Siete kilómetros y cuatrocientos metros de demoscopia

¿A usted le funciona el método de "consultar algo con la almohada? A mí no. Aquel problema al que se comienza a dar vueltas en posición horizontal, toma dimensiones desproporcionadas en el silencio de la noche, que todo lo magnifica.

He descubierto el mejor sistema para desmenuzar aquello que nos preocupa. Pertréchese usted bien: unas cómodas zapatillas, ropa fresquita (sea verano o invierno, el efecto es casi el mismo y terminará sudando) y a andar a paso ligerito, todo lo que usted quiera o ... su problema requiera. Los resultados son espectaculares y le aseguro que al final del ejercicio, lo verá todo con una claridad meridiana.

Desde hace año y medio voy andando por la mañanita temprano, tres días a la semana, de casa a la oficina; 7,400 kms. / una hora y veinte minutos y os aseguro que es el mejor momento del día. Mi Ipod es mi versátil compañía y la marcha la configuro dependiendo del estado de ánimo o mis necesidades del momento: música marchosa para aquellas mañanas en que se amanece con ganas de comerse el mundo; música melódica para aquellas en que el espíritu se encuentra melancólico; lecciones de lengua; conversaciones en inglés,...; todo ello aderezado con lo que mi loca cabeza va produciendo en cada momento.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el significado de demoscopia es "Estudio de las opiniones, aficiones y comportamiento humanos mediante sondeos de opinión", me vais a permitir la licencia de omitir el plural y relataros los resultados de mi demoscopia particular, llevada a cabo el viernes pasado.

Siete de la mañana, salgo de casa; la tranquilidad es absoluta y en la esquina contraria, donde vive nuestro ministro de Educación y Ciencia, Ángel Gabilondo, la situación no es distinta. Yo pensaba que la responsabilidad debería ser directamente proporcional a las horas que se invertían en desarrollar tu trabajo con eficacia; pero las siete de la mañana es demasiado temprano para un ministro. ¡Ah! será que al estar los estudiantes de vacaciones, nuestro prócer de educación puede descansar a pierna suelta. El problema del 36% de fracaso escolar español comparado con el 5% finlandés puede quedar aparcado tranquilamente hasta septiembre. ¡Así nos va!

Avenida San Luis, calle Bambú. Todas y cada una de las mañanas que recorro las tapias de la estación que quedan a la derecha, me cruzo con un personaje muy singular, varón, de mediana edad, con boina de grandes cuadros, portafolios y pipa en la boca, con un aire de pintor que desmiente la cartera. Intercambiamos miradas y seguimos cada uno nuestro camino, yo, aspirando el agradable olor del tabaco de pipa que va dejando a su paso, no sé si él, el de mi 212 de Carolina Herrera. Compartimos poco menos de un minuto diario, que al cabo de un mes pueden ser doce minutos, ¿no son suficientes para darnos los buenos días? ¿Que necesita el ser humano para dejar de llamarse extraño?

A comienzos de verano esta misma tapia estaba plagadita de caracoles; ya no. No me preguntéis ni de dónde salen, ni a dónde han ido; pero me llevan a otra conclusión: piano, piano, se llega lontano. Aun los más lentos, con constancia, llegan donde quieren.

Desde hace poco, una escalera mecánica y una pasarela evitan que se tenga que cruzar la estación por dentro; es el mejor regalo que Gallardón me haya podido hacer, pues me permite disfrutar, a esta hora de la mañana, en invierno, del espectáculo de ver amanecer reflejado en nuestro skyline madrileño (Nueva York también empezaría alguna vez por cuatro rascacielos, ¿no?).

Llego a la estación. Su muro oriental está plagadito de nidos de golondrinas y sus moradores revoloteando alrededor. ¿Es que ya no tienen balcones de enamoradas de los que colgar sus nidos, ni cristales a los que llamar con las alas? De nuestra estresada vida, de trabajo, prisas y "aquí te pillo, aquí te mato", hemos desterrado de tal manera el romanticismo y el "savoir faire", que ¿hemos dejado a las golondrinas en paro?

Son poco más de las 07:15 h. y alcanzo la Plaza de Castilla, donde el panorama cambia radicalmente. Las "torres chuecas", como las bautizaría mi sobrina, el obelisco de Calatrava (que no funciona desde su inauguración, -el ser asidua de la plaza me ha permitido verlo en funcionamiento en los raros momentos de pruebas-¿dificultades técnicas, falta de presupuesto?) y el intercambiador de autobuses. Los decibelios ambientales han aumentado de tal manera, que debo subir el volumen del Ipod. Esperanzita, ¿hay algún medidor de ruido en esta zona? Creo que es muy representativa. Colas de gente interminables en cada una de las dársenas, carreras, el autobús que se escapa, el semáforo que se ha puesto en rojo obligando a perder dos o tres minutos de valiosísimo tiempo, trabajadores, que bostezando todavía, van cual zombis a sus respectivos sitios de trabajo. Es el inicio de otro estresante día laboral.

Yo sigo mi camino a mi mismo ritmo. Los Juzgados de Plaza Castilla. Mensaje a los señores del Ministerio de Justicia: ¿es que la crisis ha llegado a tal punto que los presupuestos no dan para servicios de limpiacristales? ¿No pensarán sus señorías que limpiándolos ponen en peligro su calidad de blindados, verdad?

¡Ah, otra cosa! Ahora que están tan en boga las leyes sobre la privacidad de las personas, ¿no creen que esa puertecita aledaña a la gran entrada principal, donde un cartelito indica algo así como control de permisos penitenciarios dice mucho de la gente que a esta hora ya están esperando su apertura? Si por esas casualidades de la vida, alguna de esas personas solicitase un puesto de trabajo, ¿se le daría tras haberlo visto delante de esa delatadora puerta?

Ahora debe estar de vacaciones, pero hasta hace poco, todas las mañana aparcaba un coche del que se bajaban un señor mayor y, no sé si su hijo o su nieto -es difícil calcular la edad-, con síndrome de down, y caminan hacia la Plaza, donde supongo que un autobús le recogerá para ir a algún centro/colegio especializado. Me entristece,... pienso lo que será de ese chiquillo cuando falten sus seres queridos.

Las instituciones se van sucediendo una tras otra: el Instituto Nacional de Estadística, el Ministerio de Defensa, Ministerios de Industria y Comercio, en la acera contraria, y, por último, Nuevos Ministerios. Tranquilidad absoluta, a pesar de que nos vamos acercando a las ocho peligrosamente. ¿Qué horario de entrada tienen nuestros queridos funcionarios, que además les permite salir de mañana a desayunar, incluso a hacer la compra, si es necesario?

La gente con la que me voy cruzando dice mucho de nuestra sociedad actual. Lo primero que salta a la vista es lo cosmopolita y multirracial que se ha vuelto la población española, en la última década. Lo siento, pero me enamoró Londres en los setentas por ello y disfruto viendo el Madrid de hoy, en el que en unos pocos metros cuadrados, sudamericanos, musulmanes, norte-europeos, asiáticos o africanos, se dan la mano. Una negrita, de traje, altos tacones, moderna, guapa, con bolso en una mano y cartera de ejecutivo en la otra, se dirige a un edificio de oficinas y yo la observo y me tengo que frenar por no acercarme para que me cuente su historia, cómo ha llegado a donde quiera que haya llegado, siendo MUJER Y NEGRA. Algo está cambiando y me gusta.

A estas alturas del verano, me faltan unos personajes que me divierten mucho: los adolescentes. Chicas y chicos que se dirigen a sus institutos. Ellos sí han madrugado, sobre todo ellas. Ese rizo que se escapa sobre el ojo de forma aparentemente espontánea ha requerido de casi media hora ante el espejo y qué decir de la minifalda -o cinturón, no sé bien-, un centímetro más abajo o más arriba y la imaginación parará de trabajar. Pero, con todo, lo que no dejarán de sorprenderme son esos pantalones de los chavales que dejan al descubierto una cuarta de calzoncillos, en perfecto equilibrio para no caer hasta las rodillas. No sé cómo lo consiguen.

Pero continúan apareciendo, sea verano o invierno, y éstos no me gustan tanto, los indigentes. Tengo por norma no dar limosnas -pienso que sólo se consigue acicatear la práctica-, salvo a la gente mayor que ya no puede trabajar. No hace mucho me encontré un monedero con algo de dinero y me propuse repartirlo en limosnas; pues bien, terminó en unas cuantas mujeres, portuguesas todas y, lo que más rabia me dio, jóvenes. Me pregunto cómo vivirían en sus países, para que les compense dejar todo y emigrar a un país extranjero, para continuar malviviendo.

A partir del cruce con Ríos Rosas, el tipo de gente va cambiando. Abundan los jovencitos, seguro que con una licenciatura en el bolsillo, e incluso un máster que todavía deben estar pagando al banco. ¡Ah! y de un hombro, colgando el portátil con su funda, y del otro, otra funda, ésta más cuadradita, pero imitando a la primera, con... la comida. Los puestos mileuristas no dan para ir a un restaurante todos los días.

Un momento estelar es el cruzar el Hotel Castellana. Desayunos/coloquios de políticos del momento; visitas de primeros ministros, etc. hacen que todos los alrededores estén tomados, literalmente, por guardaespaldas y chóferes custodiando Mercedes tapizados de antenas. En esta ocasión, tocaba el turno al Presidente de Panamá y su séquito. La policía dando facilidades para aparcar los coches como a usted jamás se lo permitirían. Y me pregunto, ¿porque yo que doy parte de mi sueldo para que el país funcione, tengo menos derechos que los que, por el contrario, vienen a pedir ayudas?

Con mucho, lo que me hace llegar a la oficina un poco más crecida, es coincidir con la llegada al hotel de uno de esos importantes personajes; entonces aminoro la marcha y comienzo a cruzar muy, muy despacito, en plan "porque yo lo valgo", como me ocurrió hace una fechas con Chaves. Todos se empiezan a poner nerviosos, el portero del hotel, los guardaespaldas que esperan la bajada del coche de su jefe,…; pero, o me atropellan, o tienen que esperar a que termine de pasar.

He llegado al Edificio Pirámide, donde paso doce horas diarias encerrada. De buena gana me daba la media vuelta y buscaba a aquellos turistas que hacían fotos al Museo de Ciencias Naturales y me ofrecía a enseñarles todos los rincones de nuestro Madrid o iba a ese rincón debajo del paso elevado de Raimundo Fernández Villaverde, donde un indigente duerme de noche y malvive de día, me acercaría y le invitaría a desayunar mientras me cuenta su historia; porque seguro que hay una interesante y aleccionadora historia detrás.