Al Mamun y la Torre del Oro (Sevilla)

Torre del Oro (Sevilla)
Siempre es un placer, por donde se mire, volver a Sevilla, aunque el motivo sea, como en esta ocasión, de carácter laboral.

Cuando se vuelve una y otra vez a una ciudad, y las visitas han dejado de ser las turísticas al uso, los relatos pueden parecer tediosos o poco productivos para un posible visitante a la urbe en cuestión y entonces, os preguntaréis, ¿qué hago delante del teclado hablando de Sevilla? He aquí mi relato, digno de un especial del Cuarto Milenio.

Un curso de dos días, jueves y viernes, traía como recompensa un fin de semana prometedor en Sevilla.



Una forma de empezar, siempre agradable y sobre todo suculenta, es un paseíto por Triana, margen derecho del Guadalquivir arriba y abajo, disfrutando del rey de los ríos; ¡ah, que me he pasado! bueno... pues... el que fluye con más arte. Antes de que os deis cuenta, la hora del aperitivo ha llegado y la elección no será difícil, sentaros en la "terrasita que ustedes vosotros queráis", que será un acierto seguro. El finito, la cervecita o el vermut -a vuestra elección- y ahora viene la segunda decisión, algo más peliaguda: ¿unas gambitas o una pavía de bacalao? ¿unos garbancitos con espinacas o jamoncito de Jabugo? ¿un salmorejo o pan tostaíto con pringá? ¿o todas?, una detrás de otra.

¡Si señor!, es la gloria de las tapas; uno puede probar de todo sin pegar un reventón. La tapa, dicen, fue un invento de Alfonso X, que además de rey, era sabio. Llegado a Sevilla en 1247, al frente del ejército que combatió y ganó la plaza de Ishbiliya en beneficio de las huestes cristianas, además de morir en ella, le dio tiempo a implantar leyes como la que favoreció la invención de la tapa: la pobreza de la gente era más llevadera mojando de vino el gañote, por lo que las borracheras tenían la misma proporción que la miseria que circundaba la nación; así, a efectos de mitigar algo los nefastos efectos etílicos, promulgó una norma mediante la que los taberneros debían incluir algo de comer con cada jarra de vino que sirvieran; ésta era colocada encima de la jarra, a modo de tapadera y de ahí, a denominar toda porción de comida que acompaña una bebida "tapa", sería una costumbre que mantendremos casi ocho siglos después.

 Cruceros por el Guadalquivir
Si no habéis caído en la tentación de terminar completamente ahítos, podéis completar  la comida en cualquiera de los buenos restaurantes que se encuentran al principio de la calle Betis, prácticamente encima del agua. En nuestro caso, nos bastó con el tapeo y lo que ahora de verdad apetecía era una siesta, cosa harto improbable de poder realizar. Casi simultáneamente, mi marido y yo miramos al otro lado del río: "Cruceros por el Guadalquivir", ¿por qué no? nos preguntamos. Dicho y hecho; cruzamos el puente y compramos los tiques, ¡uf! quedaban tres cuartos de hora para la salida del barco.

Me senté a esperar en un banco, junto a la Torre del Oro, al solecito sevillano de la última semana de septiembre y pronto el sopor me envolvió por completo. Perdí la noción del tiempo, no sé el que habría transcurrido, pero, de repente, sentí una presencia inquietante muy cerca de mí, que me produjo un escalofrío. Abrí los ojos con lentitud y el sueño me dejó paralizada,... porque aquello tenía que ser un sueño. Un hombre cetrino, vestido con unos ropajes orientales, me miraba fijamente mientras colocaba su dedo índice en mis labios, sugiriéndome silencio. Y lo consiguió; no hubiera podido articular palabra, si lo hubiese intentado. En vano, con la vista recorrí todo lo que nos rodeaba, en busca de Manolo, mi marido. Soñando o no, el pánico se fue apoderando de mí.

—Salam. Que Alhá con vos sea, os lo deseo de corazón, palabra e sentimiento.  —me dijo, dirigiendo la mano derecha a su corazón—. Non temedes, vuesa merced. Non os faré daño alguno.

—Mi nombre es Abululá —me pareció entender— e fui gobernador de esta fermosa cibdad. ¿A vos os place tanto como a mí?

—Sí   —respondí con la cabeza—.

Esos ojos verdes que me miraban tan fijamente, transmitían tristeza; sin embargo, su voz resultaba altanera. Las órdenes viscerales se confundían en mi interior: el corazón me inclinaba a la empatía y el cerebro me pedía echar a correr.
—No llevo dinero encima —me atreví a articular.

—Por Alá, señora, non me ofendedes, non pretendo nada pediros e mucho menos robaros; mas, señora mía, si vos por mí un favor facieredes, quedaría eternamente agradecido.

—¿Qué es lo que quieres?  —formulé, tuteándole, sin saber bien cómo responder a un  tratamiento tan ampuloso y en desuso como el suyo.

—Antes placeríame asegurar de que vuesa merced non ha temor alguno  sobre mi persona.  Non faredes nada que non sea del agrado vuestro, os aseguro—.

—Déjame marchar, entonces—.

—Non, sin que oyedes lo que a demandaros vengo.

—Eso me ha sonado demasiado autoritario para pedir favores.

—Perdón, antes quisiera morir que daros enojo, por favor, escuchatme, ... por lo que más queredes.

—Habla ya de una vez. Y te advierto de que mi marido está por llegar y no respondo de como pueda reaccionar. ―no sé si resulté convincente, pero no quería mostrarle el pánico que corría por todas mis entrañas.

—Bien. Como a vos primo dixe, me llamo Abululá —me pareció volver a escuchar, pero en esta ocasión, seguido de un nombre muy largo terminado en al Mamun—. Fui nacido en la Taifa de Málaqa en 1186 de vuestro calendario et fijo soy de Yaqub al Mansur, tercer Califa de al-Andalus, e de la princesa Safiya, cuya ánima Ala haya. Fui regidor de Ishbiliya, et por ende, a la muerte de mi padre, convertime en el nono califa almohade, fasta 1232, año en que  rivales políticos me dieron muerte. Mi sangre es bereber, de las montañas del alto Atlas. ¿Señora, por un casual del pueblo bereber vos habedes oído fablar?

—Sí he oído hablar de los bereberes en mis viajes a Marruecos y, curiosamente, siempre haciendo referencia a gente íntegra y noble.

—De aquesto, duda non os debe caber. Bona fama et honra precedenos.

La peor de las predicciones posibles parecía cumplirse: ¡me encontraba ante un demente! Un moro loco, con los ojos verdes más bonitos que yo viera jamás. Que proclama haber sido gobernador de Sevilla, califa de al-Andalus y que debe tener la friolera de 827 años. Para más señas, “resucitado”.

En un impulso provocado por el pavor, me puse en pie e intenté echar a correr, pero una enorme mano me sujetó del brazo, impidiéndome todo movimiento. Me sentó de nuevo de manera brusca.

—Por favor, escuchatme debedes lo que vos tengo que fablar e cuando sea terminado, si vos deseádeslo, os dejaré partir—. Replicó con voz algo altanera.

No sé por qué motivo no comencé a gritar en ese momento; algo irracional en mi interior me inclinaba a llegar hasta el final con esta historia y asentí con la cabeza nuevamente, mostrando docilidad.

Torre del Oro (Sevilla)
—Vedes vos aquesta torre dodecágona? —preguntó.

—¿La Torre del Oro?

—Sí, aquesta mesma. Escuchat, pues, señora, mi trato: ego os enseñaré rincones de la torre en que xamás reparado habedes, por ignorancia, e vos, a cambio, me mostraredes el contrapunto arquitectónico actual de Ishbiliya.

—Escucha, Abucomotellames, me está costando muchísimo entenderos: tanto la situación, que parece extraída de un texto kafkiano, como tu propio lenguaje, del que se me escapan muchísimas cosas. ¿A dónde debería acompañarte?

—Sevilla, disculpad, acostumbratme difícil todavía me es. Vuesa merced me muestra lo último que se haya inaugurado en la cibdad; aquesto que más guste et sorprendido haya al populo. ¿Qué decidides, señora?

—No me seduce excesivamente tu plan.  Por un lado, porque esta mañana he visitado la Torre con mi marido, … no puedo imaginar qué sería aquello tan interesante con lo que piensas sorprenderme,  y, por otro, decirte que no soy de aquí, por lo que no creo que resultara una buena cicerone; te sugiero que busques un ciudadano sevillano o, mejor aún, un buen guía de la ciudad, que seguro satisfará ampliamente y de forma muy profesional tu deseo.

—Señora, vos errades de punto a punto. Non quiero de pretencioso pecar, pero os aseguro que eruditos et estudiosos de arte islámico de vuestro mundo darían cualquier cosa por en vuestro lugar ser,... yo ordené su construcción e conozco, palmo a palmo, ca uno de sus sillares. Non perdedes la oportunidad que se os presenta. En cuanto, a vuestra aportación, dejatme ser yo, quien juzgue vuestras cualidades de anfitriona. Non creo haberme equivocado en mi elección.

Definitivamente, esto era un cúmulo de dislates; allí estaba, en Sevilla, ante un loco vestido de Almanzor, que me quería hacer creer que era, nada menos, que quien mandó construir la Torre del Oro hace ocho siglos y, para colmo de mis desgracias, mi marido había desaparecido de mi campo visual.

—¡Adelante, acepto el reto! —le espeté, convencida de que lo que estaba viviendo era un sueño. ¿Es posible confundir hasta ese punto sueño y vigilia?

Con una abierta sonrisa, por la que asomaba una blanca y perfecta dentadura, me cogió de la mano y nos dirigimos a la puerta. Atravesamos el mostrador donde se compran las entradas y los audífonos, pasando de largo sin que nadie reparara en nuestra presencia; ni lo estrafalario de los ropajes de mi acompañante parecían llamar la atención del público que se encontraba en esta primera sala , ni el hecho de habernos colado de manera descarada, parecía importar a los funcionarios del museo. Nadie hablaba, un extraño silencio se notaba en el lugar, como si estuviéramos metidos en una burbuja que nos aislara de todo.

Al llegar a este punto, mi trajinante amigo se encontraba inmerso en tal estado de excitación que temí que le fuera a dar un infarto.

            —¿Te ocurre algo?  —le pregunté.

            —Non, est la emoción del momento… est ¡trasladarme en un solo instante al año 617, cuando concluido quedó aqueste baluarte defensivo ! Non puedes imaginar lo feliz que pude ser en esta cibdad. Desde entonces,… vuelvo cada vez que me invade la melancolía, me siento en el mismo banco en que os encontré a vos e pásome contemplándola la noche entera, sobre todo las de luna llena.

            —¿617? No me salen las cuentas.

            —Me refería al año de la Hégira, vos sabedes, cuando el pueblo musulmán emigró de La Meca a Medina

            —¡Claro! —respondí, por no reconocer los pocos conocimientos que tengo de la cultura del Islam.

Comenzamos a recorrer esta primera sala y, como imaginaba,  poco le importaban las artes de pesca, la fabricación de barcos o los astilleros. Acariciaba las paredes como si de un hijo que vuelve de la guerra se tratara.

            —¡Eran tiempos gloriosos!  El Imperio Almohade, había conquistado Marrakech –la capital del Califato- en 1147 a los Almorávides y Al Andalus se encontraba en uno de sus peores momentos: judíos e mozárabes fueron deportados al norte de Marruecos, por sus confabulaciones con el rey de Aragón; las arcas del califato estaban vacías; la mayor parte de su ejército se encontraba en Marruecos intentando salvar lo poco que quedaba en su poder; et los cristianos ganando plazas e avanzando inexorablemente e ¿sabéis, señora, por qué? Por su abandono del Corán e la relajación de sus costumbres. Fue un castigo de Alá ¿Sabedes qué ocurrió entonces? La desmembración. Al Andalus se desgajaba en pequeños reinos de Taifas, por segunda vez en su historia. Los propios Almorávides pedían a gritos nuestra ayuda. Aunque esto conoscerlo vos debedes, pues es la estoria de vuestra Spania, ¿non es ansi?

Sin casi tomarse un respiro, continuaba su verborrea cargada de datos y preguntas retóricas, al tiempo que yo me avergonzaba de mi escasa cultura medieval.  Subimos la escalera de caracol que nos conducía a la segunda planta.

            —Fuimos reconquistando todo al-Ándalus —continuaba— et en 1148 se traslada la capital del Califato de Granada a Ishbiliya. Se consiguió nuevamente una amplia unificación del imperio islámico política, religiosa e cultural ¿Sabedes lo que eso significó para la cibdad del Guadalquivir? Su engrandecimiento. Se convertiría en un centro cultural de primer orden et se erigirían tales monumentos que han de ser admirados, por proprios e extraños, enemigos incluidos, siglo tras siglo fasta agora.

Nos encontrábamos ya en la segunda planta.

            —¡Seculo et  medio de esplendor Almohade! ―su rostro cambió de la altivez a la tristeza― Pero llegó el declive… la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa, en 1212, sería el primer aldabonazo de advertencia; et tampoco ayudarían las luchas tribales intestinas.

               :"¿Qué es de Valencia e sus huertos?¿Et Murcia e Játiva fermosas?¿Et Jaén?¿Qué es de Córdoba en el día, donde las ciencias hallaban noble asiento...¿Et Sevilla...Tristes lágrimas agora vierta todo fiel creyente del Islam". ―recitó.
Me dio mucha, mucha pena. Síndrome de Estocolmo lo llaman. Intenté distraerle.

            ―¡Mira! ―quise atraer su atención, señalándole el llamativo mascarón de proa del yate “Giralda”― Perteneció al barco de Alfonso XIII ―creo que no sabía, en absoluto, de quién le hablaba, y si lo sabía, le importaba muy poco.

La Giralda (Sevilla)
Circundábamos la planta, despacio; pero aunque aparentaba prestar atención,  la maqueta del trasatlántico “Cristóbal Colón”  o el retrato al óleo de Alcalá Galiano le traían al pairo. Súbitamente, paró en seco ante un enorme y antiguo mapa de Sevilla de 1740.

            ―Sólo han dejado el alminar, desde donde se llamaba a la oración ―dijo señalando La Giralda, mientras unas lágrimas mal contenidas pugnaban por escapar―.  Nuestra mezquita ha desaparecido: 15.500 metros, 17 naves separadas por arquerías. ¡Una joya que los cristianos, tu gente,  apreciar no sabedes!

            ―¡Momento! ―repliqué― No irás a pedirme cuentas a mí de las tropelías de entonces, ¿verdad?

            
―No, lo siento. Claro que no. Perdonatme, señora. Sin control fablo et fablo,… ―argumentó, intentando guardar la compostura.

Sevilla
            ―Será mejor que subamos y te dé el aire. Te encontrarás mejor. ―Le animé, dirigiéndome a la puerta que lleva a la planta exterior.

            ―¡Sevilla, fermosa como pocas! ¡Loores avedes et siempre ovistes!¡Muy cambiada est, pero sigue siendo una maravilla! ―dijo, asomándose entre las almenas y contemplando hasta donde la vista alcanzaba―.

―En las mias visitas, siglo tras siglo ―continuó relatándome―, atónito veía las modificaciones que iban transformando la torre,  fasta tener la fisonomía actual. Para nosotros era un edificio de carácter defensivo, vigilaba et defendía el río et la puente de Barcas; construida mediante sillares de piedra, en su parte inferior, y ladrillos en la superior; sin ventanas salvo las saeteras a alturas diversas. Non había cibdad mejor guardada que Sishbiliya en todo al-Andalus.
Nunca entendimos los cambios habidos posteriormente: Alfonso X añadióle unas ladroneras a dos aguas, justo debajo de donde estamos; la cibdad había sido conquistada por los cristianos, pero los benimerines eran ya una amenaza inminente et había que reforzar la defensa. Pedro I de Castilla, en el siglo XIV, erige el segundo cuerpo de la torre –gran tristeza me produjo el uso que el susodicho rey diole, primero como cárcel et después como residencia de alguna de sus amantes. En el siglo XVI, realizan la apertura de ventanales, impensable en una edificación defensiva almohade. En 1755, asistí a la gran destrucción que produjo el terremoto de Lisboa, un trocito del corazón se me desgarró con ella. Después vendría la demolición de la muralla coracha et la construcción de la escalera exterior para acceder a ella. ¿Vos, señora, sabedes que la torre es una torre albarrana, non es verdat?

Demasiado tecnicismo  para mí, que me cuidaba muy mucho de intentar aclarar, pues la tarde empezaba a caer y a estas alturas del año quedaría poco para que anocheciera. Rodeamos por la parte exterior la torre deleitándonos ambos con el paisaje circundante: Triana y Los Remedios; El Arenal y al fondo, la Giralda y la Catedral y hermanando ambas riberas, el Guadalquivir y el puente San Telmo.

            ―¿Te importa que nos vayamos ya? ―pregunté―

Torre del Oro (Sevilla)
No contestó,  pero me invitó a dirigirnos a la puerta. Bajamos y alcanzamos la calle. Infructuosamente busqué a Manolo, que a estas alturas, le imaginaba en cualquier comisaría sevillana, denunciando mi desaparición.

            ―Agora, … vuestro turno llegado es, señora.

Cogí aire y me dispuse a cumplir lo prometido. Enfilamos hacia la avenida de la Constitución y su continuación, la calle Sierpes. Al igual que ocurría en el interior de la torre, nadie parecía reparar en mi acompañante, lo que me producía cierta tranquilidad.

            ―Et bien, ―rompió el hielo― ¿Non hay nada más que vos interese saber de la Torre del Oro?

            ―Sinceramente, no tengo curiosidad de conocer más tecnicismos respecto a su construcción.

            ―Non me refiero a tecnicismos, como vos decides, sino a que desvelaros podría los misterios referentes a la torre Bury al-dahab, ansí llamabase cuando inaugurose, que han hecho correr ríos de tinta durante todos estos años. Por ejemplo, ¿por qué est ansi nombrada?:¿a los azulejos que la decoraban, a la cercanía de la Casa de la Moneda o a que aquí se custodiaba el oro de los califas?, ¿es cierto que una gruesa cadena cruzaba el río desde la Torre del Oro fasta la Torre de la Fortaleza en Triana, mesma que ficiera saltar por los aires Ramón Bonifaz en 1248, destruyendo la puente de Barcas et cortando el suministro de víveres que llegaba desde el Aljarafe?  ¿Es cierto que mia gente intentó echar abajo el minarete de la Mezquita et Alfonso X amenazó con pasar a cuchillo a todo aquel que tocara un solo ladrillo? ¿Sabedes, cara señora, que el año pasado se descubrió una nueva torre, más antigua que la del Oro, en la calle Santander et bautizada ha sido como Torre de Bronce, non sería de vuestro goza conoscer algo de esa torre, desconocida fasta agora por vos et vostra gente?

            ― No, ―le respondí― perderían ese halo de romanticismo que tiene lo desconocido. Además,  ¿quién me creería?

Llegamos a la Plaza de la Encarnación, nuestro destino.

            ―Bien, aquí tienes el Metropol Parasol, más conocido como las Setas de la Encarnación, por razones obvias.

            ―¡Impresionante! ¡Es sencillamente impresionante! ―gritó casi, silabeando el impresionante al                                                                                                                             
Metropol Parasol (Sevilla)
estilo Jesulín y permaneciendo boquiabierto mientras salía de su estupor.

Me sentía orgullosa de su reacción; no sé por qué, pues ni lo había mandado a construir yo –como era su caso con la Torre del Oro―, ni siquiera era mi ciudad. Por el camino, me había preocupado de buscar en Internet, en la blackberry, datos sobre las setas y poder quedar a la altura, llegado el momento.

            ―Sí, contatme cómo fuera aquesto. ―me contestó cuando le pregunté si le apetecía conocer la historia―.

―En esta plaza existía un gran mercado en el siglo XIX ―mi marido me cuenta que su abuela tenía dos puestos en él―. Tras su demolición, debido al estado ruinoso en que se encontraba, a finales del siglo XX, el ayuntamiento decidió construir un aparcamiento subterráneo; un sitio donde se guardan los coches, ¿sabes?

            ―Sí, non os preocupedes, non olvidedes que llevo ocho siglos visitando la cibdad et oyendo cientos e cientos de conversaciones en mio banco favorito junto al Guadalquivir.

Nos habíamos dirigido hacia la ventanilla de los tiques y ante mi estupor, me preguntó la taquillera “¿una entrada? ¿reside usted en Sevilla?”  No, le contesté. “Son dos euros”. Afortunadamente, llevaba en el bolsillo del pantalón las vueltas de las entradas del barco y pude pagar. Mi compañero pasó sin que nadie percibiera su presencia.

            ―Mira por donde, ―continué― en las excavaciones, se descubrieron restos arqueológicos, romanos y andalusíes. ¡Sí, una casa almohade! ¡Voila! ―le mostré los restos hallados―. Las obras fueron paralizadas en ese momento, tras haber invertido más de 14 millones de euros.

Giralda desde Metropol Parasol
Nos dirigimos al moderno ascensor que tras pasar las taquillas, con una repetición de la escena anterior, nos conduciría al inicio de la pasarela, por la que con un espetacular recorrido conduce hasta el mirador, la parte más alta, a 26 metros de altura, desde donde se contempla toda Sevilla a 360 grados. Sobrecogedor.

            ―Continué lanzando dardos cuantificadores a mi pupilo ―Se convocó un concurso que debía incluir un mercado, un museo para resguardar las ruinas encontradas y una plaza pública. Lo ganó Jürgen Mayer, afamado arquitecto alemán. Tras seis años de muchas dificultades técnicas y mucha polémica, finalizaron las obras alcanzando un importe de casi 100 millones de euros, ¡muchos dinares! La megaestructura, hecha de madera, con dos columnas de hormigón , tiene unas dimensiones de 150 x 70 metros y consiste en seis parasoles con forma de setas. Finalmente, fue inaugurado en marzo de 2011.

Metrosol - Las Setas
Era ya noche cerrada; no sé cómo iba a terminar mi aventura.

            ―Tenemos que marcharnos ya, se ha hecho muy tarde ―le urgí.

            ―¡Vayamos! Non quiero causaros problema ninguno.

A paso muy ligero volvimos sobre nuestros pasos, llegando al punto de partida. No había traza ninguna de mi marido. Me senté desesperada en el banco llorando amargamente y sin saber qué hacer, mientras el morito me acariciaba la cara enjugando las lágrimas.

            ―¡Vamos, vamos!, ¡que sale el barco! ―me decía Manolo, dándome palmaditas en la mejilla.  ―¡Menuda siesta te has echado!