Whisky, soda and Rock and Roll (New York Navidades 2009 - Capítulo 1)

18 de diciembre

Primer susto del viaje: el vuelo era de Iberia, pero yo había comprado los billetes a American Airlines (cuestión de tarifas), por lo que no pude sacar las tarjetas de embarque por la web, pero sí reserva de asiento que hice con muchísima antelación, aunque me dijeron en su día que no creían que Iberia los respetase; pues bien, gracias a ello, no fuimos separados o incluso volamos, pues el avión llevaba ya overbooking.


Vuelo tranquilo. Salida y llegada en hora.

Inmigración sin problema: jurar que no tienes intención de cargarte a Obama, toma de huellas de los diez dedos de las manos (menos mal que me quedan unos preciosos y anónimos dedos de los pies) y fotito para la colección del FBI.

La llegada a New York fenomenal, todo como planeado: nos cogimos el Artrain por $5 hasta la estación de metro Jamaica y desde allí, por $2 más, directamente hasta nuestra estación de la Calle 51 esq a Lexington, en la esquinita de nuestro hotel. Empezaba bien: nos acabábamos de ahorrar $50 euros del taxi.

El hotel, Doubletree Metropolitan, da la cadena Hilton, superbien ubicado. Las habitaciones no es que fueran muy grandes, pero sí cómodas y funcionales. Según les había solicitado por correo, nos dieron una habitación en la planta 16.



Dejar las maletas y salir zumbando a comernos Manhattan todo fue uno. Paseito hasta Time Square, calle Broadway, Rockefeller Center, con su famoso Christmas Tree y la pista de patinaje; vuelta al hotel y a descansar.




19 de diciembre

A resultas del jetlag, me desperté a las 5 a.m.; a las 6 estaba contestando correos y a las 7:30 no pude aguantar más y desperté a Manolito.

Lo primero fue comprarnos, por $24 cada una, nuestra Metrocard, que nos permitiría ir en todos los transportes públicos de New York durante siete días.

Cogimos el metro hasta Battery Park Av., pues teníamos compradas entradas para subir a la corona de Miss Liberty. Embarcamos en el ferry que nos llevaría a la Isla de Ellis, donde está la estatua y un museo que rememora la vida de tantos miles y miles de emigrantes que entraron por ese puerto en busca del sueño americano (estaba cerrado, el museo, no el sueño americano). La cita era a las 13,30 h. por lo que hicimos tiempo tomando un caldito calentito, pues el día era de perros y empezaba a nevar. La subida a la corona a pesar de ser la envidia de todo el Foro de Nueva York, pues era de las pocas personas que había conseguido entradas, ya que estaban agotadas desde hacía meses, no merece la pena: subida por una escalera superestrecha de 380 escalones y cuando llegas, sin resuello, al final, unas ventanitas pequeñinas, por las que no se ve nada y menos aquel día con la niebla que había. Si estas notas sirven algún día para aconsejar sobre qué hacer, sugiero que se coja el ferry gratis hasta Staten Island, que pasa pegadito a la Estatua se la puede ver a gusto y fotografiar todo lo que se quiera.


Bowling Green

A la vuelta, paseíto por Broadway Sur; “tocada de cataplines” al Toro de bronce de la plaza Bowling Green, símbolo de la Bolsa de New York y según dicen, proporciona suerte. Vuelta tempranito al hotel, pues el día se estaba poniendo muy, muy complicado con la nieve y la ventisca que había.



20 de diciembre

Esta noche ha caído una de las nevadas históricas en Nueva York. Estaba todo precioso.

Como previsto, nos levantamos tempranito y cogimos el metro hasta la 135 Street en Harlem. No lo tenía claro: era ya algo tarde para pretender entrar en alguna de las iglesias de más renombre, pero por los foros sabía que en cualquier otra que entrásemos -y teóricamente hay muchas-, tendría el mismo sabor, si no, más auténtico todavía. Al salir de la boca de metro, aquello era un manto blanco; no se veía lo que eran aceras, lo que era calzada, los coches cubiertos hasta el final de las ruedas, no se podía casi ni andar y me quedé paralizada sin saber hacia dónde tirar; con tan buena fortuna que pregunté a uno de los componentes de una familia muy grande que venía en el metro y que salieron en la misma salida que nosotros, que si sabían dónde podíamos asistir a una misa Gospel; claro, me dijeron nosotros vamos a la Abyssinian Baptist Church; estupendo, "¿os podemos seguir?", les pregunté (poco esperanzada pues es la más famosa de todas e imaginaba una cola para entrar interminable. Al unísino, como si se tratara del coro de la Iglesia, me contestaron todos que sí. Durante varias calles, anduvimos haciendo verdaderos ejercicios gimnásticos, pues el espesor de la nieve era considerable. A medio camino se vuelve una de ellas y nos dice que a partir de ese momento nosotros formábamos parte de su familia. El señor mayor había organizado una salida a misa a Harlem de toda su familia y había reservado sitio, con lo que a partir de ese momento nosotros seríamos dos de ellos.

Llegamos a la iglesia, y como había imaginado, la cola daba la vuelta a toda la manzana. Nuestro padre en funciones presentó su e-mail y un negro como un armario nos colocó delante de toda la fila que llevaba horas esperando, diciendo simplemente que teníamos reserva y "ajo y agua" (quizá no fuera esa la frase utilizada en inglés, pero un sinónimo, seguro, …………. Detrás de nosotros unos catalanes hablando de lo bien que lo estaba haciendo Zapatero y nosotros calladitos, claro….. (le pegué un pellizco a Manolito para que se mordiera la lengua).

La misa, dos horas, pero no se nos hizo nada larga. El público en general arriba, nosotros abajo con la comunidad negra, que iban todos tan elegantes: ella con traje negro y sombreo beige; ello, con traje negro y pajarita.

Cánticos Gospel y gente que te transmitía la emoción de lo que vivían.

Al finalizar, nos despedimos de nuestra familia, intercambiándonos direcciones electrónicas; y nos cogimos el metro hasta Central Park.


Desde aquí todo mi cariño a esa familia neoyorkina que tan bien se portaron con nosotros y que para mi desgracia no he podido agradecer a mi llegada a los madriles, por haber perdido la dirección electrónica. Dejo constancia, por si por esas casualidades de la vida llegaran a leer estas líneas, de que no soy una desagradecida y les recuerdo con mucho cariño.


Manolito protestaba porque, según él, era una temeridad ir andando por el parque con ese espesor de nieve. Pero fue una gozada. Estaba precioso, todo cubierto de un manto blanco, con un sol radiante y millones de niños tirándose con lo que podían colinas abajo. Fue un poco complejo orientarse y buscar los sitios más característicos de Central Park, por lo cubierto que estaba todo por la nieve, pero en fin, si pudimos ver la placa de "Imagen" de John Lenon, por fuera el edificio donde le asesinaron y donde sigue viviendo su viuda; Belvedere Castle, etc.

Bajamos por todo Broadway y cruzamos al este, donde entramos a tiendas como Appel, FAO y alguna más. Todas con un derroche de luces, juegos, adornos navideños, etc.

Llegamos al hotel reventadítos, para variar.

21 de diciembre

Hoy comenzaríamos nuestra andadura cruzando el puente de Brooklyn de ida y vuelta. No hay palabras. El girarte cuando vas hacia Brooklyn y contemplar el skyline de Nueva York es algo que nadie debería morirse sin verlo, aunque solo sea una vez y aunque estés cansado de verlo en las películas americanas.

Visita al Centro Financiero: Federal House, Trinity Church (preciosa), la Bolsa, etc.

A las 13,30 h. teníamos cita, concertada por Internet para visitar el Federal Reserve Bank of New York. Tras una minuciosa revisión, no sólo de vultos, sino de nuestras graciosas personitas, por escáner incluso, en este caso, para asegurarse de que no te vas a llevar ningún lingote de oro, te hacen una visita guiada de donde guardan parte del oro de la nación (bueno americano solo es el 20%, el resto es de países extranjeros que lo mandan para su custodia. Impresiona ver no sólo los lingotes, sino las medidas de seguridad implantadas.

Tras tomar nuestra frugal comida, debido a los desayunos tan descomunales que nos metíamos para el cuerpo, nos acercamos al centro de visitantes de la zona cero (zona de las desaparecidas Twin Towers del World Trade Center. Se alquila una guide-phone que te conduce, a través de pasarelas del Centro financiero que está enfrente, para ir viendo el progreso de las obras, con narraciones de gente que vivió ese fatídico 11 de septiembre, relatos de bomberos, alcalde, etc.

Cuando se vuelve y en el propio centro hay una especie de museo con fotos de todas las víctimas, que sus familiares han ido colocando allí; trozos del avión; ropa; artículos personales, etc. Se sale con el corazón encogido. Demasiada barbarie sin sentido ninguno.

De vuelta se me ocurre la feliz idea de ir a comprar la cazadora que José, uno de nuestros hijo, nos había encargado de Northface. Sabíamos que era en Broadway 2101; como Broadway es una artería que atraviesa Manhattan de Norte a Sur, pensé: estamos en el Sur, si cogemos el metro hasta Time Square, que es mas o menos por la mitad será sufriente; pues no, mi cálculo falló, bajamos del metro 1.000 números antes, pero como yo me resistía a volver a meterme bajo tierra y dejar de ver las maravillas que estaba viendo, a pasito a paso, conseguí llevar a Manolito hasta nuestro destino, aunque con la lengua fuera..

Por el camino, compramos entradas para ver el Rey león el día de Nochebuena.

Por pudor, no cuento cómo llegamos al hotel esa noche.

22 de diciembre

Viaje a Washington, aunque hasta la noche anterior teníamos serias dudas de que pudiéramos hacer el viaje, pues había estado nevando en esa localidad durante cuatro días seguidos y la mitad de los vuelos habían sido cancelados todos los días anteriores.

El vuelo salía a las 08:30 y nos recomendaron que estuviéramos con dos horas de antelación. El despertador tocó diana a las 5 y antes de las 06:30 estábamos en el aeropuerto. Como no llevábamos tarjetas de embarque, dejé a Manolito en la cola de facturación que tenía cientos de personas por delante y me fui a intentar facturar en el autochecking. Introduzco mi pasaporte digital y eureka!!!!!, ya tengo mis tarjetas de embarque de ida y de vuelta; paso el pasaporte de Manolito y a pesar de identificarle me dicen que no pueden realizar mi petición y que contacte con un agente. Pregunto a una chaquetilla roja y me manda a la otra punta del aeropuerto donde había otro montonal de gente. Consigo con muchos trabajos acceder al mostrador y una azafata de tierra me coloca en una cola donde una familia de nueve miembros volaba hacia no se que destino, pero a juzgar por la cantidad de maletas que llevaba cada uno era para no volver jamás. Los minutos corrían y a mi no me quedaban uñas por morder. Cuando finalmente consiguen mandar al avión a todos los negritos, me toca a mí y solucionado, ya tengo la tarjeta de embarque de Manolito. Pero no terminaba todo ahí, la cola del control de seguridad tenía más de 300 m. de gente en fila india. Perdemos el vuelo, seguro,……Cruzamos el control de seguridad 5 minutos después de la hora teórica de embarque y, como no podía ser de otra forma, nos tocaba la última puerta. Llegamos con la lengua fuera, pero nos recibió la sorpresa de que el vuelo salía con 10 minutos de retraso. Salvados por la campana.

Vuelo tranquilo y Washington todo nevado, una preciosidad.

Nos cogimos el metro y antes de llegar al centro paramos en el Cementerio de Arlington, que aunque es enorme, nos detuvimos poco, ver las sepulturas de los Kennedy, Jacquelin y poco más. Impresiona.

Ya en el centro, mi primera decepción: lo llevaba todo muy planificadito para ver lo principal de Washington en un día, pero lo que yo creía que estaba a tiro de piedra una cosa de otra, eran kilómetros de distancia; por lo que hicimos, lo más sensato que podíamos hacer si queríamos ver algo: coger un autobusito del que te podías bajar y subir y te llevaba por lo más relevante.


La primera parada que hicimos fue el Museo del Aire y del Espacio que está muy bien y después seguimos el recorrido sin bajarnos, pues si bajábamos, al subir de nuevo había que esperar 35 minutos a que pasase el siguiente autobús. Por lo que muy a pesar mío vimos desde el bus: El mall que es el parque con más de 2 millas que une el monumento a Lincoln hasta el Capitolio, pasando por decenas de edificios públicos y monumentos. Washington es señorial.

Ya por la tarde y después de comer nos acercamos a la Casa Blanca, el edificio del FBI, que yo tenía un especial capricho por ver, y vuelta al aeropuerto para coger nuestro vuelo que aunque teóricamente salía a las 20,30 h., lo hizo a las 21:15. En todos sitios cuecen habas.


Washingto, te juro que volveré a verte con más tranquilidad, lo mereces.


23 de diciembre

Hoy nos hemos levantado muy tarde; el cansancio va pudiendo con nosotros.

Tras nuestro copioso desayuno de todos los días: zumo de naranja, un cuenco lleno de fruta variada del día, un par de huevos fritos con jamón y bacon, dos o tres piezas de pan dulce y café. Vamos, que por dura que sea la jornada no desfallecemos. Con la barriguita llena nos fuimos de nuevo al Puente de Brooklyn. Paseo por Pier 17, que es un muelle que han adaptado con tiendas y restaurantes muy bonito. El día es precioso.

Recorrido por Chinatown, que no merece la pena. Si estás interesada en imitaciones de relojes o bolsos, sigues a la chinita que elijas de las que te proponen y te meten en pasadizos y trastiendas donde tienen la mercancía de imitación. Nosotros no lo hicimos.

Caminata por Little Italy y comida en Lombarda, primera pizzería en USA, donde probamos la famosa pizza de albóndigas. Comimos bien.

A la vuelta, compritas en Soho y al hotel tempranito.

24 de diciembre

Hoy  por la mañana nos dirigimos a Greenwich Village, gran zona del oeste de Manhattan de ambiente gay y bohemio; al igual que el Soho, con edificios de fachadas hechas de hierro forjado, que tienes que tocar muchas veces para creértelo.

Cuando entramos a tomarnos un café para calentarnos conocimos aun personaje muy curioso. Era un matrimonio ya mayor, él tenía algún trastorno mental y la mujer era el Teniente O’Neil, en versión vieja y fea. Cada vez que su mujer se movía al baño o a pedir algo, el hombre se volvía y nos decía no se qué (yo creo que hablaba algún idioma eslavo o algo así) y se reía con todas sus ganas, hasta que volvía su mujer le regañaba por hablar con nosotros y se terminaba la diversión. Una de las veces nos pregunta que de dónde somos y al decirle que de España, nos empieza a hablar de Fernando VI –curioso, mientras una gran mayoría de americanos, hablar de España es situarte en algún lugar de Sudamérica, este agradable viejito nos remitía incluso a la realeza española del siglo XVIII-.


Antes de las 14 h. estábamos en la cola para entrar al teatro a ver El Rey León, cuando Manolito se deja caer con: “¿para cuando habías reservado las entradas?, porque éstas son para el 23; es decir, ayer.” Creí que se me helaba la sangre; desde que compré las entradas remordiéndome la conciencia, pues las había comprado caritas, para encima haber tirado el dinero. No me lo podía creer. Tras hacernos los longuis y ver que el detector de código de barras se empeñaba en decir que algo no marchaba bien, me dirigí al encargado y tras llorarle, rogarle y suplicarle, nos metió por la trastienda y nos colocaron unos sillones móviles al final del patio de butacas. Uf, que respiro.

La obra preciosa, superbien llevada a escena. Nos gustó mucho a los dos.

A partir de ahora una carrera hasta el hotel, pues eran las 17 h. y habíamos quedado con todos los del foro para la cena de Nochebuena a las 18 en el muelle, para embarcar a las 19. Para variar, miro el mapa, cuento ocho o diez calles y me parece cerca, sin pensar que no son calles europeas sino americanas (aquí el metro debe medir 5,5 m.), por lo que el último tramo tuvimos que coger un taxi pues veíamos que perdíamos el barco.

Nada más llegar se me acerca un chico joven diciendo: “tú tienes que ser Nines, a que sí, a que sí (léase con acento sarasa). Se trataba del “maridito”, el chico que había organizado el evento. Rápidamente me presentó a su media naranja. Derrochaba simpatía, lo mismo a través del foro que en persona. Aquí si que tengo que entonar un mea culpa, pues no he vuelto a dar señales de vida.

En nuestra mesa (nos sentamos en el único hueco que quedaba ya), había una pareja de Alicante, otra de Las Palmas, otra vasca y otra no se de dónde; todos muy agradables.

La cena muy buena: pastel de cangrejo y solomillo y tarta de queso de postre. Nos bailamos Manolito y yo un New York, New York de Franky Sinatra y todo ello mientras recorríamos el Hudson , con el skyline de fondo y la estatua de la libertad. Todo con mucho glamour. Resultó muy bien, aunque yo esperaba más, pues la cena fue servida superlenta y a las 23 h. se terminaba el tema, por lo que no nos dio tiempo a ambientarnos. El resto se marchó a tomar una copa y nosotros nos rajamos.


25 de diciembre

Hoy, día de Navidad, ha sido un patear continuo. Todo el día de la ceca a la meca. El final de New York estaba llegando a su fin y aún nos quedaban todavía muchas cosas en el tintero, que no estaba dispuesta a perderme. Era la última oportunidad que tenía.

  • Edificio de las Naciones Unidas. Tenía cita para visitarlo el día anterior, pero por el teatro no pudimos ir. Verlo por fuera y para la lista del próximo viaje.
  • Bryant Park. Mi rincón newyorkino favorito. Es precioso: la pista de patinaje, los puestos del mercadillo navideño, con su música de gingle bells de fondo, los jugadores de ajedrez esperando que llegue un incauto para hacerle picadillo; en fin, todo de ensueño.
  • La Biblioteca que tengo entendido que es una maravilla, pero por ser 25, estaba cerrada.
  • Madison Square Garden
  • Empire State Building. Tengo que reconocer públicamente, que me marcho de Nueva York sin haber subido ni al Empire ni al Top of the Rock. El día que no podíamos salía un día radiante y el día que decidíamos ir no se veía un “carallo”, con perdón.
  • Flatiron Building
  • Union Square
Todo andando, de un sitio para otro.



Dyker Heights

A las 19 h. nos dirigimos a Time Square pues los organizadores de la excursión de Contrastes que teníamos al día siguiente, ofrecían una excursión a Dyker Heights y además gratis. A mí no me seducía mucho, pero la pareja de Alicantinos, me convencieron: “tía a las 19 h. ya es de noche, noche y no tienes nada mejor que hacer; además con el frío que hace por lo menos vas calentita en el autobús”. Valió la pena, no por llenar un hueco, ni por el calor del autobús, sino por la excursión en sí. Dyker Heights es un barrio de Brooklyn, cuyo ayuntamiento hace un concurso anual de ver cuál es la casa mejor adornada de Navidad; fácilmente es imaginable el resultado: un derroche de imaginación y luces. Ideal.




26 de diciembre

En América vi la luz por primera vez y en América estoy,…… 57 años después. ¡¡¡¡¡¡HAPPY BIRTHDAY NINOSKY!!!!!!!!!!!!!!!

No es el cumpleaños que me había imaginado cuando hacía mi USA planning, pues por dejar la excursión de Contrastes para un sábado, por aquello de ver el barrio judío con el Sabat en plena efervescencia, no quedaba más remedio que hacerla hoy. Para remate los tomates, ha amanecido lloviendo. Pero eso no es nada, estamos en Nueva York y vamos a disfrutar.

La excursión de Contrastes es altamente recomendable:

    Bronx
    Bronx
  • Bronx, donde no te recomiendan ir solo por motivos de seguridad. No me dio a mí sensación de peligroso, pero claro nunca se está libre de verte en medio de una reyerta, que se deben producir muy a menudo. Un par de paradas, una en la comisaría de policía que aparece en la película Distrito Apache de Paul Newman, a la que pudimos entrar en grupitos de diez,  y otra en algún que otro graffiti famoso. Lo que más me impresionó fueron las zapatillas colgadas en los cables de la luz: son varias las versiones que he oído del significado; hay quien dice que es delimitación de territorio de las pandillas callejeras, otros que señalan el sitio donde se vende droga y los más macabros, que son el trofeo de algún muerto por una pandilla determinada.
  • Queens, tenía idea de que era una gran zona residencial, pero Queens no se reduce a eso. En Queens está la zona de casas ricas y señoriales y, además, una serie de ghetos perfectamente diferenciados, uno detrás de otro: la zona de los mexicanos, la de los colombianos, la de la Pequeña India. En cada uno de ellos, se encuentran sus tiendas, su colegio, no se habla más que su idioma. Nos comentaba el guía que hay gente, que vive en Queens y no ha pisado nunca Manhattan. En la zona colombiana, paramos en un restaurante que se llamaba “Cositas Ricas”. Nosotros nos separamos del grupo a la casa y captura de unas gafas, pues se me había perdido el segundo par de gafas que llevaba para el viaje. Las curiosidades de este país: gafas graduadas no encuentras en una óptica, pero sí en un supermercado.
  • Williamsburg
  • Williamsburg en Brooklyn. Esto es punto y aparte y con mucho lo mejor de la excursión, siempre que lo veas en sábado, pues a pesar del día de perros que empezaba a hacer, veías a todos los judíos ultraortodoxos sionistas paseándose por las calles, ya que tienen prohibido coger el coche. Es Sabath y toda actividad está prohibida, no pueden utilizar el móvil, los ascensores están programados para que paren en todos los pisos continuamente, para que ortodoxamente no tengan que pulsar los botenes del mismo, no pueden cocinar. Ves a las familias completas –la mujer por detrás a una prudencial distancia, por supuesto, con la cabeza rapada y peluca-, dirigiéndose a las sinagogas y es todo un hervidero de gente con sus tirabuzones, sus ropajes negros y sus grandes gorros, en un día como hoy, cubiertos por una funda de plástico transparente. Es difícil robarles fotos, pues no les gusta, pero alguna ha caído. Es impresionante.
Cuando el autobús nos ha dejado en Time Square jarreaba de tal manera, que como pudimos, llegamos al hotel y a las 14 h. decidimos coger las maletas y largarnos para el aeropuerto, aunque nuestro avión salía a las 21 h.

Llegar a la Gran Estación, que estaba a cuatro o cinco calles de nuestro hotel, con el aguacero que estaba cayendo fue toda una odisea, pero de allí salía el autobús que nos llevaría al aeropuerto de Newark que era de donde salíamos.

¡Momentazo, Manolito comiendo una hamburguesa!
Ya en el aeropuerto, donde llegamos como dos sopitas, los trámites de rigor, comimos y embarcamos 30 minutos más tarde de lo previsto y no contentos con eso, nos tuvieron 40 minutos más esperando pista de despegue