Conocer Madrid - Alrededores Basílica San Francisco


Basílica San Francisco el Grande
No cabe duda de que esta ruta habría que haberla comenzado en la majestuosa Real Basílica de San Francisco el Grande; por muchos motivos, pero sobre todo por estar cubierta por la tercera cúpula más grande de toda la cristiandad y disponer de una buena pinacoteca donde no faltan zurbaranes o goyas. De hecho, allí quedó citado el grupo; pero no, San Francisco el Grande quedaría para otra ocasión -cuestión de tiempo- y hoy visitaríamos a su hermana pequeña, la Capilla del Cristo de los Dolores, conocida entre los mentideros de la villa como Capilla de San Francisquín; los pocos que la conocen, pues hasta hace poco no se podía tener acceso a ella, sino se hacía a través de una galería desde la basílica y aún hoy, con entrada directa desde la calle, hay que entrar con reserva.
Capilla Nuestra Señora de los Doleres


Toda la zona era propiedad de los Franciscanos, que deciden erigir una capilla en 1617, contigua a la zona de enterramiento de los frailes, aunque hubo de ser demolida quince años después para ampliar el convento.
San Francisco el Grande

Ante la falta de un templo en el gran recinto franciscano, la Tercera Orden decide comprar los terrenos de la ubicación actual de la iglesia en 1638 (ascendiendo su monto a novecientos mil reales, según consta en los archivos) y construir la pequeña capilla del Cristo de los Dolores.


Esta Tercera Orden fue fundada en 1221 por el mismísimo San Francisco, para dar cabida a aquellos feligreses que por motivos de matrimonio o cualquiera que fuese la razón, no podían profesar en la orden franciscana y darles una "tercera salida" seglar dentro de la orden. No existe constancia escrita, pero se dice que el propio San Francisco vino a Madrid y vivió en una humilde casita en las Vistillas de San Francisco (obviamente, en el siglo XIII debió de llamarse de otra manera). Sobrevivía, al parecer, de propinas y existe una leyenda, que relata el por qué de llamarle Cuesta de los Ciegos a la cercana calle de 254 escalones que lleva ese nombre. Habían regalado a San Francisco una tinajilla de aceite, que llevaba a su casa, cuando se cruzó con un grupo de ciegos, a los que se acercó y conmovido por su desgracia, frotó los ojos con el aceite y enseguida comenzaron a ver.

Durante el siglo XVII, esta Orden Tercera llegó a ser muy prestigiosa y formaban parte de ella lo más granado de la sociedad: el mismo rey era un terciario, así como figuras insignes de las letras, como Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o Francisco de Quevedo. Los anales de la historia certifican que de 100.000 habitantes que tenía Madrid en aquel siglo, 20.000 eran terciarios. En 1905, por ejemplo el número de afiliados a la orden era de 200.000 y hoy se encuentra en peligro de extinción. Los terciarios debían aportar donativos, dependiendo de sus ingresos, y a cambio tenían asistencia sanitaria en el Hospital de San Francisco, que todavía funciona.

Tras varias vicisitudes se decide encargar la obra de la construcción de la iglesia al hermano jesuita Francisco Bautista, que acababa de terminar la construcción de la Catedral de San Isidro en la calle de Toledo. El resultado es la Iglesia del Cristo de los Dolores, una de las más bellas iglesias del barroco inicial español. Construida muy sobriamente, ya que la única función era el poderse reunir en ella los hermanos. Compartimentada en tres ambientes -la nave, la cúpula crucero y el presbiterio-, con intención de jerarquizar los espacios: hermanos, nobles y ministros de la orden.

A pesar de su estilo austero y sencillo, su decoración a base de dibujos geométricos en relieve y un efecto de luces y sombras, la hacen una iglesia muy especial. Sobresale, sin lugar a dudas, el baldaquino, en la parte más iluminada de la capilla. Consta de un basamento escalonado de mármoles y jaspes y madera policromada. Su estructura abierta por los cuatro costados permite la visibilidad del interior desde cualquier punto. Remata encima una cúpula con una linterna coronada por la Fe, similar al Giraldillo de Sevilla. En los costados del basamento se exhiben los escudos en alabastro de la familia de Ramírez de Prado, ilustre madrileño, cuyas donaciones hicieron posible la construcción de esta capilla y del hospital de la Orden Tercera.

Dicho baldaquino fue realizado expresamente para albergar la escultura del Cristo de los Dolores; aunque esta última es anterior a la iglesia pues ya se encontraba en la antigua iglesia franciscana antes de su destrucción. Es de autor desconocido y fue policromada por el pintor Diego Rodríguez en 1643. La escultura representa un Cristo resucitado que conserva todos los estigmas de la crucifixión. Su mano derecha señala el corazón; su pie izquierdo descansa sobre una calavera y la cruz se apoya sobre la cabeza del dragón infernal, aplastándola. Hay una imagen en Serranillo (Cáceres) realizada por Domingo de Rioja que es bastante similar a esta y por ello se piensa si pudieran ser del mismo autor.


Seis grandes obras pictóricas maestras realizó Juan Martín Cabezalero: dos se encuentran en el Museo del Prado y otras cuatro figuran majestuosas en las paredes de la Capilla. Vendidas a la Orden por 1.500 reales cada uno y con fecha de entrega que de no respetarse tendría penalizaciones (razón por la cual los entendidos opinan que el último dentro de la creación del autor posee ciertas "anomalías", resultado de la presión por llegar a tiempo a la entrega). Las imágenes son un Ecce Homo, una Crucifixión, Jesús ya crucificado dándole longidos la lanzada y, el último, el Descendimiento de la Cruz.

Las enormes pinturas no han sido restauradas desde que fueron creadas y permanecen en bastante buen estado, a pesar de lo que se han movido: en tiempos de la dominación francesa, José Bonaparte piensan que son Velázquez y las manda trasladar al Louvre de París y en 1819 fueron devueltos por el gobierno francés, teniendo que abonar la Orden 9.830 reales por gastos de flete y conservación durante su estancia en parís (beaucoup de visage).

En las esquinas de las naves figuran bellas estatuas de Zacarías y Santa Isabel, padres del Bautista; Santa Isabel, reina de Hungría; San Luis, rey de Francia; Fernando III el Santo, primo de San Luis y San Roque de Monpellier.
La sacristía, con un patio interno, donde se encuentra una pila para lavatorio de manos con el escudo franciscano en alabastro. Las donaciones de los hermanos son cuantiosas en cantidad y calidad; muchas de ellas, de terciarios que morían sin herederos y dejaban a la orden sus pertenencias. Se habla de que tienen unos 400 pisos alquilados.

De las numerosas obras de arte que hay en la sacristía destaca el fresco del Arrebato de San Francisco pintado por Teodoro Ardemans. Unas artísticas cajoneras, donde guardan los frailes sus servicios litúrgicos, fueron encargadas a Fernando Pelayo y debían ser: "de caoba, palo de maría y ébano, guarnecidos de bronces dorados de oro molido".

La verdad es que hay infinidad de cosas entre cuatro paredes que se caen de la humedad. Nos señalaba nuestro guía una bonita imagen atribuida a Martínez Montañez, para la que no tienen dinero para su restauración, ni tan siquiera para adquirir el certificado que la autentifique. Una pena.

A la salida, no dejéis de ver los grandes cerrojos de hierro de las puertas donde figuran inscripciones "1668, recuerdo a Carlos II, rey de España".













Rodeando la Basílica por su costado izquierdo, nos encontramos con el solar del convento que dejan en el 2007 y tras su demolición el ayuntamiento acondicionó un jardín de dalias, La Dalieda de San Francisco, donde podemos encontrar cientos de distintas especies de estas flores venidas de todos los rincones. En el centro una estatua conmemorando a San Isidro, junto a un ángel. Al fondo, unas buenas vistas de la parte Oeste de Madrid.

Desde este ángulo la cúpula de la Basílica de San Francisco se nos muestra desde su mejor cara. La actual basílica fue construida en estilo neoclásico en la segunda mitad del siglo XVIII a partir de un diseño de Francisco Cabezas, desarrollado por Antonio Pló y finalizado por Francesco Sabatini.

En 1808 José I Bonaparte decide convertir la iglesia en las Cortes de la nación, pero finamente es convertido en hospital. En 1836, con la desamortización de Mendizábal los franciscanos son expulsados y el estado español se hace cargo del edificio. Posteriormente, en 1869, el templo se dedica a Panteón Nacional y a él trasladaron los restos de ilustres personalidades: Calderón de la Barca, Alonso de Ercilla, Garcilaso de la Vega, Quevedo, Ventura Rodríguez o el Gran Capitán, pero cinco años más tarde volvieron los restos de cada uno a sus respectivos sitios de origen.

En 1926, Alfonso XIII devuelve la iglesia a los franciscanos, bajo la advocación de la Virgen de los Ángeles. Desde entonces, no se terminan las restauraciones, durante 35 años se ha intentando acabar con las humedades y cuando se termina, hay que volver a comenzar por el extremo opuesto. En 1980 fue declarada Monumento Nacional.

La fachada está presidida por dos torres, cubiertas con chapiteles, coronados con veletas. En sus vanos se alojan 19 campanas. La gran cúpula y su linterna asoman entre las dos torres, dominando el conjunto, si se ven de frente; por el lateral, la vista es aún más bonita.

¿Sabéis de dónde viene el dicho de "se terminó como el rosario de la aurora?

Salid de La Dalieda y cruzad la calle pequeñita que encontraréis la calle del Rosario. En ella, existía una puerta que daba al -Convento de San Francisco, por la que salía el famoso "rosario de la aurora". Del Colegio de Santa Catalina salía otro procesional rosario. En una ocasión se encontraron las dos procesiones en la calle de los Remedios, cerca de la Plaza del Progreso y se suscitó una pelea pro la preferencia de paso. Las dos cofradías la emprendieron a farolazos. Intervinieron los guardias y la autoridad prohibió las citadas procesiones. Quedó el nombre de la calle del Rosario y el dicho popular.

Sigamos ahora por la Gran Vía de San Francisco, dirección Puerta de Toledo, una manzana más hasta el Hospital de la V.O.T. de San Francisco de Asís (V.O.T. = Venerable Orden Tercera).

Es el hospital en funcionamiento más antiguo de Madrid. En 1694 se termina la construcción del hospital, con un coste de 624.000 reales por los arquitectos Luis Román e Hijos, Marco López y Bartolomé Hurtado para la Orden Tercera. El hospital estaba concebido para atender a pobres y ricos. Se pagaba una iguala que daba derecho a servicios médicos y hospitalarios, así como enterramientos. Hoy en día es un hospital privado.
Durante la invasión francesa se trató por igual a soldados españoles y franceses. Cuando terminó la guerra, espoliaron una buena cantidad de obras de arte del hospital. Al ser propiedad privada sólo entramos unos metros para ver una bella escalera y poco más. Al parecer, conserva todavía muchos buenos cuadros.

La fachada que se encuentra por la calle San Bernabé es austera; con un arco de medio punto, una reja con la inscripción de la orden; una ventana con un dintel, escudo de la V.O.T. y dos óculos.

Continuamos. La primera calle a la izquierda es la calle de la Ventosa. Os preguntaréis de qué viene este curioso nombre. En tiempos vivió una curandera llamada Juana Picazo, quien todo lo curaba aplicando ventosas con una ampolla de vidrio. Sus curas prodigiosas le dieron una fama que pronto se expandió por todo Madrid. Finalmente, la Inquisición parece que no aprobaba sus métodos un tanto ortodoxos y no terminó muy bien parada.
Paralela a la calle de la Ventosa se encuentra la Cuesta de las Descargas y el nombre le viene dado porque aquí terminaba la ciudad, todo era campo y era donde se llevaban a cabo las descargas o salvas de cañón para celebrar alguna solemnidad, sin riesgo de dañar nada ni a nadie.

Salgamos de nuevo a la Ronda de Segovia y veamos la bonita cerámica de la Calle Gil y Mon, ¿Sabéis de dónde procede el insulto tan madrileño de "GILIPOLLAS"?

Gil y Mon de la Mota era fiscal del Consejo de Castilla y Hacienda y además del pomposo título, era dueño de casi todos los terrenos que veis alrededor (de hecho, él fue el vendedor de los terrenos donde se construyó el hospital de la Orden Tercera), Pero es que además tenía dos hijas -como no iba a ser todo tan bueno-, las mocitas eran feas, feas con avaricia. Tanto es así que no había forma de casarlas (ya debían de ser poco agraciadas para no compensar a algún caza-fortunas el olvidarse de ese pequeño detalle. Don Gil, que no estaba dispuesto a pasar a la otra vida sin dejar a sus hijas bien colocadas, asistía a todo sarao o fiesta que le invitasen, acompañado con sus retoños.

Feliciana y Fabiana, que así se llamaban, las interfectas, además de feas eran medio tontas, por lo que cada vez que las veían entrar del brazo de su padre, el comentario general era: ¡Uf, cuidado, que aquí llega Don Gil y pollas (polla: coloq. mujer joven, según el DRAE)!


Seguimos hasta la Glorieta de la Puerta de Toledo, donde se erige altiva, con sus 19 metros de altura. Se trata de la tercera puerta triunfal que se construyó en Madrid. Fue mandada a construir por José Bonaparte y terminada en 1827 por Fernando VII y se encargó a José Aguado. En principio fue puerta con paso de carruajes, pero al ser camino del matadero, parece que perdía "caché" con el continuo trasiego de ganado y ya en el siglo XX la cierran como puerta.

Componen la puerta un arco central de medio punto, con dos puertas laterales cuadradas, bajo un ininterrumpido arquitrabe que termina con un grupo escultórico de José Ginés en la que una figura femenina representa a España, con un escudo en la mano y dos esferas a los pies que simbolizan el poder de la monarquía y a su alrededor alegorías de las artes y las provincias que se encuentran bajo su protección. En los laterales figuran trofeos militares que conmemoran la expulsión de los franceses. Y en el centro la inscripción en latín, que según expertos latinistas contiene errores y cuya traducción sería algo así como: "A Fernando VII, rey de los españoles, recobrado tras ser liberados de la tiranía de los franceses, el concejo madrileño le dedica este monumento de fe, alegría y victoria". No olvidemos que como nadie sabe para quien trabaja, esta puerta fue concebida por Pepe Botella (José Bonaparte), pero finalmente para celebrar la entrada triunfal del Rey Deseado (Fernando VII). Esta inscripción fue arrancada en dos sucesivas revoluciones del siglo XIX y fue restituida no hace mucho tiempo.

Pero esto no podía ser así de sencillo: Con la primera piedra, Bonaparte enterró una caja de plomo con monedas con su efigie, la Constitución de Bayona ¿? y la guía calendario de Madrid; en 1813, el Ayuntamiento Constitucional decide continuar con la inconclusa obra, se saca la caja de los cimientos y se sustituye por una reciente y flamante Constitución de Cádiz, una "Pepa" en los ambientes castizos; al año siguiente llega Fernando VII y opina que la Constitución de Cádiz no la quiere ni bajo tierra, se vuelve a sacar la caja e introduce el Diario de Madrid, la Guía para Forasteros y otros documentos.

No, no terminarían allí los problemas. En 1820, el alzamiento de Riego obliga a Fernando VII a jurar la Constitución de Cádiz y se deposita un ejemplar dentro del arco de la puerta y un ejemplar de la Gaceta de Madrid: En 1823, tras el Trienio Liberal y la vuelta al poder de Fernando VII se extraen de nuevo los documentos y se colocan los decretos que derogaban los textos constitucionales.

¡Ay este Madrid tan cambiante, que no deja descansar ni a sus monumentos!
Seguimos ruta por el Paseo de los Olmos hasta la calle Concejal Benito Martín Lozano. Nos encontramos un parque presidido por una gran chimenea. El parque se llama "Gasómetro" y aquí estaba situada la fábrica que suministraba gas para las farolas de Madrid desde mediados del siglo XIX hasta los años 60 del siglo pasado.


El gas se obtenía de un compuesto de carbón de hulla y resina. El complejo estaba compuesto de varios hornos, almacenes para el carbón, depósitos de almacenaje del gas (gasómetros, de ahí el sobrenombre del actual parque), las oficinas de la empresa, incluso viviendas para empleados.

En principio el alumbrado por gas estaba destinado a los organismos oficiales, palacios, teatros,... Las primeras calles que se iluminaron fueron el Paseo del Prado y la calle del Lobo y poco a poco la demanda iba aumentando y las instalaciones ampliándose.
En 1856, la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas entra en bancarrota, la adquiere una sociedad financiera y en 1865 pasa a ser la Compañía Madrileña de Alumbrado y Calefacción por Gas. Suministraba gas a más de 4.000 faroles y en fecha tan tardía como 1929 y a pesar de la creciente presencia de la luz eléctrica, todavía 21.000 focos dependían de esta fuente de energía.

La I Guerra Mundial provoca una gran escasez de carbón y el Ayuntamiento se hace cargo de la fábrica (1917-1921). Se crea Gas Madrid. En los años 40 se va sustituyendo todo el alumbrado por eléctrico, la fábrica se trasladó a Manoteras y estas instalaciones fueron derribadas.

En la segunda mitad del siglo pasado comenzaron a denominar a la zona el Campo del Gas y aquí se celebraban combates de boxeo, que congregaban a multitud de aficionados.


Ahora, crucemos el parque y la ronda de Toledo, hasta alcanzar la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Es una plaza muy conocida por los madrileños, pues aquí los chamarileros ponen a la venta los domingos sus mercancías a la venta y los niños intercambian cromos (hoy es martes y no hay niños, porque están en el colegio, pero sí que hay puestos, algunos).


¿Os ha llamado la atención el nombre de la plaza? Larga es -el nombre no la plaza-. La procedencia del nombre es, cuanto menos, curiosa. En el siglo XVI había un peñón enorme y decidieron demolerlo, cuando aquellos terrenos quedaron rasos, los vecinos de la zona asombrados porque podían ver la campiña del Manzanares y los carabancheles, comenzaron a decir admirados: ¡Ay va, si se ve el mundo nuevo!

En la plaza, llama la atención la estatua que es una alegoría de la infancia, creada por Knipp en 1891 y ha viajado más que Willy Fox. Se creó para la fachada de La Equitativa Seguros en la calle Alcalá; en 1920, cuando Banesto adquiere el edificio, no le encuentra mucho sentido y la dona al Ayuntamiento de Madrid y se coloca en su emplazamiento actual. Vaya usted a saber por qué extraños motivos, en 1962 se coloca en el Centro Médico Fabiola de Mora y Aragón en la Dehesa de la Villa; en 2003 es trasladada de nuevo tras la remodelación que se llevó a cabo de la plaza y se le llama Protección de la Infancia.

El traer la escultura aquí debe guardar relación porque el edificio mas vistoso de toda la plaza es hoy el Centro de Publicaciones del Ministerio de Economía y Hacienda, pero en su día fue la Casa Central de la Institución Municipal de Puericultura y Maternología que durante años llevaba a cabo una gran labor social, ofreciendo biberones de leche a madres sin recursos e impartía clases sobre el cuidado y la alimentación de los bebés.


Ruta Franciscana