Santa Clara de Boadilla, otro tanto, y unos años después, adquirió de su hermano Felipe, por 14.000.000 de maravedíes el colindante condado de Chinchón. “Ahí es na”, apuntaba Pepa: Chinchón, parte de Morata de Tajuña, San Martín de la Vega, Colmenar de Oreja, Villaconejos, Villaviciosa de Odón, parte de Pozuelo de Alarcón y Boadilla del Monte –.

Aquí sí que es feliz el Infante y puede dedicarse a todo lo que le gusta. Pepa se estira un poco más hablando, para decirnos orgullosamente que ella ha abierto esa misma puerta que hemos cruzado a los mismísimos Boccherini o Goya y un sinfín más de artistas de primera talla, a los que su amo financia su arte.

Suena una campana y Pepa nos anuncia que antes que don Luis, nos recibirá su señora, María Teresa de Vallabriga y Rozas y que nos espera en la Capilla. Esta sí era una sorpresa con la que no contábamos. ¡Conoceríamos al Infante y a su consorte! Reconozco que tras la “foto robot” que nos había ofrecido Pepa, picaba el gusanillo de la curiosidad de saber quién era aquella que había metido en cintura a tan excéntrico noble.

Despidiéndose con nerviosismo, Pepa nos conduce, a la derecha, por un pasillo que conduce hasta la Capilla de Palacio. No habían transcurrido ni tres minutos, cuando una elegante dama aparece en la habitación presentándose: María Teresa de Vallabriga, Condesa consorte de Chinchón. Tras unas palabras de disculpa por la demora  del Infante en recibirnos,  sin ambages, ni preámbulos sobre el calor o el frío de aquella mañana, comienza a contarnos su historia; una triste historia.

El marco, inigualable. Todas las miradas fueron a la gran cúpula –que se adivinaba por fuera en cada torre-, decorada con casetones y cuatro vanos que dejan pasar la luz, por lo que la habitación tiene una luminosidad espectacular. Frente al altar una especie de balcón de madera, presumiblemente el sitio desde el que el Infante atiende al oficio religioso sin salir, seguramente, desde sus habitaciones. Además del altar, destaca un sobrio sepulcro, que minutos después la Condesa nos comentaría que era el de su hija, la mal casada con el poderoso Godoy.

La protagonista en esos momentos, adorable, vestida con un “robe a la française” en color dorado con aplicaciones de pasamanería en azul, abierta por delante, que permite ver una falda simulada a juego con el peto en tonos también azules y en el interior se adivinan las ballenas del corsé y el tontillo dando volumen a las faldas. A estas alturas del XVIII, el uso de la peluca ya se había extendido a las mujeres, por lo que la Condesa llevaba una peluca rubia y blanca, el último color aportado por el polvo de almidón de arroz o de papas al que sometían previamente al postizo, del que caían dos tirabuzones por el lado derecho de la cara que llegaban hasta el escote del vestido.

María Teresa, hija de nobles “de segunda fila” -catalogados así por la propia interesada, aunque el padre era Mayordomo del rey Carlos III, hermano del Infante-, naturales de Zaragoza el padre y de Madrid la madre, queda huérfana de madre a los catorce años y es trasladada a Madrid, a vivir con una tía casada con el marqués de San Leonardo, a través de cuyas amistades llegó a conocer al Infante don Luis.

Doña María Teresa continúa “lavando los trapitos sucios” ante nuestra estupefacción: Su cuñado, Carlos III se había negado consecutivamente a las peticiones del Infante de contraer matrimonio, aludiendo a que ninguna de las candidatas era adecuada para él; pero ella estaba convencida de que era el temor a que el derecho de los hijos del rey a la corona se pusiera en entredicho, si el Infante don Luis llegara a tener  descendencia, ya que aquéllos habían nacido en Italia, durante su reinado en Nápoles y Sicilia.

La vida de don Luis era cada vez más disipada; se le contabilizaron al menos dos hijos ilegítimos; contrajo una enfermedad venérea; los dimes y diretes corrían por todo Condado de Chinchón, hasta que su hermano, el rey, tuvo que tomar cartas en el asunto y buscar la persona adecuada que fuera capaz de mantener al Infante a raya, sin representar una amenaza para la sucesión de la corona. La solución la tenía muy cerca: la hija de su Mayordomo. De esta manera, conseguiría un matrimonio morganático, gracias al cual los posibles hijos del matrimonio no tendrían derecho ninguno a la corona; ni siquiera a llevar el apellido Borbón y adoptando el de la madre,… y además, debía cambiar su residencia de Boadilla (demasiado cerca del Real Palacio) a otra localidad donde poder llevar una familiar vida ajena a los “ajetreos de la corte”).

A estas alturas del relato la Infanta consorte había roto a llorar abiertamente, solicitando un pañuelo desechable de entre los visitantes que allí nos encontrábamos. Tuvieron tres hijos, continúa: Luis María, cardenal y obispo de Toledo; María Teresa, casada muy acertadamente con el mismísimo Manuel Godoy –valido de Carlos IV-, gracias a quien se consiguió recuperar el apellido Borbón para los hijos del Infante y doña María Teresa-. Esta gira la cabeza y en lo que ya es un hipido continuo, nos muestra la sepultura de su amada hija; y por último, la pequeña, casada con el duque de San Fernando y enterrada en la Sacristía de este Palacio (aunque esto ya es adelantarme en el tiempo).

El Infante y su familia fueron cambiando de residencia hasta que el rey encontrara adecuado el sitio donde don Luis,  su hermano fijara su residencia, pero a considerable distancia de la corte real de Madrid. Tras abandonar con gran dolor el Palacio de Boadilla, se mudaron al Palacio de Villena en Cadalso de los Vidrios y, finalmente, al Palacio de la Mosquera en Arenas de San Pedro –palacio construido en terrenos regalados por el Ayuntamiento al Infante- y la que sería su última residencia familiar.

Pero la Condesa de Chinchón no conseguía atraer la compañía de su marido, siempre volcado en sus amistades artísticas, sus jornadas de caza y su viajes a la Corte y aludía abiertamente a su infelicidad al lado del Infante.

Pepa irrumpe en la estancia para  comunicar que el Infante está listo para recibir a sus visitantes. La Condesa se despide precipitadamente de nosotros, no sin antes coquetear con uno de los visitantes. (Todo Chinchón es conocedor de los devaneos de la Condesa y más de un lugareño ocupó el lugar de don Luis en el tálamo conyugal en el poco tiempo que permanecieron en Boadilla).

Salimos de la capilla y cruzamos en sentido inverso el vestíbulo para bajar unas pequeñas escaleras que nos condujeron a un gran salón. Un impecable cortesano  miraba ensimismado a través de una ventana algo que captaba su atención como un imán, pues no notó nuestra presencia hasta pasados un par de minutos. ¡Era él! El Infante don Luis de Borbón.

¡Qué porte! Su peluca empolvada, su casaca beige, larga hasta la rodilla, con aplicaciones de pasamanería; debajo, la chupa y el cuello con chorreras de encaje; el calzón fruncido por debajo de la rodilla y los zapatos con grandes hebillas.  La cosmética en su look no era un asunto baladí y debió llevar tiempo de preparación; me pregunto si en el varón será un arma de seducción.

Cuando se da cuenta de nuestra presencia, nos saluda de la forma más elegante que jamás he visto y se presenta. Su argumentación dista mucho del tono lastimero utilizado por la Condesa, don Luis nos habla de su palacio y el gran salón en el que nos encontramos: la Sala de Música. Con una sonrisa permanente en los labios y con un ligero viso de nostalgia nos habla de los felicísimos años que disfrutó entre estas paredes, siempre rodeado de los más grandes: Luigi Boccherini, don Francisco de Goya, Luis Baret,...

Amante del arte y gran mecenas.  En 1770, Boccherini cierra contrato con el Infante don Luis, con un sueldo de 14.000 reales de vellón, mediante el que le nombra violón de cámara y compositor de su música, por lo que a partir de ese momento, las composiciones pasaban a ser propiedad del Infante. Don Luis nos muestra una exposición itinerante de una especie de concurso llevado a cabo no hace mucho en la localidad: atrás quedaron los tiempos en que en estas mismas paredes o en las del Palacio de  Arenas de San Pedro, más tarde, colgaban  “La familia del infante don Luis de Borbón” o los perfiles de ambos cónyuges, el retrato de María Teresa con la sierra de Gredos al fondo, y muchas más; en suma una gran pinacoteca. No solo eso,  sino que nos presume de su cuidado gabinete de historia natural; de su nutrida y selecta biblioteca; de muebles, relojes, todo elegido por él mismo, con mucho mimo.

Además de su “savoir être”, el Infante irradia simpatía y rápidamente improvisó una frugal clase de baile. Así, a golpe de minué se despide don Luis de nosotros. Cruzamos una de esas impresionantes puertas que abren hacia el jardín, cuyos confines son difíciles de delimitar a simple vista.

Las sorpresas no habían terminado todavía. Un caballero tan apuesto como el Infante, esta vez ataviado con tricornio de fieltro ribeteado de pasamanería, nos recibe junto a una larga mesa en el jardín sobre la que se encuentra un gran plano y muchos lapiceros recién afilados. Soy Ventura Rodríguez, suelta a bocajarro. Para ver al Infante, estábamos preparados, pero para ver al arquitecto más afamado de toda la península, no. Sí, querido lector, has oído bien, Ventura Rodríguez. Te sonará, seas de Aranjuez, de Madrid, de Valladolid, de Zaragoza, de Almería, Pamplona, Toledo, Málaga, Jaén,… ; sal a la calle y sin mediar muchas esquinas encontrarás una fuente, un palacio o un templo donde los cálculos, planos y dibujos para su creación hayan salido de sus talleres de arquitectura.

Todos hacemos una barrida general con la vista, pues si impactante es el interior del palacio –esa mínima parte de palacio que vimos- el exterior nos recuerda a los paisajes bucólicos de la Arcadia del Peloponeso y lo único que faltaba era que salieran ninfas de cada rincón y nos invitaran a compartir su felicidad. En principio, la vista del palacio aparece a nuestros ojos con una planta más.¡ La arquitectura salvando desniveles hace que salgan plantas de la chistera!

Ventura Rodríguez comienza a desgranar  los pormenores de este fantástico proyecto donde ha convertido una buena cantidad de hectáreas en dos jardines –uno alto y otro bajo- y una huerta, según constata de” 858.250 pies y cuarto cuadrados”. ¡Y las fuentes! El arquitecto se hincha de orgullo cuando habla de sus fuentes: la de las Conchas –hoy en el Campo del Moro, en Palacio Real de Madrid, regalo de la hija del Infante a Fernando VI-.  Y la que ya el vulgo conoce como la “Fuente de Ventura Rodríguez”, que habrán visto ustedes frente a la entrada principal a palacio. ¡Cierto! Tiro de las fotografías sacadas antes de entrar a Palacio y allí está; ¡monumental! Según nos comenta don Ventura es un depósito de agua para abastecer de agua el Palacio, sus fuentes, los jardines y a la huerta. En Madrid, hablar de fuentes es hablar de don Ventura: Cibeles, Neptuno, Apolo, La Alcachofa, etc. Es para estar orgulloso.

El arquitecto nos invita, para finalizar nuestra visita a deambular entre los jardines y disfrutar de aquel día tan espléndido que realza la bellaza, si cabe, del palacio y sus jardines.