Visita a Israel, una nación o un parque temático de religiones (Capítulo 6)

Intento con esta entrada resumir lo que ha significado este viaje a Tierra Santa; cosa harto difícil. No ha sido el viaje de mi vida, pero sí uno de los que más me ha impactado. Más por su significación que por lo que he visto y más por su gente que por sus edificaciones. Pido perdón por este volcado de ideas, muchas veces inconexo; pero escribo conforme los recuerdos brotan en mi cabeza.


No era "mi primera vez", pues ya había tenido un aperitivo de Jerusalén, como parte de una parada de un crucero en el Puerto de Haifa, allá a mediados de los años 70, algo menos de una década después de la guerra de los seis días, y no fue suficiente para hacerme una idea, además de que las cosas han cambiado mucho,... no; muchísimo, de entonces.

Parto de la base de que cada año de mi vida me he vuelto un poquito más agnóstica y como son muchos los años que tengo ya, pues quedan en mí ya tan sólo, tres o cuatro costumbres heredadas y grabadas a fuego desde mi infancia, con las que moriré seguro, y poco más, de una educación católica en el hogar y en las instituciones escolares. El resto, han ido cayendo una tras otra a base de darles vuelta en la cabeza -y en ocasiones en el corazón- y no encontrar pilares lo suficientemente fuertes para sustentarlas. Una vez aclarado esto, y a pesar de ello, me gustaría decir el revulsivo que ha significado este viaje.

Estar en Tierra Santa es como ir al sitio donde todo empezó. Es innegable que hoy, toda nuestra existencia está regida por aquel nacimiento de un niño en un pesebre de la localidad de Belén hace dos mil años: nuestro arte, las iglesias, la pintura, la escultura, la literatura; nuestro descanso primaveral sigue siendo en Semana Santa; seguimos celebrando la Navidad y nuestro calendario se rige por antes y después de Cristo. Creyentes o no; nos guste o no;  fue un hecho singular que rigen nuestras vidas dos mil y pico años después.

Pero estas tierras no sólo fueron cuna del nacimiento y forjado del Cristianismo; insólito, pero las tres religiones más antagónicas en nuestros días, compartes las mismas raíces. Casi dos milenios antes del nacimiento de Jesús aparecían en escena los personajes bíblicos venerados por cristianos, musulmanes y judíos.


Abraham, casado con Sara, tuvo un hijo, Isaac. Isaac casado con Rebeca, quien pariría, nada menos que a los ¿70 años? dos hijos gemelos: Esaú (el que vendió la primogenitura por un plato de lentejas) y Jacob que se casaría con dos hermanas Lia y Raquel; que entrambas dieron a luz a doce hijos, que formarían las doce tribus de Israel y de ellas, la Tribu de Levi sería el tronco de donde desciende el pueblo de Israel.

Pero aún hay más,  al parecer, Sara, la mujer de Abraham no podía tener hijos y le propuso a su esposo yacer con su criada, pues al ser una propiedad más, si tuvieran un hijo, sería de ella también. Así nació Ismael, fundador de lo que hoy es el Islamismo. Algunos años después Jahve concedió a Sara el milagro de parir a los ¿90? años un hijo al que llamaron Isaac, que sería el abuelo de los doce fundadores de las doce tribus de Israel y hermano -por parte de padre- de Ismael. Incomprensible el poder justificar la cantidad de sangre derramada en nombre de las respectivas religiones, a través de los siglos.


La visita a Israel es como el que va a un parque temático de religiones, con la diferencia de que en el parque cada uno tiene su lugar establecido; nadie quiere acaparar territorio que no le pertenezca; y, sobre todo, nadie mata ni muere por imponer su ideario. Esto se hace más que patente en Jerusalén. ¿Qué tiene esta tierra por la que se ha luchado durante siglos y se sigue luchando por ella? Porque hablamos de las tres religiones "del libro"; cuando no son tres, son muchas más y todas luchan por arañar y conseguir tener más poder en esta ciudad. Hay más de una docena de iglesias cristianas acreditadas ante los Santos Lugares; las ramas del Islam son también numerosas -suníes, chiitas septimanos, chiitas duodecimanos- y el judaísmo -el reformista, el masortí o conservador, el ortodoxo-. Con este maraña religiosa, ¿será posible algún día conseguir un reparto ecuánime  que contente a todas las partes? Sinceramente, lo dudo.

Durante el recorrido por el Mar de Galilea, con tantos puntos conmemorativos de la predicación y hechos de Jesús, me preguntaba muy a menudo:  ¿cómo había sido posible que un judío galileo, hijo de un carpintero, que postulaba una reforma del judaísmo y anunciaba la inminencia del Reino de Dios, autodenomimándose Hijo suyo; que además se mezclaba con los más humildes: pescadores y campesinos, pecadores y prostitutas, podía haber difundido una doctrina que fue tan seguida y perseguida siglos después de su muerte y que perdura pasados dos milenios? ¿Cuál fue la razón para que se difundieran a gran velocidad sus doctrinas? ¿Eran las ganas de la gente de que llegara un Mesías que los liberara del yugo romano? ¿Fueron los milagros que se propagaron como la pólvora? ¿o quizá el punto decisivo fue la influencia de Saúl -Paulo para los romanos-, un helenizado judío de Tarso (Asia Menor), con mucha influencia, que predicó las enseñanzas de Jesús entre los judíos de la diáspora, los gentiles griegos y romanos y como consecuencia de su apostolado, el Cristianismo acabó convirtiéndose en una religión universal? ¿El resultado habría sido el mismo, si San Pablo no hubiera existido?

Son muchas las cosas que me han llamado la atención en este viaje. La primera y principal, lo variopinta que puede llegar a ser su gente. Me resulta difícil imaginar cómo pueden convivir los jóvenes adolescentes con pantalones anchos y gorras ladeadas, con los profesionales liberales, consultando sus agendas electrónicas; las esposas de los rabinos acarreando sus interminables proles y vestidas como sus tatarabuelas con los inmigrantes negros llegados de Etiopía; los rubios americanos tocados con la kipá; con las muchachas con uniforme del ejército y rifle en ristre; un sacerdote copto con un rabino o un greco-ortodoxo o un imán. Un galimatías humano que no siempre forman una sociedad, ya no perfecta, ni tan siquiera llevadera.

Las costumbras judías, me resultan peculiares y respetables en muchos casos; pero inadmisibles en otros.

Comenzando por su vestimenta, toda negra, chaquetas largas y sombreros negros, que en días de fiesta sustituyen por sombreros de piel, aun en pleno verano y con temperaturas por encima de los 30 grados. El tefilin, especie de chaleco con  cinco nudos, ocho flecos, y un manto que contiene franjas de diferentes colores y unas 26 campanas en los bordes, cada elemento con su significación religiosa y bíblica. El kipá que utilizan para cubrir su cabeza, no sólo cuando se va a rezar. Los ropajes de las mujeres no son tan uniformes como los de los hombres, pero sí que recuerdan los de tiempos muy lejanos: los de fiesta, similares a los que utilizaban nuestras bisabuelas; los de diario, me traían a la memoria la serie de la Casa de la Pradera, que veía de pequeña. Siempre con el pelo cubierto, con pañuelo o peluca; el cabello está reservado para el marido y la intimidad

El uso del Talit, consistente en dos cubos de cuero que contienen cuatro fragmentos de la Torá y una cuerda o cinto de cuero negro para colocarse en el brazo izquierdo. Los escribe un "sofer", un escribá, hombre recto, honesto y estudioso, especializado en el tema. Otra costumbre, seguida no solamente en las casas de los judíos, sino en hoteles, sinagogas, colegios, bancos, etc., es la Mezuzá, rectángulo de piel u otros materiales que contiene dos párrafos del Shemá y que el judío toca al salir de casa y recuerda "Dios cuidará mi salida y mi retorno ahora y por siempre".

La celebración del Shabbat, que conmemora el día de descanso de Dios tras la creación del universo es, cuanto menos, curioso. Pero este día de descanso no es ni parecido al de los cristianos, que se descansa en domingo -siempre y cuando no te ofrezcan algún dinerito extra que te merezca la pena-, el judío lo lleva a rajatabla. Se puede asegurar que menos rezar y dar gracias a Dios, está casi todo prohibido. A grandes rasgos, pues los matices son innumerables, no se puede labrar, sembrar, amasar, hornear, hacer o deshacer nudos, escribir o borrar, dar un último martillazo que finalice un objeto, ni cocer, ni hervir, ni asar, ni freír, ni tan siquiera recalentar los guisados; está prohibido encender, apagar o utilizar aparatos eléctricos; separar los desperdicios de los alimentos, ya sea con cuchillo o con las propias manos; lavar o limpiar ya sean ropas o menaje; no pueden ducharse con agua caliente, pero sí con agua fría cuidado no estrujar el pelo, porque no se puede estrujar absolutamente nada; no se puede coser, ni cortar ni recortar; no se puede abrir cajas o paquetes de alimento; ni tocar ninguna clase instrumento musical. No se debe hablar por teléfono, ni llamar un timbre, ni encender o apagar la luz,... etc., etc.,. La lista y matices es interminable de describir.

El judío de hoy en día sigue celebrando el Shabbat con verdadero júbilo y prevé con antelación todo lo que puede hacer en las horas previas a la celebración sabatina: se duchan, se afeitan y se cambian de ropa y todo esta preparado para la cena del sábado noche. La hora de comienzo y el final del Shabbat las marca la puesta del sol, por lo que dependeran del lugar y la estación del año. Hay muchas otras fiestas judías, que pueden caer en cualquier otro día de la semana, pero que se celebran de la misma manera que la del sábado. La liturgia la inicia la mujer judía encendiendo las velas minutos antes de la puesta del sol e inmediatamente acude toda la familia alrededor de la mesa, donde se encuentra el pan y el vino. La mujer bebe vino de una copia especial y la pasa al marido y así al resto de la familia. Lo mismo se hace con el pan. Seguidamente el padre bendice a cada uno de sus hijos.

En la vida del turista esto se traduce en que no hay transporte público, le costará encontrar restaurante o deberá buscarlo en zonas musulmanas; en los hoteles, al subir un ascensor, se encontrará con que mucha gente  espera y aprovecha su subida de un no judío, para hacer lo mismo sin pulsar un botón; por la mañana no encontrará tostador de pan y la leche y el café servidos -por usted mismo, claro- en termos.

Una de sus costumbres más singulares es las estereotipadas fases de su noviazgo y matrimonio. La supuesta pareja judía debe tener un conocimiento previo, que no ha de ser muy prolongado -unos cuantos días y unas cuantas citas son suficientes-; el cariño o el amor vendrán más tarde. Durante este lapso de tiempo no ha de haber contacto ninguno entre ellos. Lo primero que ha de hacer la pareja es consultar con su rabino, quien establecerá si pueden casarse  o no por Jupá; así se determinará si la fecha en que quieren casarse es permitida o no; deben ser judíos, solteros y no hijos de adulterio; se harán las averiguaciones pertinentes sobre ambos cónyuges, incluidos el que no tengan una enfermedad común, Por supuesto que el principal objetivos de esta unión será tener hijos, cuantos más, mejor. Las familias suelen tener entre 5 y 10 hijos (7 es la media).

Creo sinceramente que Israel tendrá no muy lejos en el tiempo, un gran problema con los judíos jaredíes u ultraortodoxos, que hoy representan el 13% de la población, pero que con su alto ratio de natalidad, se prevé que en 2030 representará el 18%. La mayoría de hombres de esta comunidad no trabaja y se dedican al estudio de los libros sagrados. Para ellos trabajar es una pérdida de tiempo que no aporta nada para la otra vida; sin embargo, el estudio de la Torá se verá altamente recompensado. En el núcleo familiar, es la mujer la que trabaja, ya que la subvenciones que da el gobierno no son suficientes para mantener a familias tan numerosas; de ahí que una cuarta parte de las familias se halle en el umbral de la pobreza.

Los jaredíes, literalmente en hebreo "los que tiemblan" -de hecho ese temblor viene del pánico que tienen a violar cualquiera de las 613 leyes que la Torá impone-. Las relaciones de los ultraortodoxos no son nada buenas con el gobierno de Israel, pues consideran que la nación judía se ha creado antes de tiempo; para ellos, habría que haber esperado la llegada del Mesías. Rechazan muchos aspectos de la vida moderna -tienen especial aberración hacia la televisión, como fuente permanente de perversión-; abogan por un separatismo social, viviendo en barrios aislados, donde los visitantes, portadores de las malas tentaciones, no son bienvenidos; su temor ante la tentación sexual es permanente en el mundo moderno. Los estudios seglares están mal vistos, pues restan tiempo al estudio religioso.

A la sociedad jaredí no le interesa la política, pero en los últimos tiempos se ha visto obligada a crear partidos políticos religiosos, para defender los intereses de su comunidad, sobre todo poder seguir manteniendo los fondos del Estado para la financiación de las familias numerosas y sus instituciones. En las últimas elecciones, Netanyahu logró formar una coalición de gobierno con 61 escaños de los 120, formando alianzas y cediendo ministerios a partidos de ultra derecha.

La comunidad ortodoxa goza de privilegios que el resto de la sociedad israelita no podría ni soñar: no pagan impuestos, no tienen obligación de hacer el servicio militar y disfrutan de subvenciones; por ello, las relaciones con el resto de sus conciudadanos no son demasiado buenas. Hoy, con gran presencia en el gobierno, se comienza ya a hablar de autobuses diferenciados para hombres y mujeres o de aceras por la que paseen uno y otro sexo.

Pero de todos los impactos que he recibido durante estas casi cuatro semanas, el peor ha sido el causado por el "muro de la verguenza".

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Imagen propiedad de http://www.telesurtv.net/, que será retirada ante requerimiento

Las autoridades israelíes afirman que están pensadas para evitar la entrada en territorio israelí de los grupos armados palestinos, armas y/o explosivos; pero eso no puede ser excusa para construir un muro que viola los derechos humanos.

Difícil comprender también cómo está organizado su ejército. Actualmente, la Defensa del país la compone un pequeño ejército de unas 200.000 personas profesionales y gente preparada, que complementa con los reservistas. El israelí debe cumplir con su servicio militar de tres años para los hombres y 21 meses para las mujeres y un mes al año, hasta los 45, son convocados para una actualización de su preparación militar y, por supuesto, siempre estar dispuestos en tiempos de crisis. Ello hace que cerca de 800.000 soldados estén dispuestos en cualquier momento, en menos de 72 horas.

En cualquier caso, no podía dejar de mirar con asombro, como chavales jovencitos en una hamburguesería, por ejemplo, colocaban sus fusiles en el suelo, mientras daban cuenta a una hamburguesa o se besaban con la novia. Me pregunto, ¿no es un peligro que se arme así a chicos que en una posible discusión, puedan tirar de fusil para dirimir sus diferencias? ¿Cómo les pueden permitir salir del cuartel con ellas?

Me llamó también poderosamente la atención la gran cantidad de gente que habla español  en Israel. En principio pensé que serían descendientes de aquellos cuatrocientos mil judíos que fueron expulsados en 1492 de España, pero no, observando bien, se deduce que no puede ser. Los acentos de la gente con la que me he topado son argentinos, mexicanos, ... (judíos o hijos de judíos que han venido con la diáspora), pero no serfardíes, que hablan en ladino, lengua que han mantenido viva y que hoy se enseña en cinco universidades israelíes ¡y en la Sorbona!. Se estima que la población sefardita está formada por un millón y medio de personas, de las que 400.000 viven en Israel, el resto repartido entre Francia y Estados Unidos. No creo que tenga un resultado apabullante la ley aprobada por el parlamento español en fechas recientes, de otorgar la nacionalidad española a todo aquel sefardí que lo solicite, a pesar de que el único comprobante que requieren es pertenecer a alguna congregación Judía y que lo certifique la Confederación de Congregaciones Judías en España. Me veo venir un sionismo marca "made in Spain", reclamando la tierra de su antepasados.

Hay gente que me ha emocionado de verdad. Por ejemplo, la pareja que en el Muro de las Lamentaciones lloraba abrazada, no sé si de dolor por la pérdida de su Templo o por la alegría de reencontrarse con lo que queda de él. La chica que se me acercó, también en el Muro, y me ofreció una ramita de hierbabuena; era americana, de Nueva York, y hacía siete años, sus padres habían decidido emigrar a Tierra Santa; miraba extasiada a la gente y me preguntaba si no me resultaba emocionante -sí, claro que lo era-. La peregrina que en la Iglesia de San Pedro se tiró al suelo en un arrebato de éxtasis. El simpatiquísimo chaval de la recepción de un hotel de Nazaret, musulmán, de nacionalidad israelí, que había vivido dos años en Italia, pero se había vuelto porque a su madre se le partía el corazón de tener a su hijo tan lejos.  Y en Jordania, la sueca que con burka, me contaba que conocía Torremolinos y que llevaba viviendo en Arabia desde diciembre y era feliz. El granujilla que conducía nuestros mulos hasta el Monasterio en Petra, que no quería estudiar porque lo que hacía era su vida.

No sé si volveré o no, pero me gustaría hacerlo.



Inicio del sionismo incipiente en Israel. Todavía no suponían problemas de convivencia la llegada de judios a Palestina.

En Tel Aviv, la gente parece vivir aislados de conflictos y disfrutan de la vida.
Inmigrante etíope, reconocidos por el gobierno como hijos de la tribu perdida de Israel
Judíos, mentes privilegiadas

Juntos, pero no revueltos

Familia típica ortodoxa


Jóvenes militares

Rezo contínuo

Ceremonia greco-ortodoxa en Canaa

Árabes 

Militar israelí

Vestimenta tras un día en la playa

Peregrinos rebautizándose en el Jordán

Celebración Iglesia greco-ortodoxa
Niños en Nazaret
Beduino en Petra

Beduino en Petra

Granujilla que pretendió timarnos en Petra y que no quería estudiar porque su vida era aquello.

Niño en Petra, al sol, con más de 30 grados de temperatura

Añadir leyenda

Nadja, el dandi, dueño del campamento Wadi Rum Green Desert

Salida de las mezquitas el viernes en Jerusalén

Traje de gala ultraortodoxo

Sionismo que no parará hasta que no haya un sólo judío fuera de Israel


Fraile copto en Jerusalén

Deben saber que son judíos desde pequeños


Policía haciendose un selfi en el Muro de las Lamentaciones






Soldados armados por todos sitios

Rumbo a la mezquita en Jerusalén


Muro de la Lamentaciones en Jerusalén

Emocionada pareja llorando en el Muro de las Lamentaciones

El día entero estudiando, judío ultraortodoxo


Añadir leyenda

De momento, el fútbol y el Barça son sus prioridades; dentro de poco, sólo lo serán los libros sagrados



Franciscanos de peregrinación




Celebrando el Bar Mitzva en que el niño pasa a formar parte de la comunidad judía


Sacerdote copto

Ultraortodoxo




Pareja judía en una de sus poco frecuentes citas previas al matrimonio

De pié, en el tren ligero, cualquier sitio es bueno para rezar o estudiar los libros sagrados

Jóvenes de marcha con el fusil a cuestas


Familia judía celebrando el Shabbat


Shabbat en el Muro de las Lamentaciones