Madrid de los Austrias, villa y corte

Comenzamos este periplo en el Convento de la Encarnación y lo primero que nos preguntamos es si de verdad estamos en el cogollo de Madrid. Acabamos de atravesar la Puerta del Sol con cientos -¡no!-, miles de viandantes; es sábado, pero todo el mundo parece tener prisa por algún desconocido motivo. Aquí, no; en los recoletos aledaños de la Encarnación, todo es paz y tranquilidad, con sus banquitos que invitan a leer la prensa diaria hasta la hora del aperitivo -ós confesaré, en confianza, que nosotros lo llevábamos ya puesto: una parada en Casa Lalín, en la Plaza de la Ópera, nos permitió echarnos al coleto una ración de pulpo, no sería el Pulpo Paul, ni nos predeciría que esa tarde perdería el Madrid, pero cayó en nuestros estómagos agradecidos, como la seda-.



Pongámonos en situación, estamos en el siglo XVII, Siglo de Oro español. España es todavía en la que nunca se pone el sol y en Madrid, su capital,  rezumaba arte por todos sus poros, pues era cuna de las más prestigiosas plumas del mundo. Por contra, también  era un Madrid sucio, de calles llenas de maleantes, pedigüeños, cortesanas y pícaros; "la más sucia y puerca de todas las de España. Después de las diez de la noche, que no era divertido pasearse, por la ciudad, tanto que oís volar orinales y vaciar la porquería", refiriéndose a la capital del reino en palabras de un miembro del séquito de Ana de Austria. Tenemos un rey que no gobierna, pero por el contrario, se dedica con mucho ahínco a sus amoríos, y un Valido que no goza de la simpatía del pueblo. Pueblo que en lugar de rebelarse, ahogaba sus penas en el teatro, que empezaba ya a ser el entretenimiento de los estratos sociales más bajos.
Un poco situados ya topográficamente, volvamos a nuestro recorrido; estamos ante el Convento de la Encarnación, convento de monjas agustinas, mandado a construir por Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Los motivos para su construcción fueron dos: uno confesable: el conmemorar que su real marido acababa de expulsar a los últimos moriscos que quedaban (¿caridad cristiana?) y el no confesable: el que el templo, donde acudiría a rezar a diario, estuviera lo suficientemente cerca de palacio para que el acceder a él fuera fácil, pero también lo bastante retirado para poder lucir todo el boato de joyas y ropajes entre el pueblo, hasta su llegada a la casa de Dios; aunque existía también un pasadizo que conectaba ambos.

Mi guía amiga -ya os he hablado de ella en alguna otra entrada- se empeña en catalogar esta y alguna otra obra arquitectónica que hemos visto hoy como del barroco madrileño, aunque sea obvio que de barroco tienen poco (nos cuesta trabajo reconocer que en España hemos sido más reacios a adoptar la vanguardia que venía de Europa y por ende llevamos casi un siglo de retraso). El convento, hecho completamente en granito, como correspondía a una obra encargada por la realeza, luce los dos escudos reales con el corderito colgando, símbolo del Toisón de Oro. La entrada al convento está precedida de un pequeño recinto y una puerta de reja; os lo comento para traer al hilo algo que yo desconocía: este pequeño patio que precede el acceso principal al templo se llama "compás", ¿habéis oído lo de "estar en compás de espera"?, pues esta locución viene de la espera que se hacía previa a la entrada a la iglesia.

De este convento han partido numerosas anécdotas y curiosidades. La primera de ellas, la paradoja de que tras el gran esfuerzo de todo tipo de su patrocinadora, no consiguiera inaugurarlo, pues murió antes de tan importante acontecimiento. El Convento defiende que entre sus tesoros se encuentran restos de  sangre de San Jenaro y de San Pantaleón; de éste último proclaman las monjitas que el 26/27 de julio de cada año, aniversario de la muerte de este turco mártir,  la sangre se licúa, Habrá que venir a comprobarlo y Carpe Diem os lo contará.

Pero, con mucho, la más divertida es la de que un día apareció un gato ahorcado en la puerta con una nota que decía así: "Si no lías pronto el hato, te verás como este gato"; se trataba de un claro mensaje al entonces nada bienvenido José I Bonaparte, que reinaba en España.

Vaya de aquí nuestra felicitación al Ayuntamiento de Madrid por haber conservado uno de los mejores carteles de la época y que se encuentra en un costado del convento "Se Prohíbe Hacer AGUAS Bajo la Multa Correspondiente".


La hora no nos permitió entrar al interior; pensamos ir a comer y volver, pues creo que merece la pena, tiene obras pictóricas muy buenas y entre los originales regalos que la reina hizo a las monjitas se encontraba la cama donde había nacido su hijo, el que sería el rey Felipe IV; pero la botella del vino blanco con que acompañamos una riquísima comida, hizo que con las glorias se nos fueran las memorias. El interior quedará para otra ocasión. Carpe Diem os ha fallado.


Nuestra siguiente parada sería la Plaza de Oriente, aunque nuestro objetivo hoy no será hablar de la maravillosa plaza ni tampoco del majestuoso Palacio de Oriente, recordemos que estamos a principios del siglo XVII y para ver esto, como hoy lo contemplamos, habrían de pasar dos siglos más. Nuestra parada es para reparar en la estatua que preside el centro de la plaza, que no puede representar a otro, sino a Felipe IV. Erigida por deseo del propio monarca, quien ordenó que se levantase una estatua ecuestre que superara en calidad a la de su padre (hoy en el centro de la Plaza Mayor). Para este fin, se llamaría a Pedro Tacca de Florencia, responsable de materiales y finalización de la obra; los bocetos serían nada menos que de Velázquez; esculpirla fue tarea del gran Martínez Montañés; y el estudio del equilibrio sería encargado nada menos que a Galileo Galilei (dejar hueca la parte delantera del caballo y maciza la parte trasera, fue el secreto del astrónomo, para mantener la estatua en pie). Por algo la llaman "la estatua de los cuatro genios"

En sus inicios, fue colocada en el Jardín de la Reina del ya desaparecido Palacio del Buen El Retiro, para posteriormente pasar al frontispicio del Alcázar, hasta que, con motivo del incendio que sufre este edificio en 1734, Juan de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, que gobernaba por la época y poco querido por el pueblo llano, hace bajar al caballo y al caballero de su pedestal, para situarlo de nuevo en su lugar original, motivo que provocó la siempre jocosa chispa el pueblo madrileño con la aparición de un pasquín con el siguiente texto:
¿A qué vino el Sr. D. Juan?
A bajar el caballo y subir el Pan.
Pan y carne a quince y once,
Como fue el año pasado;
Con que nada se ha bajado
Sino el caballo de bronce.

Y ahora dirijamos la mirada al mismo sitio donde lo hace Felipe IV: el Cafe de Oriente; pues bien, allí se encontraba la casa donde vivió y trabajó poco antes de su muerte el gran pintor de Corte de Felipe IV, Diego Velázquez.  Y ahora sigamos subiendo por esta misma calle hasta la Plaza de Ramales, aquí estuvo en su día la iglesia parroquial de San Juan, donde fue enterrado Velázquez, como así hace mención la columna conmemorativa que en se encuentra en la plaza. En el año 2002 hubo obras en la plaza, intentando dar con los restos del pintor, pero fue inútil y ante el miedo de que una excavadora se llevase por delante una clavícula, dejaron sin tocar lo que queda de los muros de la iglesia y que hoy puedes contemplar a través de cristales.

Saliendo de la Plaza de Ramales y subiendo por la calle de San Nicolás, nos encontramos rápidamente con otra casa-palacio a destacar, nada más y nada menos, que la que perteneció al Conde-Duque de Olivares, Valido de Felipe IV. Como veis nadie tenía que recorrer grandes distancias para ir a su trabajo.

Ahora, sigamos por la calle San Nicolás hasta la calle del Biombo, torzamos y sigamos hasta  la calle del Factor (curiosos nombres, algún día me dedicaré a estudiar la historia y el porqué de cada nombre del Madrid antiguo). Una vez que hemos desembocado en la calle Mayor, ya se ha acabado la tranquilidad. En esa misma esquina contemplar el palacio rojo de ladrillo cocido de la esquina contraria; su propietario y quien lo mandó construir, el Duque de Uceda, Valido de Felipe III, quien para que quedara patente quien había puesto el "parné" no se contentó con poner un escudo heráldico, sino que tapizó la fachada con ellos. Con el paso del tiempo lo adquiriría la Corona y en él moriría Mariana de Austria, esposa de Felipe IV. Cuando llegaron al trono los Borbones se trasladaron los órganos administrativos antes situados en el Alcázar y hoy es Capitanía General. Curiosidad: si lo veis por la parte delantera veréis que tiene tres plantas, pero si rodeáis el edificio, comprobaréis que tiene cinco.

En su afán de imitar al Rey, el Duque de Uceda mandó a construir un convento al lado de su casa-palacio, del que sólo queda la Iglesia del Sacramento que veis a la izquierda, con el mismo estilo herreriano y sobrio que venimos contemplando y que nuestra guía se empeña en calificar de barroco.

Son ya las tres y media y nuestros estómagos reclaman atención. Paseando, paseando y buscando un sitio adecuado para comer, llegamos a la Plaza de la Paja, donde en una terracita, nos sentamos a comer en el Restaurante Naïa. Muy recomendable: tomamos una ensaladilla con txangurro flameada al brandi, que quitaba el sentido, unos huevos escalfados y patatas confitadas con aceite de trufa y un arroz en costra de ibéricos al azafrán y ali-oli, regados con un riquísimo vino blanco bien fresquito y servidos por un chico muy muy guapo que debió hacer estragos cuando salió del armario, y que además, nos invitó a copita después. A que suena bien, pues supo mejor.

Subamos por la calle Puñoenrostro hasta la Plaza del Conde Miranda, donde se encuentra el Convento de Corpus Christi o de Carboneras, pues fue hallado un lienzo con una Virgen pintada, en una carbonería y fue entregado al convento; desde entonces es conocido por ese nombre. En la plaza nos encontramos con la sorpresa de que la cuadrilla de costaleros de la Hermandad de la Virgen Macarena en Madrid realizaba sus ensayos para la próxima Semana Santa; una tarima sin más, pero fue suficiente para que a Manolito se le pusieran los pelos como escarpias. Según tengo entendido, las monjitas de las Carboneras venden unos mantecados y dulces varios que hacen las delicias de los que los compran. Ya sabéis, si vais por aquí, nosotros nos encontramos con el cartel de "Hoy no hay dulces".

Ahora ya y siguiendo por la calle del Codo dirijámonos a nuestra bonita Plaza de la Villa y situémonos frente al edificio del antiguo Ayuntamiento, mandado a construir también por Felipe IV, como así lo demuestran los escudos de la fachada. Fue tan costoso que hubo que situar aquí las dependencias de dos organismos para que compartiesen gastos por servicios: el ayuntamiento y la cárcel, de ahí el hecho de que tenga dos puertas principales. Hacia la izquierda, se encuentra la preciosa Casa de Cisneros y como curiosidad, la placa metálica que hay en la parte derecha que nos dice la altitud respecto al nivel del mar que nos encontramos en ese momento. ¿Sabíais que Madrid es la capital más alta de toda Europa?

Girad ahora y contemplar la estatua que preside el centro de la plaza, realizada nada menos que por Mariano Benllure y que representa a Álvaro de Bazán, capitán General de las Galeras de España y leed el bonito verso atribuido a Lope de Vega, que se encuentra en la peana:
El fiero turco en Lepanto,
en la tercera el francés,
en todo el mar el inglés
tuvieron al verme espanto.

Cuando Felipe II llega a Madrid y decide trasladar su Corte aquí, la Plaza Mayor, llamada del Arrabal son ya las afueras de Madrid (recordemos que la villa se encontraba amuralladas en esa época), pues bien como comerciar en Madrid llevaba implícito un arancel, los comerciantes comenzaron a vender su género en esta plaza, a las afuera, evitando de esa forma tener que pagar el preceptivo impuesto, pero cuando Felipe II, se dio cuenta de ello, ordenó derribar la famosa Puerta de Guadalajara; a partir de aquel momento, la plaza del Arrabal ya pertenecía a Madrid.

 Juan Gomez de Mora termina la remodelación de la plaza en 1629, pero varios incendios hacen que la Plaza Mayor, como la conocemos hoy en día, tenga poco que ver con aquélla de entonces. Aunque a decir verdad, esta plaza fue muy utilizada por los Austrias: aquí se proclamó rey Felipe IV, aquí se celebraban corridas, carnavales, representaciones teatrales,...... pero también aquí se llevaban a cabo las ejecuciones.

Mucha historia hay en esta plaza y con mucho acierto nos la cuentan en las bases de las cuatro farolas que hay en el interior de la misma.

Marchemos ahora al último punto del recorrido, la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y antigua cárcel (la primera en la plaza de Villa se quedó rápidamente pequeña con la cantidad de maleantes que había en Madrid en aquella época). Bonito edificio mandado construir también por Felipe IV.

Con Carlos II, que muere sin descendencia, termina la dinastía de los Austrias en el trono de España.

Buenas iniciativas del Ayuntamiento para cuidar el turismo, nuestra fuente de ingresos más segura.