Cuando viajar se convierte en arte y tú en un "ciudadano de un lugar llamado mundo"

Viajar es la suma de lo que se deja detrás y lo que se va  encontrando hacia y hasta destino. Es la jornada. Es aquello que te permite ver tu propio mundo y lo que te rodea desde una perspectiva diferente. Es un ejercicio que debe hacerse, por corto que sea el viaje.

Viajar es salir con una maleta medio llena de casa, con todo tu bagaje adquirido y heredado -fobias, filias, ideas preconcebidas, acervo cultural, etc.- y cada experiencia, cada vivencia va haciendo variar su contenido, añadiendo elementos nuevos, modificando los adquiridos o desechando los inútiles. De esa manera, el contenido de la maleta será, cada viaje, un poco más transigente, más tolerante, más inteligente y, sobre todo, MAS LIBRE.

Diversidad, ... la cara más emocionante del viaje. Hay sitios muy distintos; huelen de otra manera; la lluvia, la tierra, la luz, los sabores, los edificios, los valores y las costumbres. Apasionantemente distintos. Escuchar diferentes voces, diferentes lenguas, diferentes formas de hablar inglés: unas veces excitante, otras preocupante, pero siempre enriquecedor.

Mi primer viaje transoceánico fue en diciembre de 1966; parece que fue ayer.México-Madrid. Cumplí los catorce en la capital madrileña. El viaje tenía un leit motiv fundamental: sería la parte práctica de aquella teoría que desde que tengo uso de razón, mi padre se había encargado de inculcarme: el amor por aquella España que dejó en los años cincuenta a la búsqueda de una vida mejor.

Era emocionante venir al viejo continente, donde se había desarrollado más del 80% de todos los acontecimientos de mi libro de historia. Aquellos más de nueve mil kilómetros de vuelo -los primeros de mi vida- fueron ya en sí una experiencia; pero ya en tierra vendrían muchas más: conocer familia allegada, que hasta ese momento eran nombres nada más; iglesias, ... muchas iglesias,... góticas, renacentistas, incluso románicas; cigalas, buen jamón; un tren que recorría la ciudad bajo tierra y del que pronto me sentí el ama; chocolate -a la española, muy caliente y espeso-, ah y con churros, ¡qué buenos!; villancicos, por todos sitios; cucuruchos de castañas calientes, que servían también para calentar las manos en el duro invierno; más iglesias,... todo... muy distinto.

Mi padre había cumplido su objetivo: España había calado profundamente por cada poro de mi cuerpo. Sin embargo, encontraba muchas contradicciones, aunque no lo comprendiera hasta bastantes años después. El primer choque, fue llegar a una Andalucía, donde el común de los mortales pronunciaba "sapato", igual  que mis compañeras de colegio en México, y a mí, en casa, se me reprendía por hacerlo, pues eso no era un "correcto español". Muchas cosas llamaban mi atención: una isla, que era española, se hablaba el español, pero ondeaba la bandera británica; un país monárquico, pero que no tenía rey; un gobierno militar unipartidista, pero que aquel diciembre 1966 convocó un referéndum para que el pueblo dijera SI a las leyes orgánicas;...

Mi último viaje. Sudáfrica. País que engancha, gente que enamora.Naturaleza en estado puro. Yo, como tanta gente, metía Sudáfrica en el saco de los países del tercer mundo; una mezcla de jungla, desierto y sabana; nada más lejos. Sudáfrica es hoy un país con unas infraestructuras y unos servicios a la altura de cualquier país del primer mundo y donde todo funciona como un reloj -herencia británica, supongo-. Un país que, con mucho esfuerzo, ha logrado salir del yugo de su trágico pasado, apenas hace dos días; con una transición ejemplar y única en todo el planeta tierra. Con un MANDELA, que hay que escribir obligatoriamente con mayúsculas y quitarse el sombrero. Pero una nación, a la que le queda todavía un largo recorrido; sigue siendo un país de negros, donde los únicos que viven bien son los blancos. Pero saldrá adelante, su gente bien lo merece.

Entre el primero y el último, muchas ciudades; todas con su "aquél"; ciudades, lugares y gentes que me han sorprendido y seguro que me seguirán sorprendiendo: cómo puede una civilización construir palacios en la cima de una montaña a 400 m de altura y más de 2.400 m sobre el nivel del mar, como lo hicieron en Machu Pichu, sin tener una lengua escrita, ni unas matemáticas avanzadas; el Mar Muerto, el sitio más bajo del mundo; los farallones de Phuket en Tailandia, las Pirámides de Egipto, Pamukale, la Capadocia en Turquía; los atardeceres de Kenia, el Partenón de Atenas, las cataratas de Iguazu o las Victoria y tantos y tantos rincones de nuestro planeta que están esperando para sorprendernos y tantas y tantas gentes, que en cada viaje, me han ido enseñando, cómo ser un poco mejor "ciudadana de un lugar llamado mundo".