Mojácar, ¿mora o cristiana?

Mojácar, sí pero no, ..., quizá,..., tal vez,... Todo en ti es misterio y ese misterio ejerce una atracción a la que no se puede sustraer nadie que haya paseado por tus callejuelas.

Mojácar, la que no se sabe si es mora o es cristiana; la de casas encaladas y calditos con yerbabuena; la de abuelas en el brasero y geranios en las ventanas; la de mujeres de ojos negros y botijos de agua fresca;

Mojácar, la que no se sabe si es de sierra o marinera; la que a esconderse en su fuente la luna juega; la de mecedoras de rejilla, gatos en la puerta, aloes y chumberas; la que no se entera que es invierno porque siempre es primavera

Mojácar, la que no se sabe si es la que fue o la que será; la de sábanas oreando al sol con olor a alhucema; la del arte, guitarra y cante; preciosa atalaya donde las halla; la de guapas zagalas luciendo palmito desde el Castillo hasta la playa.


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¡Que puedo decir de Mojácar que no esté dicho ya!

De paso la conocimos y de ella nos prendamos; tan es así que nos compramos una casa, no recuerdo ya los años que hace, y a ella volvemos en cuanto tenemos tres días libres juntos.

En esta ocasión sería por el puente de la Inmaculada o de la Constitución para los más agnósticos. Por enésima vez subimos al pueblo, que siempre es un regocijo para todos los sentidos. Esta ocasión sería algo distinta, porque nos habíamos apuntado a una visita guiada, a las que me estoy aficionando de una manera exagerada.

Los tiques se compran en la Oficina de Turismo (se han mudado hace poco a la Plaza del Frontón, junto a la Iglesia de Santa María) y por tres módicos euritos, disfrutarás de noventa minutos (es la teoría, pues creo que la nuestra se acercó a las dos horas), recorriendo "la muy noble y muy leal ciudad de Mojácar"; eso sí subiendo y bajando por laberínticas calles, con lo que, de paso, te has ahorrado dos horas de gimnasio. Tengo una gran frustración, pues no recuerdo el nombre de nuestro guía, oriundo de El Ejido, pero afincado en Mojácar desde hace años ya; de hecho, presume de ser mojaquero; me hubiera gustado daros su nombre como referencia, pues es muy muy bueno (aunque pensándolo bien, no creo que halla más -bueno sí, había una señora que lideraba el mismo recorrido pero en inglés).

La excursión daba comienzo en la Plaza de la Iglesia de Santa María y esto sería lo primero que visitaríamos. Sorprende por fuera, pues mas parece una fortaleza que un sitio de culto y de hecho cumplió, en sus andares, no sólo con su función religiosa sino defensiva. Como no podía ser de otra manera, construida en el siglo XVI sobre lo que fue la mezquita árabe de Moxaqar.Frente a ella, en la plaza Parterre (antigua necrópolis árabe), el verdadero icono de la localidad, "la Mojaquera", construida en mármol de Macael y símbolo de la mujer de Mojácar en la época del medievo: recatada, sumisa, trabajadora,........ (¡ojo! no quiero decir que la de hoy no tenga las mismas virtudes y más, alguna tengo muy cerca y se me puede enfadar), portando un gran cántaro, sobre el rodete de la cabeza, que llevaban desde la fuente pública hasta la vivienda  y ataviada con el traje típico, de enaguas,  refajos, delantal y el pañuelo árabe que cubre su rostro sujeto con los dientes. Según palabras de T'Serstevens, escritor francés de origen belga,  definía a la nativa de Mojácar así:
“En seguida nos emocionó el carácter particularmente único de su población. Parece compuesta exclusivamente de mujeres y de niños, de mujeres mayormente. Todas de tipo berberisco, afinadas por el contacto latino, aunque, sin ninguna excepción tanto las ancianas como las jóvenes llevan el pañuelo o mantón.

Las mujeres casadas llevan uno negro igual que su vestido, de casimir muy suave y sedoso, doblado con dos puntas triangulares, una más corta que la otra, puesto sobre la cabeza sobresaliendo de la frente, de tal modo que sombrea y protege la cara del sol. Los dos puntales del pañuelo llegan hasta las rodillas y ondean sueltos. Pero en seguida que una mujer ve a un hombre, se lleva una punta del pañuelo hasta taparse parte de la nariz y de la boca, exactamente como lo hacen en las calles de Fez o Marrakeck.
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Por lo demás, van vestidas como el resto de las españolas, blusa de algodón y faldas largas de pliegues que se ensanchan hasta media pierna. En cualquier ocupación que tengan las mujeres nunca se quitan el mantón o pañuelo, ni para ir de compras, ni para ir por agua, ni tampoco cuando van a lavar a la fuente. Sólo se lo quitan en su casa si la puerta está cerrada. Cuando las hemos visto reunidas en una habitación hablan con soltura, pero siguen portando el pañuelo sobre la cabeza. Cuando van a la iglesia, asimismo llevan todas, aún las muchachas, el pañuelo negro”.

Con vueltas y revueltas, plagaditas de balcones con flores multicolores que destacan sobre el blanco níveo de las casas encaladas, llegamos a la Plaza del Ayuntamiento, con su centenario árbol traído por un emigrante de las Américas. De ahí, a la puerta de la ciudad, que forma parte de los restos de la muralla que la protegía; se trata de un arco de medio punto, sobre la que se sitúa el escudo de Mojácar, en sus alrededores se celebraba el mercado y es la entrada a los arrabales o barrio judío. Llama la atención la Casa del Torreón, antigua casa donde se cobraba el impuesto de paso y actualmente un hostal con encanto.

A partir de ese momento todo fue un bajar y subir por las calles del recoleto barrio judío, hasta llegar de nuevo a la Plaza Nueva, verdadera entrada a Mojácar en la actualidad. Nada queda ya de plaza del siglo XVI, pues hoy es una espaciosa plaza con un mirador impresionante, desde el que se domina todo el Valle de las Pirámides. De frente, el cerro que casi llega al mar, que hoy llamamos Mojácar la Vieja, morada de íberos, fenicios, cartagineses y romanos, hasta su traslado, no se sabe si por un incendio a su ubicación actual por el pueblo árabe "Murgis-Akra" (Murgis en las alturas); posteriormente derivaría en Musacra, Mosaqar y Moxacar. La vista se pierde en el horizonte y nos permite avistar todos los pueblos de alrededor: Turre, Bédar, Los Gallardos, Garrucha, Vera, Cuevas de Almanzora y Villaricos.

Otra cosa que llamará la atención al visitante, no tanto por su valor artístico sino por su actual uso, es la Ermita de Nuestra Señora de los Dolores, construida en el siglo XVII sobre una mezquita árabe y actualmente una tienda de artículos de piel.

Y ahora prepararos a hacer piernas y subamos al "Castillo", bueno, a lo poco que queda del castillo que se encuentra en el interior del Centro de Arte. No os asustéis que la subida tiene su compensación y es un mirador que domina gran parte de la comarca y el litoral mojaquero.

Como colofón, bajamos por una de las serpenteantes escaleras que de subida se pierden en arcos que dan acceso a la población, para acercarnos a la famosa "Fuente Mora" o "De los doce caños". Durante siglos, fue centro de tertulia de las mujeres del pueblo: a ella acudían a por agua con sus grandes cántaros en la cabeza,  subiendo cuestas y haciendo equilibrio con ellos; a ella iban también a lavar la ropa; y entre prenda y prenda, se aprovechaba para "cortarle un traje" (según palabras de nuestro guía) a la vecina que no estuviera, por supuesto.

Esta fuente fue escenario y testigo de un importante hecho político y de hecho una placa en mármol hace mención al mismo. En 1488, la reconquista llega casi a su fin y los alcaides de toda la comarca acuden a presentar su rendición ante los Reyes Católicos; todos, salvo el de Mojácar, que por su situación era de las que más interesaba estratégicamente; por lo que los Reyes envían al Capitán Garcilaso a entrevistarse con Alabez, Alcaide de Mojacár; conversación que tuvo lugar en esta fuente. Se cuenta que Alabez le expuso a Garcilaso sus quejas de porqué debía salir huyendo de la que él consideraba su patria tras más de siete siglos de vivir en ella los de su raza; antes moriría por España que entregarse como un cobarde. Garcilaso volvió a contar a los Reyes su conversación y éstos permitieron que siguiera viviendo allí y Mojácar fuera una ciudad cristiana más. El resto de moros huyó a Africa o fingieron una reconversión y a Mojácar emigraron numerosas familias murcianas, verdaderos antepasados de los mojaqueros actuales.

El recorrido estaba cargado de anécdotas y pinceladas históricas. Nos contaba, por ejemplo, como, tras el cierre de todas las minas de la comarca durante la II República y la posterior Guerra Civil y posguerra, se crea una crisis tan profunda que hacen que emigre casi toda su población joven, quedando Mojácar desolada. Pero el milagro llega en los años 50, de la mano del ingenioso alcalde de Mojácar, don Jacinto, quien tiene ideas geniales como regalar terrenos a aquellos famosos que se comprometieran a pasar los veranos en Mojácar, al  menos durante los dos primeros años; o promover sus parajes para la filmación de películas. En fín no le amedrentará nada hasta conseguir que Mojácar salga a flote. Rápidamente comienzan a llegar intelectuales, artistas, periodistas. diplomáticos, bohemios, etc  y Mojácar comienza a ser un centro turístico de primer orden.

También defendía con datos y razonamientos que José Guirao Zamora, nacido en Mojácar en 1901, hijo de madre soltera que tuvo que emigrar a Chicago para evitar el escándalo, entregando su hijo en adopción en aquellas tierras, era el auténtico padre de Micky Mouse.

La excursión había llegado a su fin y nos despedimos frente a la que nos enseñó como su casa, en la cuesta que sube a la plaza con unas vistas espectaculares y rebosante de plantas que mima y cuida él mismo. Nuestro grupo, formado por una parejita de valencianos y nosotros, a quienes dimos toda suerte de consejos para que disfrutaran de cuatro o cinco días que pensaban pasar por la zona.